La primera cosa de la que tuve que privarme fue de la inmortalidad. Pero eso le pasa a todo el mundo una vez que se acaba la niñez. Ahí estoy yo sentado en el borde del andén. En la calle de mi infancia en Cali. Tengo pantalón cortico. El sol cae por entre las copas de los árboles. De las ramas caen sobre mi cabeza semillas. Gorjeos. El tiempo es dilatado. Soy inmortal.

La segunda cosa de la que tuve que privarme fue de mi carrera. Estudié en la universidad Administración de Empresas y al terminar me lancé al mundo del trabajo. "El hombre que loco al mundo se lanza", como decía alguien.

Trabajé en empresas durante veinte años. Como se suponía que sucediera. Tuve éxito. Gané buenos sueldos. Tuve mando sobre personas. Iba muy bien. Era exitoso. Pero me sentía mal. Con miedo. O perseguido. O con culpa. O con asco. Un señor inteligente me dijo que el mundo de las empresas no era para mí. "¿Pero, cómo puede ser?", le pregunté, "si yo me preparé para esto y me está yendo muy bien". Él me dijo que no. Que yo no tenía la piel lo suficientemente gruesa. Que esa vida de la empresa me iba a matar. "¿Pero, por qué?", le volví a decir yo, "¿cómo así?". "Sí, así", me contestó, "usted no sirve para eso". Entonces me fui a trabajar a un colegio.

Y de la tercera cosa de la que he tenido que privarme es del trago. Yo creo que como consecuencia de las dos anteriores. Cuando abandoné mi carrera y me privé de las ambiciones que ya dije. Y cuando me di cuenta de que no era inmortal. Entonces entendí que el trago me quitaba mucho tiempo. Me puse a pensar en eso. En toda la energía que gastaba durante la semana preparando la fiesta. Porque la fiesta era impepinable todos los fines de semana. Y me di cuenta de toda la energía que gastaba en el trago. El viernes o el sábado. Horas y horas tomando trago y diciendo pendejadas. Y después horas y horas en la cama enguayabado. Mucha vida se me estaba yendo. Mucha buena energía vital. Y entonces dejé de tomar trago y volví a escribir versos. Y después novelas. Y volví a jugar fútbol. Y terminé un estudio que había dejado incompleto. Y ahora tomo pero poquito. Nunca me emborracho. Le cogí mamera al trago.

Volvamos un segundo a lo del fútbol. Terreno en el que los renunciamientos son tan dolorosos. A mi regreso a las canchas me di cuenta del hecho insoslayable de que tenía cuarenta años. De todos los que estaban jugando, yo era el mayor. Por mucho. Con las primeras carreras que di empecé a sentir mareo. Después, asfixia. Estaba claro que si jugaba de defensa no podía ir al ataque como me gustaba. No tenía aire para volver a bajar. "Mire, a usted lo que le pasa", me dijeron los del fútbol, "es que no tiene regreso". Entonces alguien dijo "pónganlo arriba". Y me pusieron de delantero. Pero entonces me pasaba mucho tiempo ahí quieto. Nadie me pasaba la bola. Y cuando por fin me la pasaban me atortolaba y la perdía. "Es que, mire", me volvieron a decir, "lo que pasa es que usted no tiene manejo". Me atacó entonces la melancolía. Después, la depresión. Eso fue hace ocho años. Yo insistí. Algo he mejorado lo del manejo y el regreso. Pero ahora que voy a cumplir cincuenta lo que se me ha vuelto un problema es el calentamiento. Tengo que llegar al partido una hora antes. Para calentar. O si no se me desgarran los músculos de las piernas. Y también los de la espalda. Y eso que tomo complejo B. Y también los niños se burlan de las posiciones que tengo que adoptar para calentar. Las posiciones corporales. Doblar la pierna sobre el vientre. Estirar. Enroscarme. Dicen que son posiciones eróticas. Todos se ríen.

Pero bueno. Lo bueno es que la noche anterior no he estado de fiesta. Entonces me despierto el sábado y me doy abrazos porque me voy para el fútbol y no estoy enguayabado. Y la vida me compensa porque me voy para la cancha con mi hijo. Que ya es más alto que yo y juega mejor.

Claro que una cosa buena del trago era oír rock a todo volumen. The Who. Deep Purple. Jetrho Tull. Pink Floyd. Zeppelin. Como me privé de las parrandas ahora me toca poner la radiola los domingos por la mañana. Pero el ritual no dura mucho. Mis hijos blasfeman y me hacen apagar la música. Por lo que ellos siempre están dormidos a las siete de la mañana.

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