Desde muy joven comencé a viajar como futbolista y mi lengua original, el serbio, no servía demasiado para comunicarme. Entonces, tuve que ingeniármelas para ir aprendiendo distintos idiomas.

Ahora hablo bien el español, el serbio, el francés, el inglés y el italiano. Después me hago entender en alemán, portugués, búlgaro (que es parecido al serbio), ruso y entiendo bastante el chino.

En realidad, yo nunca aprendí ninguno de estos idiomas en academias especializadas. Solamente cuando era niño tomé clases de francés, pero era una clase por semana y con una metodología diferente, sin práctica y como era un curso técnico, no nos enseñaban el vocabulario de la calle, el cotidiano, el que es necesario para hacerse entender.

Me considero un empírico del lenguaje porque, por ejemplo, el inglés lo fui aprendiendo por medio de las viejas películas de vaqueros. Me gustaban mucho las de John Wayne y las veía por televisión o en cine. Cuando viví en el paraíso de Mónaco, me acostumbré al italiano, porque veía los programas deportivos de la televisión italiana.

Al español lo considero mi primer idioma, porque me casé con una mexicana, vivo en América desde hace 30 años y es el que más utilizo. Pero en realidad nunca tuve un conocimiento profundo del fondo de las palabras en ningún idioma. Considero más importante mi forma de ser, mi carisma y una convicción que me sigue a todas partes: si me equivoco en la construcción de las frases, en la entonación o en los tiempos del verbo, la verdad, no me importa. Lo importante es que el mensaje que quiero dar sea entendido por mi interlocutor.

Cuando dirigí a la selección de Nigeria en el Mundial del 98, el diálogo con ellos era complicado, porque hablaban tres dialectos distintos, según la región del país en la que vivían. ¡Creo que ni ellos mismos se entendían! Por suerte, algunos jugadores actuaban en Europa (Finidi, West, Okocha y Kanu) y eran mis interlocutores permanentes.

Nunca me sucedió que un jugador no entendiera mis indicaciones. En los planteles mundialistas hay una mentalidad totalmente positiva hacia el entrenador. Existe otra pasión, otra entrega, otras ilusiones, porque no es fácil jugar un Mundial, y eso facilita nuestro trabajo y, sobre todo, la comunicación, porque los futbolistas están abiertos a recibir indicaciones sin pensar en otras cosas. Además, el lenguaje del fútbol es sencillo. Yo suelo utilizar videos en las charlas tácticas, así que las órdenes son claras y precisas.

Siempre bromeo cuando digo que con la Selección de China clasificamos al Mundial del 2002 porque los jugadores no me entendían a mí, ni yo a ellos. Un día estaba muy agripado, pero no quería dejar de ir al entrenamiento. Le comenté al intérprete que siempre me ayudaba, "puta madre, estoy enfermo, ¿qué hago?". El intérprete, medio en serio, medio en broma, me respondió: "Velibor, no pasa nada, quédese en el hotel y descanse. En realidad yo nunca traduzco lo que usted dice, sino lo que a mí me parece".

En las conferencias de prensa siempre trato de responder en el idioma que me preguntan, porque es más simpático. Pero a veces hay que ser inteligente. En 1994 era el entrenador de Estados Unidos y a los periodistas de ese país les hablaba en español, porque si surgía alguna polémica por mis declaraciones, yo decía que me habían entendido mal.

Siempre que me preguntan cuál es el idioma que más me costó aprender respondo que ninguno, porque en realidad no he aprendido ninguno.

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