Me he dedicado a hacer memoria de mis osos, que en eso sí que soy experta. Los he sometido a censura y casi ninguno pasó la prueba. Algunos, porque ayudo más de la cuenta a mis detractores y otros, porque podrían afectar el pudor de personas tan puritanas como Felipe López. Por lo tanto, hago el esfuerzo de contarles algunos que resulta mejor llamarlos ositos no por encontrarlos muy divertidos, sino por el compromiso que hice con un sobrino que trabaja en esta revista.

Éramos ya seis hijos. Mi papá sosteniendo económicamente la prole con sueldo de empleado público… Mí mamá, maestra, se dedicó a enseñarnos a leer, a escribir y a prepararnos para la Primera Comunión. Todo eso de paso, ahorró el kínder y estiró la platica del mercado.

Llegué entonces a primero elemental, era la nueva entre treinta y era mi primer día de clase. Seguramente para efectos de nivelación con mis compañeras, la directora del curso, una monja, dijo: "¡Que pase la nueva al tablero!". El miedo me paralizó y me mantuve en el pupitre, como pegada al asiento. Con una mirada, que hasta hoy confundo con la peor amenaza, volvió a decir: "¡Que pase la nueva al tablero, he dicho!". No pude moverme, todas se reían. Me tomó del brazo y sin consideración alguna me gritó: "¡Además de todo… es sorda!". El espíritu santo o el demonio, no sé bien quién fue, me sopló, cuando le dije: "Yo no me llamo nueva, yo me llamo Noemí". Pude por fin pasar al tablero y empezó la agonía en forma de dictado. Iba superando la prueba, estaba a punto de triunfar y a esa monja a quien odié por años, le dio por dictarme 'yuca'. Yo con entusiasmo, pero ya casi sin fuerza, ¡escribí 'lluca'! Y a la muy miserable le dio por enseñarle a esta novel estudiante no solo ortografía sino además humillación. Pintó con mi 'll' un par de orejas y completó la cara de un burro. Algunos sostienen que no se me ha borrado. Como si fuera poco me ordenó escribir cien veces yuca en el cuaderno de tareas. La verdad, le tengo una gratitud: la única duda que jamás he tenido, es la de cómo se escribe yuca.

Pero nada como cuando decidí, después de la Cancillería, hacer un esfuerzo mayúsculo para aprender inglés. Gloria Pachón de Galán me recomendó un instituto holandés de inmersión, al que fueron a parar todos mis ahorros y mis sueños de aprender inglés rápido y perfecto. Se hizo el curso y cuando fui nombrada embajadora ante el Reino Unido, el presidente de un centro de pensamiento me invitó a dictar mi primera conferencia en Londres. Acepté encantada porque, como ocurre en los países civilizados, tenía dos meses para prepararla. Dos días y estaba lista y escrita, claro… en español. Rose Mary, un lujo de secretaria de la Misión, necesitó dos horas para traducirla al más puro british. Le pedí, además, que me la grabara en velocidad lenta, para tener muy en cuenta la pronunciación; también en velocidad normal, para no parecer aprendiendo a leer. Mi sobrina Maristella, cuando me oyó el ensayo, decidió además hacerme una copia con la que pudiera, si necesitaba, leer con la pronunciación incluida. En otras palabras, poder leer en español, pero con sonido en inglés. Cada noche y en cada madrugada practiqué, me lo aprendí de memoria. ¡Colombia y yo quedaríamos de lo mejor! Al fin llegó la hora… Ceci Vélez, nuestra maravillosa zarina de la educación de hoy, era, para entonces, la Ministra Consejera en la Embajada en Inglaterra. Creo que ella se aprendió el discurso mejor que yo; hizo buena parte del mismo. Estuvimos a hora inglesa. Llegaron los primeros cien y todo perfecto. I'm the Colombian Ambassador, thank you very much for coming tonight (Soy la embajadora de Colombia, muchas gracias por venir esta noche), etc. Después empezaron a llegar compatriotas no propiamente invitados; los que hoy llaman "los infiltrados". Me 'paniquié', eso que llaman los que saben de todo el "pánico escénico". Todo lo teníamos previsto: entrega del discurso en perfecto inglés para cada invitado por si no entendían, chistes para emergencias, lectura en español por si me ocurría cualquier síndrome de abstinencia bilingüe. En fin… lo que no teníamos previsto es que a mi me diera el acobardamiento. Ceci, no puedo, que sí puede, que no. Me llevó a la sala de juntas de las mujeres, que siempre es el baño. Pedí un scotch doble, sin agua, no ice. Me sentó divinamente, tanto que pensé que si me tomaba otro igual, el aprendizaje del inglés quedaba en el pasado. Repetí la dosis. Salí resuelta y, obvio, no pude caminar. ¡Se me subió el remedio! Ceci, educadora al final de cuentas, me dijo: ese oso sí le queda grande; o lo hace y bien, o lo mejor es que nos vayamos, acuérdese que de lo que se trata es de Colombia. Ese fue el ensalmo. Oí la grabación en estos días y no era el inglés de Noemí, era la fuerza del deber y de un oso que no pudo nacer. Ojalá mi inglés de hoy, después de tanta práctica, fuera la mitad de bueno que el de aquel día.

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