...Heterosexual
Por Felipe Zuleta


A pesar de haberme prometido hace muchos años que jamás escribiría sobre la frustrante y difícil condición de ser un varón heterosexual en una sociedad machista, finalmente he llegado a la conclusión de que puedo, modestamente, contribuir con el caos que alimenta la miserable vida de los varones heterosexuales. Todo comienza cuando el galeno los toma de las patitas, les da la primera palmada en la nalguita y pregona: “Es un varoncito”. Desde ese preciso instante comienza la tragedia. El varoncito tiene que empezar a jugar con carritos, mirando con envidia a sus hermanas peinando el frondoso pelo de la Barbie. La situación tiende a empeorar cuando las niñas hacen galletitas y la abuela dice: “Los hombres en la cocina huelen a caca de gallina”. Los meten al colegio mixto, para que no se vuelvan maricas. Allí desarrollan una misoginia inconsciente contra las compañeras, que sólo vienen a comprender años después cuando se encuentran los calzones y el sostén de la esposa colgados en las llaves de ducha. Estos varones detestan en silencio los pelos largos que se encuentran en todos los rincones de la casa y van religiosamente todos domingos a tomarse el ajiaquito adonde la mamá de la señora. “Hola suegrita”, saludan los muy cobardes. Pero eso sí, se callan cuando saben que sus esposas desaprueban a sus suegras. Los ‘héteros’ siempre andan cohibidos y frustrados, pues si dicen que Penélope Cruz es linda, entonces las esposas se encolerizan y sentencian: “Pues si tanto le gusta, váyase a vivir con ella”. Pero si sostienen que Brad Pitt es buen mozo, entonces fue que se ‘voltearon’. Son tan frustrados que cuando les gusta cocinar, cosa que hacen mejor que las mujeres, entonces disimulan diciendo que es un hobby. Al final del terrible ciclo de la ‘vida’, con su próstata cansada, calculan el legado para la esposa que les hizo la vida infeliz, porque estos desdichados heterosexuales no son tan varones como para dejarle la herencia a sus amantes.


