El 19 de enero de 1999, en Valledupar, mi taxi fue parado en un retén de la Policía. Tan pronto revisaron mis papeles me llevaron retenido bajo los cargos de hurto agravado y calificado, secuestro simple, concierto para delinquir y, lo peor, homicidio agravado de cuatro personas. Ahí empezó mi infierno y pagué por un crimen que no cometí.

Resulta que unos años atrás, en 1995, unos tipos se llevaron consigo dos tractomulas que cargaban leche en polvo, en la carretera hacia Aguachica, y luego asesinaron a sus conductores. De uno de los condenados en ausencia por ese crimen se sabía el nombre y primer apellido, Alfredo Carrascal. Yo siempre insistí en que era un homónimo y que tuvieran en cuenta el segundo apellido del hombre al que buscaban. Pero nunca lo hicieron, a pesar de que mucha gente fue a dar testimonio de que me conocían. Yo tengo 64 años, y desde hace más de 40 trabajo en la plaza de mercado de Valledupar.

Como el incriminado había sido juzgado y condenado como reo ausente, me condenaron a 50 años hasta esa instancia, sin tener la oportunidad de defenderme y demostrar mi inocencia. Mi tiempo tras las rejas transcurrió entre las cárceles de Barranquilla y la capital cesarense. Hubo dos abogados que no hicieron nada por mí y yo ya estaba resignado a estar preso el resto de vida. No pude estar al lado de mis padres cuando murieron, y en la cárcel me tocó ver las escenas más dantescas del mundo. Además, como soy diabético, me enfermé mucho.

Por fortuna, el abogado Freddy Gutiérrez se interesó en mí. Él logró que mi caso fuera revisado en Bogotá por la Corte Suprema de Justicia y presentó pruebas nuevas, como el testimonio de una señora que era comadre del asesino, quien aclaro que yo era otra persona. Como dice la canción de Los Graduados, "ese muerto no lo cargo yo". Así, la Corte tuvo certeza de mi inocencia.

Gutiérrez logró sacarme de la cárcel, pero allí perdí nueve años de mi vida. Ya en libertad, decidimos iniciar las acciones pertinentes para lograr las indemnizaciones debidas por los daños ocasionados a mí y a mi familia.

No culpo a la justicia regional de mi ciudad, pero tampoco me queda claro por qué nunca hubo una revisión seria del caso. Ahora, recién salido de este infierno, estoy viviendo otro drama. No solo estoy debiendo más de seis millones de pesos a familiares y amigos (para mí, ese dinero es una pequeña fortuna), sino que en la cárcel perdieron mis documentos, incluyendo el pase y la cédula. Así que por ahora no puedo manejar taxi. Estoy partiendo de ceros, como acabado de nacer.

Me queda el consuelo de ver que en mi ausencia mi señora logró criar una familia honrada y trabajadora. Ella y uno de mis hijos trabajan en Telecom, y con sus sueldos lograron que mi hija siguiera la carrera de Derecho. Ella decía que estudiaba para un día sacarme de la cárcel. Gracias a Dios ya no tendrá que hacerlo.
 

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