La casa vibra con una energía diferente cuando está papá en ella. Se oyen pasos acelerados bajando por las escaleras; el teléfono suena con mayor intensidad y frecuencia; "Lina" para acá, "Lina" para allá. Tratamos —Jerónimo y yo— de continuar durmiendo un poco, pero resulta imposible. Esta energía es contagiosa. A veces, patógenamente (por ejemplo, después de una extenuante jornada, cuando ya no queda ni un soplo de aliento en el cuerpo, pero él continúa como recién levantado, haga, camine, mire, revise): y dan ganas de desenchufarlo, apagarlo, quitarle las baterías, hacerle lo que sea, a ver si para.

Cuando estábamos pequeños, nos pedía algún favor ("hijo, tráigame tal cosa"), inmediatamente salíamos caminando a traérsela. Apenas estábamos dando el primer paso, e instantáneamente vociferaba con voz marcial "al trote... ¡marr!". Salga trotando a traer la cosa, vuelva trotando. De pequeños esto nos daba mal genio ("el papá sí es cansón...").

Durante las vacaciones en la finca, Jerónimo de cuatro y yo de seis años, aproximadamente, nos levantaba tipo cinco de la mañana (todos nuestros primos dormían). Primero, a limpiar las pesebreras: tome pala y escoba, retire el cagajón, cárguelo a una carreta y llévelo hasta el sitio donde se depositaba. Vale la pena anotar que la pala era mucho más grande que nosotros, y la carreta en bastantes ocasiones se nos volteaba. Luego, a recoger los caballos en el potrero. Esto resultaba una odisea, dado que nuestras cortas piernas no nos permitían desplazarnos lo suficientemente rápido para alcanzarlos. Posteriormente, otra vez más valiéndonos de la ayuda de una carreta, debíamos suministrar el alimento (concentrado dos veces por día; caña cuatro veces y en pequeñas raciones so pena de que se avinagrara y les ocasionara un cólico a los queridos equinos). Finalmente, a cepillar los caballos hasta dejarlos brillantes y listos para la jornada.

Volvíamos a desayunar con toda la familia. Finalizado el desayuno, los primos a la piscina, Tomás y Jerónimo a los potreros a dar vuelta con los vaqueros. Siete horas a caballo bajo el sol tropical inclemente.

Todo esto, que de pequeños no entendíamos (otra vez juega aquí el "mi papá sí es cansón"), hoy lo agradecemos, ya que resultó determinante para aprender a amar el trabajo y asumirlo con disciplina.

Al principio le causó dificultad entender que tuviéramos novias. "Están muy chiquitos, primero hay que estudiar". Incluso en alguna ocasión se puso profundamente bravo conmigo porque se enteró de que estuve viajando con la mía.

También cuando le conté que quería estudiar Ingeniería Química, no estuvo muy de acuerdo. De manera constructiva, me cuestionó bastante mi escogencia.

De igual manera, cuando iniciamos SalvArte, no lo vio con muy buenos ojos. "Hijo, plata se consigue todos los días, está en edad de estudiar".

Pero finalmente todo ha sido un gradual proceso de comprensión y apoyo. Hoy, difícilmente tomo una decisión importante en mi vida sin consultársela, y siempre lo hago con la plena certeza de que encontraré un punto de vista válido y para tener en cuenta.

Todavía hoy —Jerónimo con 24 y yo con 26—, algunas veces entra a nuestra habitación cuando estamos dormidos, nos da un beso y la bendición. A Jerónimo le pregunta cinco veces al día cómo va la tesis, y a mí, cada vez que me ve, cómo va la empresa. Nos pregunta que si tendimos la cama, si rezamos, si pagamos la cuenta en el restaurante, etc.

En fin, tengo muchas anécdotas e historias con mi papá. Unas de rabia (los regaños) y otras de risa (como cuando le dijo al rector del colegio en Oxford que por favor no llamara a mi hermano Jerry, que su nombre era Jerónimo Alberto). Podría resumirlo como padre en tres palabras: amor, carácter y ejemplo. Por eso, es un buen tipo mi viejo.
 

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