Estamos en Colombia, donde descuartizar con motosierra a unas cuantas familias campesinas no tiene nada de malo: es una simple infracción excarcelable. Estamos en Colombia, donde rajarse en una prueba de alcoholemia un viernes por la noche se castiga con penas rigurosísimas, que se acumulan las unas sobre las otras como las de los colombianos presos por asesinato en los Estados Unidos. A la pena de perder el pase de manejar hay que sumar la de un calvario de tres días para reclamar el carro incautado, y a la multa hay que agregarle el pago de la grúa, y.
Sí, estoy ofuscado, lo sé. Trataré de serenarme.
Corría una plácida noche de viernes de finales de febrero. Después de haber comido con unos amigos (una copa de vino, aunque no me lo crean; y a la hora del almuerzo, un whisky y una botella de vino para cuatro personas) iba yo en mi carro por la carrera Séptima de Bogotá, rumbo al norte. Serían, yo qué sé, tal vez las doce y media de la noche. Me detuvo un policía que enarbolaba un letrero de "pare", y me invitó a parquear en la bomba de gasolina de la 63. Éramos doce o quince automóviles detenidos. Con parsimonia, un numeroso equipo de agentes hacía pruebas de alcoholemia. Mi turno me llegó unas dos horas más tarde:
-Sople.
Soplé. No parecieron satisfechos.
-Sople más.
Soplé más. Sonrieron. Pedí ver el resultado. No quisieron. Me pidieron las llaves del carro para subirlo a la grúa que lo llevaría a los patios, a donde me aconsejaron que fuera el lunes siguiente. Pedí un inventario, pues llevo años oyendo cuentos sobre automóviles desvalijados en los patios, y me dijeron que tranquilo, hermano, que ahora los patios están privatizados. ¿Tranquilo? En fin. Todos los carros detenidos fueron retenidos.
Me fui a mi casa en un taxi. Y no podía dormir: mi carrito. Pensaba en sus cuatro llantas, qué digo, en sus cinco llantas. En el equipo de carretera. En las herramientas y el gato hidráulico. A la madrugada me desperté sobresaltado: ¡la linterna! Nuevecita, o casi. Pasó el sábado, eterno. Pasó el domingo. También dormí mal esas dos noches.
El lunes, siguiendo las instrucciones, fui a los patios privatizados del Consorcio Parqueadero de Bogotá, en Los Álamos, por allá llegando al Puente Aéreo. Llegué con el primer aguacero del día. Llevaba en un portafolios el original y dos fotocopias del pase, de la licencia de tránsito, del seguro obligatorio, del otro seguro, de la cédula, de la libreta militar, de la tarjeta de propiedad y del certificado de análisis de gases del vehículo. Vi cientos de motos arrumadas, miles de bicicletas (supongo que incautadas en los excesos de la ciclovía dominical), carros estrellados y vueltos cisco. El corazón me dio un vuelco: ¡mi carrito! Me dijeron que tranquilo, hermano, que es que allá iban a parar también los carros aplastados por las flotas de carretera en el fin de semana. Me enviaron a pagar lo de la grúa a una casetica de madera, donde me dieron un papel azul, uno amarillo y uno blanco, uno de los cuales era -por fin- el inventario que desvelaba mis noches. Decía lacónicamente:
"OBSERVACIONES: radio completo".
Pero no me lo dejaron ver, y ni siquiera mencionaron la existencia de mis cinco llantas. En ese momento varios tramitadores me cayeron encima, como buitres, tuteándome los unos, otros diciéndome "doctor". Pero yo, que había leído en un gran cartelón la advertencia "¡EN NINGÚN CASO RECURRA A TRAMITADORES!", los espanté como se espantan las moscas. Dos o tres me prometieron, jactándose de poderes que no creí que tuviera en este país ni siquiera el Alto Comisionado de Paz, borrar mi nombre y mi infracción del sistema y darme un pase nuevecito para que tuviera dos, del mismo modo que los narcotraficantes se hacen cambiar las huellas decadactilares de las manos por las de los pies. No acepté. Soy un ciudadano de bien. El más astuto siguió tentándome:
-¿Y tampoco quiere que le borren lo del servicio comunitario obligatorio?
