Una noche de farra en la que el ron se nos había acabado y andábamos tan rascados como Boris Yeltsin, decidimos buscar un estanquillo abierto a las 2:00 a.m. Lo que alcanzo a recordar es que, de regreso a la fiesta, decidimos darnos una pasada donde las niñas malas. No soy adicto a los amores mercenarios, pero eso no importaba en ese momento.

El amigo que manejaba conocía a unas chicas que se parqueaban en aquella esquina fatídica. Desde la parte de atrás del carro veía cómo mis dos compañeros de juerga se saludaban con el grupo de damiselas de la noche. Luego una de ellas me señaló y preguntó: "Oye, ¿y tu amigo, qué?".

No alcancé a escuchar la respuesta que "Pedro" debió darle. Segundos después vi cómo esa rubia se me acercaba. Fueron segundos como de comercial de televisión: la recuerdo caminando con caderas cadenciosas, senos torneados como un par de melones, un vestido ceñido que la hacía ver aerodinámica. Una cara preciosa, labios como para morder, ojos verdes, cabello largo y rubio. Piernas largas, talladas por los mismos dioses. Un perfume que electrizaba los sentidos. Alta, de aproximadamente 1,85 metros. Parecía una modelo de esas que suelen desfilar por la pasarelas de París o Milán.

Esa criatura que les acabo de describir, segundos después abrió la puerta del carro con un "hola, ¿por qué tan solito?", y se sentó a mi lado. Debo advertir que su voz sonaba un poco grave, áspera, como la de Tom Waits o Joaquín Sabina. Yo, lo digo en serio, me imaginé que podría estar un poco resfriada, pero no le presté mayor atención.

Me imagino que hicimos el ritual de presentación. Supongo que le ofrecí un trago. Lo siguiente que recuerdo es que algunos tragos más tarde nos estábamos besando, y mientras la besaba un jubilo inmenso me embargaba, una voz interior que gritaba ¡sí! ¡sí! ¡sí!

Yo besaba su cuello y acariciaba sus senos, mientras ella hacía lo suyo con profesionalismo, como un ciclón de hormonas estallando. Desesperado, empecé a acariciarle la entrepierna y noté que llevaba liguero, lo cual atizó más el fuego. En ese instante trataba de acordarme de un artículo que había leído en Vanidades sobre el punto G, y estaba decidido a encontrarlo porque quería demostrar que era un buen polvo y todoun conocedor de las artes amatorias. En resumen, quería quedar como un rey.

Mi mano recorrió toda esa piel tersa desde la rodilla hasta la entrepierna. Suave y despacio, mientras nuestras lenguas se batían en un duelo húmedo, mi mano subía más y más buscando la gloria del punto G, milímetro a milímetro. Las yemas de mis dedos querían grabar toda la piel de ese cálido rincón que forman la pierna y su sexo.

Hasta que llegué.

Un corrientazo sacudió mi espina dorsal. Se me quitó la rasca. Un frío glacial se apoderó de mí. Quedé más paralizado que Stephen Hawking. Como pude me subí los pantalones, me puse la camisa al revés, boté un zapato y dejé el celular. No sé cómo me alcancé a salir por la ventana de adelante, mientras que la "dama" en cuestión me agarraba de los pies jalándome hacia adentro del carro, y diciendo "venga, papi, no se vaya". Ya liberado y ante la mirada atónita de mis amigos me eché a correr como una gacela calle abajo, dejando atrás mi maltrecha masculinidad.

Estaba claro que en vez de encontrar el punto G, había encontrado el punto P.

P, de pene.
 

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