...Odontólogo
Por Javier Gnecco Bohm

Cuando uno recibe comentarios como “¡qué horror, qué asco, no entiendo cómo pueden trabajar en eso!”, pienso que yo tampoco concibo cómo alguien puede ser ingeniero, asesor tributario o futbolista por gusto. Pero las vocaciones son así. Y yo, a pesar de las harteras de las que me piden hablar, adoro mi oficio de odontólogo. Lidiar, por ejemplo, con cilantro, cebolla, abscesos, miedos, dolor, o levantarse a las tres de la mañana a atender una urgencia, hacen parte de lo que uno hace con gusto. De veras. Ni siquiera el temido mal aliento (‘vil vaho’, según los vascos) es grave; para eso están la vocación y las destrezas, además de los enjuagues bucales y los tapabocas. Nada más respetable que la angustia o el dolor, y nada más gratificante que aliviarlos. Uno pasa por encima de mucha cosita en aras de su apostolado. Lo que sí es jodido de este oficio son las injusticias. Una encuesta entre mis colegas (¡ojo con llamarlos dentistas: se ofenden, si no es en inglés!) confirma que todos sufrimos por los mismos motivos. Primero, nos acusan de sádicos. Mucha gente presupone que uno es torturador y caco. Al menos una de las dos. Mi siquiatra asegura que somos ‘sádicos sublimados’ y una paciente onda New Age me preguntó, con sonrisita de vendedor de inciensos, si yo no había sido un torturador en otra vida: en otra no —le dije—; en esta, y abra la boca. Como siempre, lo peor es el tema de la plata. La ‘cartera’. Para la gente casi siempre nuestros presupuestos son exorbitantes y, por ende, somos la última prioridad en sus pagos. Un señor muy distinguido me dijo que me pagaría su tratamiento, hecho hacía tiempo y a satisfacción absoluta de las partes, “en unos meses, chinito, cuando volvamos de Europa, porque después del matrimonio de la niña quedamos sin cinco y deprimidísimos”. El carameleo, la conchudez y la mala fe se excusan en “la crisis tan macha”. Pero por fortuna esto sólo ocurre de vez en cuando. Lo curioso es que, por lo general, es gente “muy conocida”. Un amigo mío inteligentísimo afirma que no se deberían pedir referencias bancarias de la gente, sino al dentista. De uno pueden hablar mal —en ausencia por supuesto— hasta los colegas, para atraer un paciente y los pacientes para simpatizar con un colega. Pero al final la verdad vence. Uno no tiene tiempo para uno ni derecho de enfermarse, cansarse o estar de mal genio; pero no importa: el deber está primero. Por eso, uno aprende a gozar madrugando, masacrándose la columna vertebral y siendo también sicoterapeuta, prestamista y asesor oro–sexual. Por eso, goza al contestar 27 veces la misma pregunta, aunque sea en fiestas, comprende que alguien no se pudo lavar los dientes antes de la cita porque viene de un desayuno (y son las ocho de la noche), y cuando está de vacaciones hasta extraña al consultorio. Uno se llena de anécdotas geniales, como la de una señora suplicante que me dijo: “ay, doctor, no me ‘aplique’ anestesia porque anoche me bajó visita…”, a la que sólo pude calmar cuando entendí que la ‘visita’ de marras se asociaba con su condición de mujer de edad reproductiva, una hora más tarde, asegurándole que la inyección se la iba a poner en la cavidad oral y no en la que ella pensaba. Caridad y paciencia son nuestras herramientas para cuando llaman un 24 de diciembre casi a la medianoche por un dolor de muela ‘terrible’ y al preguntar cuándo empezó, contestan que hace 15 días. Con los incumplidos: comprensión; ¡los trancones, claro!; con los supercumplidos: templanza. Pero a pesar de estas pequeñeces, que a veces amargan un poco el ejercicio de esta noble profesión, las satisfacciones son infinitamente mayores. Por eso, cada mañana me encomiendo a Santa Apolonia, nuestra mártir protectora, para que me siga iluminando y me permita seguir disfrutando de mi ejercicio como hasta ahora, desde hace 16 años.


...Adolescente
Por Daniel Salazar

Lo peor de ser adolescente es precisamente serlo. Es un castigo que Dios le pone a todos los seres humanos para poder reírse un rato.Para ver complacido cómo las hormonas alborotadas comienzan a deformar a su antojo el cuerpo y los sentimientos de las personas hasta acabar completamente con su autoestima. Es por eso que desde que entré a esta patética etapa de mi vida, no he podido creer que exista gente que la recuerde con agrado y todavía no la haya podido superar cuando yo no veo el momento de dejarla atrás y tenerla como una época que ojalá nunca vuelva a ocurrir. El día que vi por primera vez frente al espejo una roncha brillante y puntiaguda sobre mi mentón, supe que ya no había regreso. Que muy pronto vendrían más como esa y que no tendrían la delicadeza de asentarse en algún lugar remoto de mi cuerpo, sino que brotarían en los sitios más visibles de mi cara durante largos y dolorosos años de mi vida. Poco antes había comenzado a asomar el ‘bozo Cantinflas’, la cola se había ido forrando de pelos grisáceos, y la nariz se había vuelto desproporcionadamente larga. Pero en ese entonces no alcanzaba a imaginar el estado tan deprimente al que llegaría mi cuerpo en tan poco tiempo (y menos del largo periodo en que se mantendría así). Hasta ese momento sólo se sabe que los días felices y lampiños de la infancia terminaron. Ahora uno no sólo es un ser peludo, desproporcionado y grasoso, sino un personaje sumamente lobo. Porque, al fin y al cabo, todas esas cosas del cuerpo no son culpa de uno. Y aunque uno matiza la adolescencia pellizcándose, afeitándose y saliendo a la calle con la cara despedazada todos los días, se entiende que son puros actos desesperados que uno toma desde su posición de víctima (a no ser que haya alguien al que le parezca realmente divertido untarse a escondidas las cremas, para los barros, de las hermanas o se sienta orgulloso de los granos que pululan en su cara). Pero lo que es realmente vergonzoso en la adolescencia es la lobera. Sobre todo porque de eso todos los adolescentes son culpables. El adolescente es lobo por naturaleza. Es el que practica gestos delante del espejo. El que prueba peinados puntiagudos y hace cara de interesante. El que se enamora para siempre y sufre porque nadie lo quiere. El que se despecha. El que se emborracha hasta descerebrarse. El que se la pasa entre broncas y presume de su popularidad. El que cree que su vida se debate entre Trainspotting y una telenovela venezolana. Yo, por ejemplo, empecé siendo de esos mamertos que dicen sin saber por qué que el Che es lo mejor y que todo sea por el bien de la revolución. Más tarde fui de esos poetas que escriben sobre el amor, la vida, la amistad y todas las demás cursilerías del mundo. En este momento soy un incomprendido. De esos que piensan que en la vida no hay nada importante, que no tiene sentido enamorarse, y que están convencidos —como absolutamente todos los demás adolescentes del universo— que su caso es único, que están solos en el mundo y que nadie los podrá entender jamás. Ser adolescente es lo peor. Es ahí cuando se cometen todas las cosas de las que uno más tarde se va a arrepentir. Por eso no soporto que haya gente que, como los disc–jockeys y los Harlistas, nunca haya sabido llevar una adultez digna. Que recuerden su adolescencia (cursi y ridícula) como su mejor época y traten de parecer jóvenes sin importar qué tan viejos sean. Como si la adolescencia fuera un sex appeal. Como si creyeran que con un buen barro maduro y un poema bien lobo, pudieran levantarse una mujer más joven.  