-¿Qué?
-Son veinte horas, doctor. Usted ahí verá.
-¿Además de la multa?
-Además.
-¿Y del retiro del pase?
-Y del retiro del pase.
Rechacé la tentación. El papel oficial informa que ese servicio comunitario consiste en prestar "servicios de información y acompañamiento a la ciudadanía en temas de movilidad". Pero ¿cómo diablos iba a acompañar yo en temas de movilidad a la ciudadanía, si no podía movilizarme yo mismo? ¿En bus?
Me fui a la dirección que indicaba el papel, en la calle 13 con la carrera 32. Me dijeron que ya no era ahí, sino en Paloquemao. No muy lejos, pero, temiendo una multa peatonal (que también las hay) preferí esperar un taxi. Cuando llegué a Paloquemao eran las dos de la tarde, y mi cita era para las once y media de la mañana. Los tramitadores de Paloquemao me indicaron (sin compromiso) que debía pedir un asesor para solicitar una nueva cita con el número de mi comparendo. Empecé a entender por qué, si no se necesitan y además están prohibidos, hay tantos tramitadores. Dice Franz Kafka que "a las puertas de la Ley hay un guardián". Eso será en Praga. Aquí hay un tramitador.
Al día siguiente madrugué a pagar la multa en una sucursal del Banco Popular, y luego volví a Paloquemao en compañía de un abogado penalista. Hicimos un poder general, lo autenticamos en una Notaría, le dictamos un memorialito a un rábula de máquina de escribir, en los altos de una cafetería. Un celador nos dijo que esperáramos en la reja del otro lado, la de los alcohólicos, que estaba cerrada con cadena y candado, y que por allí saldría una señora a llamar por lista a los citados de los últimos tres días (pues dan esa gracia). Esperamos una hora, dos, tres. Llovió otra vez. Finalmente mi abogado hizo una llamada por el celular que alquila la señora que vende frunas y papel sellado. No sé a quién llamó, pero debía ser una buena palanca (¿El presidente de la Corte Suprema? ¿El mismísimo Salvatore Mancuso?) porque abrieron la cadena y nos dejaron pasar a los dos. Esperamos frente a un letrero luminoso que mostraba un carro estrellándose contra una copa de dry martini y advertía en vago inglés: "Please don´t drink driving".
Finalmente nos recibió una doctora, que, siendo las 2:40 p.m., dio inicio a la diligencia de audiencia pública de descargos relacionada con la imposición del comparendo No. 11168843 por conducir en estado de embriaguez o bajo el efecto de sustancias alucinógenas o estupefacientes, y me exhortó para que libre de apremio y sin juramento alguno hiciera un relato breve en relación con los hechos o las actividades previas a la imposición del comparendo.
Negué haberme hallado en estado de embriaguez, y conté que los agentes no habían querido dejarme ver el dictamen.
Sin inmutarse, la doctora escribió que "como la conducta 'conducir en estado de embriaguez, o bajo los efectos de sustancias alucinógenas' se encuentra tipificada en el artículo tal etc., etc., (.) y en las presentes obra prueba idónea del estado de embriaguez del infractor."
-Pero, doctora, yo NO me hallaba en estado de embriaguez.
Prosiguió, impertérrita:
-En virtud de lo expuesto, RESUELVE: Primero: declarar contraventor al señor(a) Antonio Caballero, identificado con cédula tal. Segundo: sancionar al contraventor con la multa de Treinta (30) S.M.D.L.V pagaderos al. Tercero: sancionar al contraventor con la suspensión de la licencia de conducción número tal por el término de (2) año(s) y 3 meses contados a partir.
Rugí como un león herido:
-¡¿DOS AÑOS Y TRES MESES?!
