No existe migrañoso sobre la Tierra que no haya pensado alguna vez en la muerte. En su propia muerte, único fin de su dolor. Conozco a una arquitecta que en sus ataques de migraña suele estrellar su nuca contra las paredes. Según dice, solo así puede matar ese martirio. Pero el dolor nunca muere. Ella lo sabe. Todos los migrañosos lo sabemos. El amigo de un amigo (porque siempre hay un amigo que tiene un amigo con migraña) sufrió de intensos ataques durante cincuenta y cuatro días seguidos. "Estaba en el abismo -me dijo-. Entre las rendijas del aturdimiento, las tinieblas del dolor". Lo entiendo cuando me cuenta que en uno de esos episodios, el coctel de pastillas que se tomó tenía la misma inutilidad que las ganas de morirse en ese instante. Nada podía detener eso. El dolor persistía en su cabeza como el golpeteo maniático de un taladro sordo.
Mis dolores de cabeza, mis náuseas y mis vértigos se han debido siempre a la migraña. Mis ataques son sorpresivos, tormentosos, apocalípticos, pero jamás tan desesperantes como los de aquel amigo de mi amigo que, en pleno síncope de su dolor, se metió en la ducha de agua hirviendo con una bolsa de hielo en la cabeza. Un infierno helado, como lo llamó él, que empezó por fin a adormecerlo lentamente. Sé también de un hombre de sesenta y cinco años que pedía a gritos que lo ayudaran, que ese miserable que le sujetaba las manos lo soltase ahora mismo para poder destrozarse la cabeza a golpes. Pero su hijo no lo soltó. Me han hablado de una mujer que metió su cabeza en la congeladora, de un niño al que le ponían trozos de papa cruda en la frente, de un anciano que se presionaba las sienes con las puntas de un tenedor. Los intentos de suicidio son cuatro veces mayores en los pacientes con migraña. Los migrañosos somos sobrevivientes. Aunque morimos un poco cada vez que sobrevivimos a esa muerte.
Hace algunos años, mientras tomaba desayuno con mi novia, el mundo empezó a moverse ante mis ojos lentamente. Esa mañana lo vi como a través de una tela transparente, impreciso y turbio, con ese efecto que le ponen a ciertas fotografías para que creamos que es un sueño y no una imagen. Pero yo no estaba soñando cuando la mesa desapareció, mi novia desapareció y mi mano derecha desapareció. Luego la descubrí, moribunda, aplastando el bote de mantequilla: se me había paralizado la mitad del cuerpo. Después me vino un espantoso dolor de cabeza, uno que "extrajo tanta frente de la frente", como escribiera el poeta Vallejo, ese experto en golpes tan fuertes en la vida. Finalmente me llevaron de emergencia al hospital. "Migraña con aura", concluyó el neurólogo, iluminado por la precisión de su diagnóstico. "Nada grave", dijo. Y yo que pensaba morirme después del desayuno.
El ataque que sufrí aquella mañana no fue, como mi novia sospechaba, un derrame cerebral. El aura de migraña suele ser el preludio de un fortísimo dolor de cabeza, con síntomas tan variados que incluyen alucinaciones sensoriales, trastornos en el lenguaje (en la percepción), y estados delirantes (oníricos y de trance). Pero el dolor puede estar o no estar. No es un rasgo obligado ni exclusivo de la migraña. Yo he visto a mortales sacudiéndose del dolor, paralizándose del dolor, dejar de querer, intentar suicidarse, ay, de tanto dolor de cabeza, pero sus sufrimientos no han sido necesariamente migrañosos. Ni siquiera tres botellas de vino hacen una migraña. Tampoco el noventa y siete por ciento de la población mundial que sufre de dolores de cabeza es portadora de este mal que no mata. Oliver Sacks, ese médico inglés tan citado como el más célebre de los neurólogos del mundo, dice en su libro Migraña que el autén tico migrañoso debería ser "un hipertenso perfeccionista con un pezón invertido, alergias múltiples, con un antecedente de mareos, dos quintos de úlcera péptica y un primo hermano con epilepsia". Yo padezco ataques de migraña desde que tenía seis años. La migraña viene de familia. Mi mamá es migrañosa.
