Siempre he pensado que me voy a morir de una gripa. Si se cayera un avión en el que yo voy me salvaría seguro, a menos de que tenga, como dicen por ahí, las siete vidas del gato. Esas ya me las gasté. Tengo cinco cicatrices visibles en la cara y una más que no se ve. Suman seis y hay una última en el pie que fue por clavarme una astilla que luego un amoroso médico primíparo me dejó allá adentro. La del labio fue un perro que me mordió a los cinco años y casi me manda a Operación Sonrisa, con tan mala suerte que en esa época ni existía. Esta que no se ve, debajo de la ceja, fue en un accidente de carro, en un Chevette azul, a los diez años. Otra que está más abajito fue en un accidente yendo al Peñón. La de la frente es de cuando me atropelló un Dodge Dart. Me gusta recordar los nombres de esos carros ochenteros que se me atravesaron en la vida y me marcaron la cara.
La de la quijada, que es la más notoria, fue a los ocho años. Estaba en una finca con ocho muchachitos (ocho debe ser un número con profundo significado, ¿no?). Muy marimacha, andaba caminando por los techos de la finca. El hijo del cuidandero me retó a coger unas curubas en el techo de un invernadero y luego me empujó. Rompí el vidrio y caí al suelo. Estaba tan privada que el médico que me cosió en la Santa Fe dijo que para qué diablos me ponía anestesia. Cuando me desperté, el tipo estaba acabando de coserme como quien remienda un vestido viejo y así me dejó: con las puntadas estiradas de manera que mi piel quedaba arrugada, drapeada. Gracias al empujoncito duré seis meses en silla de ruedas y un año con corsé. Cuando cuento el cuento me dicen siempre: "Qué de malas". Pero a la larga soy una "de buenas", porque hoy en día camino como si nada y me he acostumbrado tanto a la cicatriz, que alguna vez que me la maquillaron tuve que pedir que me la destaparan, porque no me reconocía. Mi mamá me ha rogado un par de veces que me opere y he pasado ya por seis cirugías. La última vez, previa a mi matrimonio, le hice entender que para mí la cicatriz es como la nariz y no creo que nadie se sienta cómodo sin nariz. Y si, luego de hacerse el que no la ve, alguien coge confianza y vuelve a preguntar por enésima vez qué me pasó, mis amigos contestarán al unísono que mi papá me metió un machetazo.

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