Mi vida como relacionista público está repleta de osos. Recién ingresé a la logia masónica, por poco me voy a los puños durante un coctel, cuando entré al baño y un tipo en el orinal vecino me empezó a hacer señales que interpreté como insinuaciones mariconas. El oso lo sentí cuando supe que lo que estaba haciendo era saludarme con gestos amistosos típicos de la masonería. Otra noche, durante una comida no le creí a un amigo que el rey de Suecia era uno de sus invitados. Me fui directamente hacia él y lo sacudí con fuerza de los hombros. El susto suyo, no fue comparable al que sentí cuando me di cuenta de que mi amigo no era un charlatán. Ese par de osos son inolvidables.

Pero mi oso estrella es el de la reina. El embajador de Colombia en Inglaterra y nosotros, su delegación, íbamos a presentar credenciales ante la reina Isabel en el Buckingham Palace, pero como esto tiene unos protocolos muy complicados, habíamos tenido tres días de ensayos, donde nos dieron una serie de reglas como no hablarle a la reina a menos de que ella le hablara a uno, hacerle una venia con la cabeza, esperar a que ella hiciera lo mismo, devolverse sin darle la espalda e irse.

Llegó el día. Vestidos de sacoleva, guantes y sombrero de copa, ingresamos en un coche de la reina al Buckingham Palace. Cuando entré en ese salón inmenso y deslumbrante donde se produciría el encuentro, en medio de los nervios y la angustia, fui avanzando y avanzando hacia la reina, rompiendo el protocolo con cada paso. Era como si Cantinflas hubiera llegado ebrio a presentar credenciales. El embajador me miraba angustiado. La gente me hacía gestos, el mariscal del reino se mantenía erguido a su lado y la reina apenas sonreía. Me habían dicho que ella era una persona muy seria y hasta seca y tenía la orden de mantener las manos atrás y de llegar solo hasta ciertos metros. Solo podía acercármele más si notaba que ella me quería hablar, cosa que no suele suceder.

En mi oso, me pareció ver que se reía, así que me le acerqué a dos metros de distancia. Ella habló, pero no le entendí lo que me decía, así que me incliné hasta quedar a unos tres centímetros de su cara y le pregunté con mi mejor acento de cachaco bilingüe: ¿pardon? Se volvió a reír de mi insolencia y me dijo de nuevo, en inglés, algo así como: "ustedes tienen el mejor café del mundo y un país muy bello. Yo le contesté: Thank you, mum, porque hay que decirle mom, y no queen ni lady. Me volvió a sonreír y me armó la conversa, cosa que es bastante inusual. Yo ahí, chapuceando un spanglish cantinflesco me mantenía a flote, pero de pronto me dice: You speak a very beautiful english y, en esos nervios en que estaba, solo atiné a responderle: You too (usted también). ¿You too? Ella no contuvo la risa, la gente alrededor se quedó callada por un momento, pero luego también soltaron la carcajada. Decirle a la reina de Inglaterra que habla buen inglés era el mayor de los atrevimientos. Había quedado como un igualado. En vez de darle las gracias, salgo con semejante vaina. Sonrojado, le extendí la mano para despedirme. Error: a la Reina se le saluda y se le despide con un movimiento leve de la cabeza. Pero qué va, la Reina apretó mi mano y me miró con esos ojos de un azul profundo que jamás olvidaré.

Al otro día me llamó el embajador a su despacho. Pensé que me iba a echar y le dije sin más: señor embajador, antes de que me diga algo, quiero decirle que cualquier cosa que necesite con la familia Windsor, solo tiene que decírmelo. Usted sabe la amistad que yo tengo con ellos. Se murió de la risa.

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