Uno no se muere de migraña, sino de terror a lo desconocido. Terror a que la alucinación nos coja por sorpresa, en medio de la más inocente realidad. "No es que la mitad del mundo desaparezca de modo misterioso, sino que no creo que alguna vez haya existido", le dijo un paciente migrañoso a Sacks, y el autor de Despertares lo publicó en su libro porque le encanta que todos nos enteremos de lo que les sucede a sus pacientes. Recuerdo a mi madre en uno de sus más aterradores ataques de migraña: "Pásame el cenicero", decía, y señalaba el café. "Abran la radio", gritaba enloquecida mientras corría hacia la puerta, pero esta no se abría. Nunca más he vuelto a ver a mi madre tan asustada, tan desesperada, tan extremadamente migrañosa en mi doloroso recuerdo. Nunca más he sentido tanto pánico.
De mi madre he heredado la migraña, la baja estatura y el insomnio. Pero no le guardo ningún rencor: a veces me regala pastillas. Además, tal vez no sea mamá la culpable de mis dolores de cabeza. He leído que hasta el siglo XIX se achacaba la migraña a la masturbación. Por pura vergüenza, la humanidad tenía que esconder su sufrimiento, así como las mujeres debían ocultar sus tobillos. Algunas teorías dicen que la migraña tiene un origen visceral y se propaga por el cuerpo como una forma rara de comunicación. Otros culpan al alcohol, al estrés, a la menstruación y al cigarrillo. Incluso se cree que la responsable es la comida grasosa, el chocolate, las hamburguesas. Pero nadie ha descubierto aun el origen de esta enfermedad. Puede aparecer al escuchar un vulgar sonido, recordar una querida canción, mirar una pared empapelada o un vestido rayado, como le confesaba un paciente al médico victoriano Edward Liveing. Dice Sacks que hay indicios de que hasta la comida china puede provocar migrañas. Y la vitamina B y la rabia súbita y las emociones violentas. Yo no pierdo la cabeza pensando en eso.
La migraña aparece cuando le da la gana. Tiene vida propia y la respeto, aunque le tengo tanto miedo que no entiendo a Dostoievski cuando leo que sus migrañas le hacían sentir "la presencia de una armonía eterna". Un neurólogo migrañoso -es decir una especie de doctor suicida- dijo también que sus ataques venían acompañados por una sensación de "extraordinaria calma". Cada quien es dueño de sus migrañas. Santa Hildegard von Bingen vio una enorme estrella, esplendorosa como ninguna, y vio también una multitud de estrellas fugaces que avanzaban hacia el sur. "De pronto todas fueron aniquiladas, se convirtieron en carbones negros y fueron arrojadas al abismo de modo que no pude verlas más". La santa alemana escuchó en el año 1140 una voz en su interior: "Escribe y habla", y llamó así a esta visión "La caída de los ángeles". Pero ella, predestinada a curar las desdichas del alma, fue aun más lejos.
Esta abadesa predicó sus evangelios, exorcizó a los apóstatas, dio consejo a los reyes y juzgó a los indignos. El papa Eugenio III y sus obispos profesaron su discurso. Cientos de peregrinos acudían al monasterio de Rupertsberg solo para escucharla. Ella decía: "En la visión, mi espíritu asciende, tal como Dios quiere, hasta las alturas del firmamento". Santa Hildegard von Bingen: la mensajera de Dios. ¿Quién podía sospechar, en plena hipnosis religiosa del medioevo, que sus visiones místicas no eran sino simples ataques de migraña?
