Durante una clase en la universidad, Jorge Cardona empezó a contar anécdotas de noticias extrañas en el país. Empecé a sudar frío, y el corazón casi se me sale. Sabía que iba a contar lo mío. Empezó así: "Hace mucho ocurrió un accidente, sé que la niña estudia aquí pero no la conozco. En un circo." Me paré y me salí. Casi ni podía respirar. Temblando y con los ojos aguados de los nervios me senté en una banca. Mientras tanto una amiga le dijo a Cardona que esa niña era yo. Cuando regresé a clase todo el mundo se quedó mirándome como si fuera un fantasma. Entonces Jorge reconoció que él era quien había escrito el artículo en El Espectador. Ese en el que se decía que yo había muerto. Dijo que esta era su primera rectificación y que jamás se le habría ocurrido que podría hacerlo en persona. Mi respuesta, como es usual, fue reírme y decirle que no se preocupara. "Relajado, que estoy viva".
Afortunadamente no tengo ningún recuerdo de ese episodio. ¿Para qué recordar esa clase de dolor? Es suficiente con el pánico que siento al oír el maullido de un gato o cuando lo veo caminar cerca a mí. Con no poder entrar a una casa en la que hay uno de estos animales, o no lograr ver un tigre en el Discovery Channel sin imaginar que en cualquier instante se sale de la pantalla y me ataca. Con haber salido despavorida y paniquiada del cine cuando en plena Gladiador se reflejaron sobre la máscara de Rusell Crow los tigres de Bengala que lo estaban atacando en el Circo Romano.
Una vez soñé con un olor a palomitas de maíz. Oía carcajadas de payasos y niños emocionados. El carrito de los perros calientes estaba a unos metros. Mi papá estaba de un lado y mis hermanos del otro. Después salían los tigres de bengala y empezaban a caminar entre la gente como chismoseando. Cuando los vi acercarse le apreté la mano a mi papá y le pedí que no dejara que me hicieran daño. Era obvio que él no lo iba a permitir. Se acercaban cada vez más y yo sin poder hacer nada empezaba a morder mi perro caliente como muchos años antes lo había hecho. De pronto el tigre me atacó y todo quedó en pausa como si algún control remoto hubiera detenido el tiempo. Recuerdo que alcancé mirar a mi alrededor y a gritar pero nadie me oía. Se me salían las lágrimas, me daba taquicardia y se rompía mi garganta de lo seca que estaba. Luego apareció un botón de play y el tigre cayó sobre mí haciendo que rodara algunos metros. No le solté la mano a mi papá. Él era mi red, mi sostén de seguridad. Salió un botón de fastforward y mi hermano menor empezó a decir: "Respira, no va a pasar nada, no te va a pasar nada, nosotros te defendemos". Empecé a gritar: "Quítenmelo de encima, me va a matar, quítenmelo de encima". Mi hermano mayor llegó corriendo y me despertó. Al día siguiente, para acallar el miedo, me llevó al zoológico.
Esa fue una de las muchas versiones sobre mi accidente, una historia que se ha convertido en toda una leyenda urbana. He oído que el tigre me atacó porque yo entré en la jaula, que fue algo planeado, que estaba en un safari y que fue culpa de mi papá por llevarme al circo. De todo, lo único que es verdad es que cuando tenía tres años, mi papá, mis dos hermanos mayores y yo fuimos al circo a pasar lo que, se suponía, debía ser una noche más de diversión. Pero, después de algunas funciones de animales, se inició el gran espectáculo de tigres de bengala. Se creía que por ser tan "mansos" podrían estar tranquilamente en medio de la gente sin ningún tipo de rejas que los separaran del público. Yo estaba sentada en la primera fila, comiendo un perro caliente, cuando el tigre se acercó a mí y me atacó sin previo aviso. Intentó alejarme de la gente como si fuera su presa y mi papá, como un Hércules de carne y hueso, lo enfrentó. Le abrió las fauces, me sacó y me cogió entre sus brazos.
Sé que después, sin ambulancias y sin ningún tipo de equipo de rescate me llevó en su carro a la Clínica del Country, donde los médicos, mi papá, mi mamá, Dios y más de un millón de milagros me salvaron la vida. A los pocos días desperté y luego estuve en coma por un par de semanas. Pero no fue suficiente con las lesiones. Tuve pérdida de memoria inmediata, más de un ataque cardiorrespiratorio, una traqueotomía y tomé medicamento todos los días para recuperarme. Creo que aunque sufrí mucho más de lo que quisiera admitir, el dolor más grande fue para mi familia. En más de una oportunidad pensaron que moriría, que no volvería a ser yo, que quedaría con problemas mentales o algo así. Y, no es que no haya tenido algún problema después para aprender, si no que tuve algo que nadie tiene: un apoyo incondicional de todas las personas que me rodearon.
Mis cicatrices no son chiquitas pero honestamente no son escandalosas. Todo gracias a los padres que he tenido porque no les importó el costo y tuve la mejor atención médica que existe. Mi papá prácticamente se internó a vivir en la clínica. Después de que me suturaron la cara me hicieron cirugía plástica. Las cicatrices más grandes las tengo dentro de mi cuerpo, la lesión cerebral que tuve fue bastante grave y el posible daño a mi cuerpo por dos ataques cardiorrespiratorios solo saldrán a la luz con el pasar de los años. Jamás van a desaparecer y siempre serán un recordatorio de los acontecimientos y de lo absurdo que fue que algo así pasara.
Hoy, llevo una vida normal. Estudié, he viajado, salgo a rumbear y nunca me he sentido impedida para hacer o no hacer algo. Y es que, como dice una amiga, "cuando a uno le dicen que hay una niña que un día la mordió un tigre uno se imagina a alguien deforme, pero usted está perfecta, no se le nota nada y si no cuenta nadie le cree". Eso es lo mejor, que no es evidente, que aunque tengo varias cicatrices jamás llegaré a sentirme extraña. Puedo decir que lo mejor que me ha podido pasar es estar viva. Creo firmemente que todas las personas tienen destino y el mío empezó el día que me salvé de mi accidente.

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