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Publicado 2012-09-21

El hipo que no mató al papa

Por José Salgar

En más de 60 años de compañerismo y amistad con Gabo, siempre dedicamos buen tiempo a recordar aquellas ‘chivas’ en las que trabajamos intensamente, pero nunca se publicaron porque no alcanzaron a confirmarse.

El hipo que no mató al papa. Fotografías: Archivo particular
En más de 60 años de compañerismo y amistad con Gabo, siempre dedicamos buen tiempo a recordar aquellas ‘chivas’ en las que trabajamos intensamente, pero nunca se publicaron porque no alcanzaron a confirmarse.
Un día de 2002 me llamó por teléfono desde México:
“Resérvame un buen tiempo para ver si completamos algo de lo que quedó inconcluso cuando viajé a Europa en 1955. No te preocupes por lo costoso del teléfono, porque lo paga Mercedes”.
Esas llamadas fueron de dos o más horas. Se trataba de precisar detalles para el capítulo final de su autobiografía Vivir para contarla. De la página 509 a la 579 está su versión de aquellos 18 meses en los que trabajamos, sin horario, todos los días.
El 21 de septiembre de 2011 me sorprendió con otra llamada más breve: “Un fuerte abrazo por tus 90 años, y te repito lo que más quisiera a estas horas de la vida: volver a trabajar en una redacción como aquella de 1955”.
En muchas ocasiones nos hemos divertido recordando la ‘chiva’ frustrada del hipo que estuvo a punto de matar al papa Pio XII. Fue un fin de semana en el que teníamos la responsabilidad de una edición extra de El Espectador que les ganara a las que preparaban también los competidores.
El papa no murió de ese hipo sino de otro, en 1958, combinado con diversas afecciones gástricas, cuando Gabo ya estaba en Europa en el viaje que abrió el proceso hacia el Premio Nobel.
Si el extra se frustró, aquel fin de semana nos sirvió para pasear y admirar la sabana de Bogotá mientras buscábamos otras formas para que los impresos compitieran a la inmediatez de los audiovisuales. Lo mismo que hoy pasa frente a internet.
La costumbre en aquella época, en los puentes, era hacer turnos para posibles ediciones extras, y en este caso me tocó con Gabo, que estaba en un momento fulgurante por series como Relato de un náufrago, el viaje con un paro improvisado en el Chocó o el deslizamiento que devoró un barrio en Medellín. Estaban cocinándose, además, otros grandes hechos, como el derrocamiento del dictador Rojas Pinilla, el regreso a la democracia con el Frente Nacional y los brotes de violencia que marcaron el comienzo de la guerra con el narcotráfico que todavía nos atormenta.
Para no alejarnos de Bogotá y estar listos para lo que pudiera presentarse, resolvimos pasear por la sabana sin dejar de escuchar los radioperiódicos. Eso sirvió para que cambiara la sombría imagen que tenía Gabo de la ciudad que conoció, oscura, helada, sin mujeres y los hombres con sombrero, chaleco y vestido negro. De la gran sabana dijo después que, con sus praderas, sus árboles y el azul de su cielo, era tan bella como el mar. En corto tiempo se hizo también a una nómina perdurable de amistades cachacas.
Entre una cosa y otra íbamos preparando la edición extra, con material sacado de lecturas sobre el papa. Si lo obvio era especular sobre las relaciones de Pio XII y Hitler en plena guerra mundial, dábamos también importancia a la versión de un tratamiento contra el hipo basado en hormonas de mico. Hasta llegamos a pensar en el título: EL HIPO MATÓ AL PAPA.
Los 18 meses de trabajo de García Márquez fueron decisivos en el crecimiento que tuvo El Espectador en aquellos años. Fue en esos días cuando el subdirector Eduardo Zalamea Borda en un viaje a Londres dijo por la BBC que ese impreso que salía todos los días a una hora exacta, con precisión y verdad en las noticias, valentía en la opinión, respeto al idioma y hecho en gran parte por menores de 30 años merecía ser llamado “el mejor periódico del mundo”.
Gabo había hecho sus primeras armas de literatura en Zipaquirá y Cartagena, cuando Álvaro Mutis, de acuerdo con los Cano, lo llevó a Bogotá. Entró decidido a ser periodista de profesión y dejar la literatura como afición que no daba plata. Por primera vez ganaba un sueldo fijo —900 pesos al mes—, y secretamente tenía un objetivo: inyectarle calor costeño a la frialdad del periodismo bogotano. O sea que comenzaba el realismo mágico que lo consagró universalmente.
El Espectador, fundado en 1887, había sido esencialmente antioqueño. Su fundador, don Fidel Cano, murió en 1919 y sus hijos Luis y Gabriel quedaron dirigiendo las ediciones en Medellín y Bogotá. Don Luis, además de gran editorialista, se destacó como diplomático al firmar en Río la paz en la guerra con el Perú, y como eminente jefe liberal. Murió poco después, atormentado por el desastroso 9 de abril de 1948. El periódico había alcanzado amplio prestigio nacional por haber sido actor principal en el derrocamiento de la hegemonía conservadora, el comienzo de los nuevos gobiernos liberales y por sus destacados columnistas y colaboradores de todo el país.
Quedó don Gabriel Cano en doble condición de director y gerente, y fueron famosos sus editoriales en defensa de la libertad de prensa y contra el dictador Rojas, que se empeñó en cerrar el diario. Don Gabriel decidió llevar a la nómina directiva del periódico a sus cuatro hijos, Luis Gabriel, Alfonso y Fidel en la parte administrativa y Guillermo en la redacción para comenzar su brillante carrera de joven director del diario más antiguo y prestigioso de Colombia hasta su muerte, atroz e impune, en 1986. En mi libro Coletilla al fin de siglo, publicado a fines de 1999, hay un capítulo titulado 38 años a bordo de Guillermo Cano.
La directiva del periódico tenía, aparte de los Cano, dos cuotas bogotanas: el subdirector Zalamea, que dominaba la parte literaria y fue el descubridor de Gabo, y José Salgar, que llevaba en el periódico 20 años de trabajo, de los cuales nueve como jefe de Redacción. El Huila tenía una cuota: Darío Bautista, jefe de Información y pionero en investigaciones y manejo de fuentes en lo político y lo financiero.
Cuando Gabo llegó a aquella redacción de 1954, llegaron también las camisas floreadas, la vocinglería costeña y sus parientes Gonzalo González, GOG, que hizo famosa su sección de Preguntas y Respuestas, y Óscar Alarcón con sus célebres Microlingotes. Más tarde, Juan Gossaín, importado en buena hora desde San Bernardo del Viento.
Esa era la redacción a la que aspiraba volver Gabriel García Márquez 60 años después de no haber podido publicar el torrente de cuartillas sobre el hipo del papa.
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