Ni estrellas ni ángeles, ni nada. Hildegard será santa y muy inteligente -las escrituras dicen que además fue poeta, música, científica y dibujante-, pero yo tengo un amigo que ha visto lo mismo que ella y nunca ha podido memorizar completos el Padrenuestro ni el Avemaría. Lo juro por Dios. De niño mi amigo preguntaba: "¿Por qué hay puntitos amarillos en el aire?". Hasta que su madre, en complicidad con un oculista, le encajó unos anteojos horripilantes para que dejase de joder. Recién a los treinta años le diagnosticaron migraña, cuando un dolor de cabeza lo mandó a la clandestinidad de su cama por tres días. Pero así como mi amigo no era miope, aquella monja alemana tampoco estaba loca. Los médicos de hoy podrían decir que sus visiones se debieron a ese tipo de migraña llamada "con aura", la más enigmática de todas, la mía. Yo también he tenido visiones pero jamás he aspirado a la santidad. Nunca he aspirado nada.
Si Von Bingen vio una estrella esplendorosa seguida de otras fugaces que después eran arrojadas al abismo, el neurólogo Sacks (cuyos viajes con LSD le provocaban visiones casi idénticas) dice que la santa "experimentó un chaparrón de fosfenos que cruzaron su campo visual, tras lo cual se produjo un escotoma negativo". Así de científico e irrefutable. Muy lejos de dios. Por cierto, la santa recomendaba hervir castañas en agua y tomar ese líquido en ayunas: un remedio terrestre para calmar su divino dolor de cabeza. Y ahora que recuerdo, allá por los años sesenta, la misma década del ácido lisérgico y sus viajes sicodélicos, un paciente migrañoso veía en sus ataques de migraña "a unos indios pielroja de veinte centímetros de altura y con un color grisáceo que se arremolinaban en la habitación". En resumen: ninguna experiencia de migraña es idéntica a la otra.
Hipócrates hablaba, cuatrocientos años antes de Cristo, de un dolor en la sien, la cabeza y el cuello que sólo podía aliviarse con el vómito. Ya en el siglo II de nuestra era, Areteo dijo que los enfermos "huyen de la luz, por cuanto la oscuridad suaviza sus padecimientos". En ese tiempo la enfermedad se llamaba "hemicránea" porque así se le había ocurrido a Galeno de Pérgamo, quién sabe por qué. Julio César, el emperador romano, escribió que un látigo estremecía su pensamiento cuando menos lo esperaba, aunque su muerte, tan sorpresiva como sus ataques, fue provocada por un puñal. Esto demuestra que uno no se muere de migraña, sino de cualquier otra cosa. Como yo, que a veces me muero de dolor. Mis migrañas más comunes me obligan a tragar una pastilla de diez dólares que tiene el tamaño de un centavo. Después me arrojo a la cama, como hacía Chopin cuando le estallaba la cabeza: para esperar, indefenso, el final del ataque.
Es imposible compartir la felicidad de algunos migrañosos. Dostoievski y su "armonía eterna" se me hacen tan insoportables como aquella mujer que en medio de un aura comenzó a reírse sin parar. "No podía evitarlo -se disculparía después-. Todo me parecía tan gracioso". Eso sí, confieso que siempre me han fascinado esas pinturas en las que algunos enfermos de migraña han estampado sus alucinaciones. La santa Von Bingen pintó lo que veía para que no quedase la menor duda de su experiencia celestial: en uno de sus cuadros hay una cabeza con alas, y en otro, un montón de estrellas que caen al vacío. Pero la abadesa jamás imaginó que su prueba divina más categórica sería usada en su contra. Según el estudio The visions of Hildegard von Bingen, citado por Sacks, sus dibujos, efectivamente, no dejan la menor duda: la monja fue migrañosa y punto.
