No creo que haya ningún país del mundo en el que se beba tan mal como en Colombia, donde no se bebe sino que se toma trago, y donde no se come para no tirarse los tragos. Porque los colombianos no bebemos ni antes ni después de las comidas, ni para acompañarlas, como hacen otros pueblos: sino en lugar de las comidas. Y no buscamos el placer sutil de la bebida, sino el brutal de la borrachera.
Sí, el alcohol es un alimento, claro está. Hace unos pocos años los vinateros franceses consiguieron burlar legalmente la prohibición de la Unión Europea de hacer publicidad a las bebidas embriagantes anunciando el vino exclusivamente en su aspecto de producto nutritivo. Lo es, como lo son otras bebidas fermentadas que nos dan azúcar y almidones (la cerveza o la chicha), y también las destiladas: cuando uno se echa al cuerpo un aguardiente lo pone a producir calorías por oxidación, en el estómago y en el hígado. Pero no es por alimentarnos que los colombianos tomamos trago (o simplemente "tomamos": a secas, si cabe la expresión); sino por emborracharnos. Por eso aquí, por ejemplo, las marcas de cerveza
(que son todas de un solo fabricante) no se anuncian por sus matices de sabor, sino por sus diferencias de concentración etílica; por su promesa de más rápida capacidad de intoxicar al consumidor. Lo que queremos es doblar redondos, como de un mazazo en el cráneo, o de varios mazazos sucesivos. Por eso pedimos, como en la copla:
Sírvame un trago de a cinco,
Sírvame otro de a cincuenta,
Sirva y sirva y sirva y sirva,
Hasta que pierda la cuenta...
¿Qué trago? Cualquiera. El más barato (o el más caro). Pero da igual que sea ron o whisky o aguardiente o ese licor terrible que se llama mistela, o crema de cacao, o sabajón. O vino dulce: esos vinos almibarados que se fabrican en Colombia para los paladares colombianos. O esa llamada manzanilla que, mezclada con triple sec y con brandy español, beben los aficionados en las plazas de toros de Bogotá y de Cali en bota de cuero recién comprada y todavía sin curar, olorosa a neme y a alquitrán. ¿Y qué? Lo que no mata emborracha.
No se trata, desde luego, de una aberración exclusivamente colombiana. Buscan la borrachera alcohólica por sí misma, y por sobre cualquier otra cosa, también los bebedores de países tan diversos como Irlanda y Bolivia: los irlandeses se ponen a cantar canciones de borrachos, los bolivianos ruedan bajo la mesa. En los Estados Unidos se inventó el dry martini durante los años de la Prohibición con el único propósito de conseguir emborracharse de un golpe, con una sola copa. En Rusia, donde en el invierno recogen a los borrachos de las calles con tractores quitanieves, Mijail Gorbachov perdió el poder por haber tratado de bajarle al vodka la graduación alcohólica: y lo sustituyó Boris Yeltsin, un borrachín consuetudinario. En España, donde las generaciones anteriores solían saber beber, los jóvenes organizan ahora los fines de semana unas movidas callejeras llamadas de "botellón" que consisten en beber sin respirar hasta caer en coma etílico lo más pronto posible.
Pero en Colombia es peor.
Recuerdo mis primeras borracheras de niño de colegio, en Bogotá. No bebíamos hasta caer en coma (tal vez porque no sabíamos que eso podía ocurrir), sino hasta (y para) echar la ceba. Hasta devolver en el baño (o, sino alcanzábamos a llegar hasta allá, en una esquina del bar) toda la comida con que nos habíamos cebado previamente, como los cerdos para la matanza. Siempre salía una arveja o dos y unos cuadraditos de zanahoria picada, aunque no hubiéramos comido zanahoria desde la infancia. Un horror. Y el miedo el trago chiviao, que deja ciego. Y la invención diabólica llamada "submarino": se ponía una copita de aguardiente en el fondo de una jarra de cerveza, y se veía subir y esparcirse el aguardiente en lentas y pesadas volutas aceitosas hasta llegar a la faja de espuma; y entonces eso se bebía "a fondo blanco", o sea de un tirón. Al segundo submarino caía uno de bruces sobre la mesa, como un fusilado, desordenando las botellas vacías. Pues en Colombia, entre borrachos, existe la costumbre de no permitir que se retiren las botellas de la mesa, para llevar la cuenta. Hasta perder la cuenta.
O no. Porque también había en aquel entonces (y supongo que las hay todavía) recetas de comadres que servían, no para emborracharse, sino para poder emborracharse más, para, ya borracho uno, seguir emborrachándose otra vez, como un sonámbulo, sin conciencia ya pero todavía con capacidad de ingestión alcohólica. No recuerdo con precisión esas recetas, pero tengo la vaga remembranza de que eran espantosas: había que mezclar benzedrina con miel y con ají, o había que tragarse medio jabón de la tierra para lubricar bien el estómago y el yeyuno-ileón y blindar el duodeno. En fin: no recuerdo.
Porque esa es otra: la laguna. ¿Qué hice? ¿Quién soy? Una laguna que a veces se complica con el homicidio culposo (¿de quién es esta sangre?) o con el asesinato con premeditación: es famoso el caso de los dos borrachos que se mataron el uno a otro en un bar de Bogotá (con cuchillo uno, con revólver el otro) después de una discusión acalorada sobre si debía decirse "un vaso de agua" o "un vaso con agua". De haber sobrevivido alguno de los dos, después no hubiera recordado el incidente, por la laguna. A mí me pasa eso: no sé a cuántos habré matado en aquellas borracheras sin fondo de la adolescencia, ni si me han matado a mí.
Y el guayabo. También para el guayabo había recetas caseras, pero no servían.
Y el alcoholismo, claro. De tanto tomar trago, la gente acaba alcoholizada.
Pero eso en Colombia no lo reconoce nadie. Siempre tenemos a mano el ejemplo exculpatorio de una tía que murió con el hígado hecho papilla por la cirrosis, pero de tomar té. O el de otra -yo empecé a citarlo a los dieciséis años- a quien el médico le recomendó una copita de coñac todas las tardes (sí, pero una copita; y a los noventa años, no a los dieciséis), y no lo hizo porque temió alcoholizarse, y por eso murió. Siempre negamos la mera posibilidad del alcoholismo. Los ingleses, que también toman mucho, la aceptan como algo natural. El famoso futbolista George Best, que murió hace unos meses porque ya no era posible hacerle nuevos transplantes de hígado, lo reconocía con desarmante franqueza, diciendo: "Yo sí iría a Alcohólicos Anónimos, por que soy alcohólico. Pero no puedo ir porque no soy anónimo". En Colombia nadie, ni anónimo ni famoso, reconoce ser alcohólico. Y es natural: el primer síntoma del alcoholismo es la ausencia de autocrítica.
Aunque dejar el trago a veces puede ser peor. Nuestro presidente Álvaro Uribe era gran aguardientero, con esa desmedida jactancia que les insufla a los antioqueños el hecho de tomar aguardiente antioqueño. Y lo dejó. Y ahí lo vemos: se volvió adicto a la presidencia de la República.
Y todos no cabemos.

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