El día que lo conocí

El día que lo conocí

En diciembre de 1990, en La Habana, yo era un autor en busca de un personaje; o quizá, como después dirían algunos críticos, un personaje en busca de un autor.


En diciembre de 1990, en La Habana, yo era un autor en busca de un personaje; o quizá, como después dirían algunos críticos, un personaje en busca de un autor. En mayo de aquel año había firmado un contrato en Londres para escribir una biografía de Gabriel García Márquez. Comprendía perfectamente que él sobresalía incluso entre los mejores escritores del planeta y que yo no era nadie, aunque acababa de publicar una historia de la novela latinoamericana titulada, proféticamente, Viajes por el laberinto. Es posible que haya pensado inconscientemente que escribiendo sobre García Márquez lograría convertirme en alguien; también es posible que, como tantas veces en mi vida de Clark Kent universitario, me sintiera tentado por las andanzas y aventuras latinoamericanas. De todos modos, le había dicho a mi editor que si no llegaba a conocer a García Márquez y a forjar una relación con él, entregaría el libro en 1994; pero que si lograba, de alguna manera, establecer contacto con el mago colombiano, la fecha de publicación resultaría, tal vez, un poco más incierta (resultó ser mucho más incierta…).
Nunca había asistido al festival de cine de La Habana. Sabía que Gabo acostumbraba estar en la capital cubana durante aquella gran fiesta y pensé que si no lograba conocer al escritor, me podría consolar con la experiencia del festival y con haber visto algunas películas interesantes. Durante dos semanas hablé con cineastas y entusiastas, mezclé mucho ron con mucho whisky y mucha cerveza, y busqué a García Márquez por todos los medios y todas las avenidas de La Habana. Consulté a autoridades y amigos, como el cineasta argentino Cacho Pallero, el novelista cubano Leonardo Padura y, especialmente y sobre todo, la directora de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, Alquimia Peña, una persona sutil y encantadora. Intuí desde el primer momento que aquella mujer, con aquel nombre digno de Las mil y una noches, podría ser mi Ariadna (sí, estoy mezclando mitologías, latinoamericanista soy) pero que no sería fácil convencerla.
Una noche compartía una botella de ron en el Habana Libre con un estudiante de Zimbabwe. A pesar de ser negro, se llamaba Kevin (nombre irlandés) Rastopolous (apellido griego). Cuando confesé que ni siquiera había logrado descubrir dónde vivía García Márquez, mi nuevo amigo Kevin me contestó enseguida “I know where he lives”. Es que un 31 de diciembre, al finalizar su turno en un hospital de La Habana, Kevin vio cómo un Mercedes negro se detenía a su lado y bajaba un hombre alto, barbudo, vestido de militar, para invitarlo —imposible decirle que no— a la fiesta de fin de año organizada por su mejor amigo, un novelista colombiano ganador de algún premio literario.
Al otro día seguí las instrucciones de Kevin y llegué a la casa de García Márquez (años después, el escritor y el militar me dirían que Kevin había mentido con respecto a la fiesta, pero nadie puede negar que Kevin me llevó a mi verdad) con mi pie en el umbral y resuelto a actuar como el más cínico de los periodistas de los tabloides británicos. En el momento preciso en que mi mano vacilante se dirigía a la aldaba, llegó Alquimia Peña y me dijo, textualmente: “¿Tú aquí? ¿Pero qué haces, imbécil? Si llamas ahora vas a perderlo todo”. Me fui, Alquimia habló y negoció, y al día siguiente recibí un mensaje escueto dándome diez minutos.
Llegué otra vez a la misma casa, resuelto a actuar como el menos pérfido de los caballeros ingleses. Esta vez sí toqué. Caía la noche. La puerta se abrió y dos ojos me contemplaron, los ojos más profundos y tristes y sabios y comprensivos que mis ojos azules habían visto en una vida ya bastante larga. “Gerald”, me susurró. No dijo: “¿Eres Gerald? , ni siquiera “¿Gerald? ”, ni “Mucho gusto”, ni “¿Cómo estás? ”. “Gerald” no más. Como si me hubiera conocido desde el comienzo de mi vida o como si hubiera sabido desde el comienzo de su vida que algún día algún Gerald, cualquier Gerald, este mismo Gerald, llegaría a su puerta.
Habría querido ser mujer para escuchar esa voz —lenta, cálida, lacónica, íntima, tropical— pero no importaba. Todo estaba decidido.
 “Ven”, me dijo la persona detrás de esos ojos, detrás de esa voz. “Ven”.
Fui.

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