Lo mismo le pasó a Lewis Carroll. Diez años antes de escribir Alicia en el país de las maravillas, un ignorado Carroll publicó algunas ilustraciones en la revista Mischmasch que editaba su familia. A los seres que imaginó les faltaba parte de la cabeza o del cuerpo, y solo así se pudo comprobar que eran la manifestación de sus auras. Es más, hay ataques bautizados como "el síndrome de Alicia en el país de las maravillas": un homenaje sincero, con el pretexto de una enfermedad atroz, a ese hombre que hizo soñar a una niña con un conejo blanco de ojos rosados y un reloj de bolsillo. Yo advierto que un paciente de migraña debe estar dispuesto a encontrarse con cosas parecidas. Como el médico italiano Jerónimo Cardano, quien solía ver, allí donde no había nada, criaturas de cuatro patas, caballos con jinetes y uno que otro "fantasma". Pero al médico no se le ocurrió dibujar nada, y ahora muchos dudan de su enfermedad. Por eso, apenas acabe esta historia, estoy pensando en tomar una hoja de papel y maltratarla con algunos de mis garabatos. Mera cuestión de credibilidad.
Aunque no me crean, hay doctores que piden a sus pacientes migrañosos pintar sus visiones. La British Migraine Association tiene una colección que ya podría exhibir en cualquier galería. La primera vez que vi uno de estos cuadros pensé que su autor había copiado con impunidad la estética delirante de Picasso. Planos inconexos, rostros distorsionados, caos. Luego descubrí aquello de "la visión en mosaico", una clase de aura tan cruel que la víctima puede observar la realidad tan enredada como un inmenso cuadro del pintor español. Casi como estar adentro del Guernica, entre la mujer que llora y el foco de luz. O entre el espanto y la genialidad. El neurólogo holandés Michel Ferrari se hizo célebre por decir que las migrañas eran la fuente de inspiración de Picasso. Pero eso me parece tan estúpido como creer que Nobel inventó la dinamita debido a sus explosivos dolores de cabeza.
La verdad es que ningún biógrafo del pintor ha mencionado sus presuntas migrañas. Aun así, el daño ya está hecho. Otro médico ha salido a decir que los dibujos infantiles ayudan a diagnosticar la migraña. Por ejemplo, si su hijo empieza a pintar manos con tres dedos, cuerpos sin piernas o caras sin nariz, es decir, si su hijo es un niño normal, no lo piense dos veces y llévelo al neurólogo. Algo malo le puede estar pasando. Una vez yo dibujé a mi hermano sin cabeza. Se me había acabado la tinta del lapicero. Ahora sufro de migraña.
Una migraña se termina, pero la enfermedad no. El verdadero migrañoso vivirá por siempre en la zona de conflicto, y es solo cuestión de esperar el próximo ataque. Mientras tanto, hay que defenderse como sea. Edgard Allan Poe aliviaba sus dolores de cabeza bebiendo cantidades pantagruélicas de whisky y moonshine, una versión desvergonzada del agua de castañas de santa Hildegard. Hace muchísimos años -cuando no existían el yoga ni la acupuntura-, los árabes del Medio Oriente y del norte de África creían que golpeando una cabra hasta dejarla inconsciente podía transferirse el dolor de cabeza al animal. Confío más en las pastillas, aunque sé de casos en que el dolor de la migraña se ha ido con una respetable dosis de violencia. Mejor si es contra otros.
De todos modos, conseguir un saco de box es más fácil que encontrar una cabra. Sacks dice que "un susto repentino o un ataque de ira o alguna emoción fuerte pueden dispersar una migraña en pocos segundos". Podría resultar pero lo mismo se decía antes de la raíz de valeriana, del almizcle, de la clara de huevo, del opio y de los baños con electricidad. Arrancar algunos dientes nunca estuvo de más en los antiguos tratamientos contra la migraña. En un escrito del año ochocientos, se recomienda mezclar el cerebro de un buitre con aceite y colocar la pócima en la nariz de la víctima. Solo así se expulsaría el dolor. Pero el dolor, ya dije, puede estar o no estar. Desengáñense: la migraña no es un martilleo en la cabeza. No solo es eso. Y hasta ahora no se ha inventado una receta para clausurarnos la entrada al país de Alicia ni al Guernica, ni tampoco a la mismísima santidad. A menos que el migrañoso, en pleno ataque, cierre los ojos y muera.

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