Mi abogado presentó de inmediato un recurso de apelación (nuestro memorialito mecanografiado en la cafetería). La doctora nos dijo con suficiencia que no creía que el recurso prosperara, y agregó con orgullo que estaban retirando en promedio seiscientos pases cada fin de semana.
Se trata, supongo, de una medida contra la contaminación ambiental.
Firmé un papel. Puse mi huella dactilar. La doctora se quedó con mi pase, advirtiéndome que me sería devuelto cumplido el término de la suspensión, si no había habido reincidencia.
-¿Y cómo voy a reincidir, sin pase?
Me dio un papel para ir, ahora sí, al cuarto día, a reclamar el carro en los patios.
-¿Y cómo me lo llevo, sin pase?
-Vaya con un amigo.
Fui con un amigo: a esas alturas ya lo éramos, mi abogado defensor y yo. A la entrada de los patios nos hicieron esperar un buen rato porque, nos confió el celador, estaban en "reunión de patio". Se empezó a formar una pequeña muchedumbre ante la puerta: grúas que llegaban con carros incautados, gente a pie a pedir información, tramitadores. Un muchacho con los ojos rojos, ante cuya angustia mis propias penas me hicieron sonreír, preguntaba una y otra vez, sin recibir respuesta:
-¿Dónde se pregunta por una tractomula cargada?
Terminada la "reunión de patio" el celador nos hizo pasar a una caseta interior para. Pero antes:
-Sólo pasa uno.
Mi abogado constitucionalista sacó de su cartapacio (todos los papeles y las fotocopias los cargaba ahora él) una tarjeta mágica como la lámpara de Aladino. Pasamos los dos, entre reverencias. Le pregunté:
-Doctor, ¿y por qué no la usó para que no me quitaran el pase?
Se encogió de hombros:
-No se me ocurrió.
-Voy a cambiar de abogado.
-Ah ¿sí? ¿Y entonces quién le maneja el carro?
Pasamos. En la caseta echaron cuentas de los días y noches dormidos por mi carrito en los patios: sumaron y sumaron. Quise pagar. Me dijeron que ahí no, que en una sucursal del Banco Popular. Quise ir. Pero me advirtieron que a esa hora ya había cerrado, pues eran casi las cuatro. Había que ir a la sucursal de Fontibón, que abre a las cinco y media.
-Ah, qué bien. Podemos almorzar.
Nos aconsejaron que mejor no. Porque, siendo la única sucursal bancaria de todo el Distrito en donde se pueden pagar los patios, solía haber cola desde muy temprano; y cuando nos llegara el turno era muy probable que ya hubieran cerrado los patios, con lo cual tendríamos que repetir todo el proceso el día siguiente. Un buen consejo. Cuando llegamos a Fontibón, faltando más de una hora para que abrieran el banco, ya había una cola de unas cuarenta personas ante la puerta. Tres o cuatro eran tramitadores, que se ofrecieron a guardarnos el turno. Esperamos. Mi abogado obtuvo, no supe por qué medios, una coca-cola y dos buñuelos. Pagamos en la ventanilla. Volvimos a los patios.
Y ahí sí, por fin, me devolvieron el carro. No faltaba nada: ni el radio que figuraba en el escueto inventario, ni el gato, ni la linterna, ni las cuatro llantas, cinco, con la de repuesto. Había incluso una caja de kleenex que yo no recordaba haber dejado ahí.
Dos años y tres meses sin pase por la primera infracción de mi vida. Me acordé de la sabia reflexión de Gilberto Rodríguez Orejuela: "A mi edad, eso es lo mismo que cadena perpetua". Más la multa, más la grúa, más las noches y los días de patios, más los taxis, más el papel sellado del memorial, más el poder ante notario, más las fotocopias, más la minuta de mi abogado. Más los dos buñuelos. Me ahorré, eso sí, dos almuerzos: el del lunes y el del martes. Y me gané la caja de kleenex.
Detenidos ante los patios, bajo el aguacero, esperamos una hora más, hasta que terminara el pico y placa.

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