...Bacteriólogo
Por Alfredo Escallón

Nadie sabe qué hacemos los bacteriólogos en el laboratorio. O saben qué hacemos, pero nunca cómo lo hacemos y exactamente con qué lo hacemos. Y los que saben, quisieran nunca haberlo sabido. Por eso, en las reuniones nadie nos pregunta por cuestiones estrictamente profesionales, y nuestros interlocutores prefieren hacerse a la idea de que somos una especie de científicos ‘jartos’. Tratan entonces de plantearnos algún tópico más liviano y, según ellos, definitivamente menos escatológico. Whisky en mano, los abogados son aburridos, los ingenieros densos, los militares escuetos y los bacteriólogos, ¡ay, Dios!, los bacteriólogos somos peligrosos. Tenemos que cuidar la lengua el doble que los otros mortales, porque a la tercera copa existe el riesgo latente de que revelemos una trivialidad del trabajo que puede convertirse en repugnante bomba. Todavía me acuerdo cuando me dio por recordar en una charla la anécdota del día en que mi jefe fue víctima de los ladrones. Le sacaron del carro su maletín, donde, aparte de unos cuantos papeles, llevaba un absceso para análisis en el San Juan de Dios. Meses después —conté sin pudores— a la puerta del hospital llegó una encomienda consistente en el maletín d el profesor y dentro un papel con la frase “profesor hijuemadre”… ¡los ladrones se habían encartado con el material purulento! ¿Ah? Busqué con la mirada una risa de quienes me rodeaban, una mueca de simpatía, algo de aprobación. Nada. ‘Purulento’, comprendí, es un término prohibido. Como muchos de los que usamos los bacteriólogos a diario, pero que rara vez debemos exponer a los oídos del respetable pero intransigente público. La gente debería saber que somos tan capaces y listos, que nos ganamos el pan con el sudor de la frente ajena… y no sólo de la frente. En parte gracias a las novelas y al cine, muchos imaginan que en nuestros laboratorios las pruebas se confunden, y por eso se nos mira con desconfianza. Somos ordenados, metódicos, juiciosos y respetuosos, pero de nada vale: ¿quién va a convencer a una fervorosa televidente de que no es en nuestro laboratorio donde germina la semilla de los más estrafalarios libretos de amor y dolor? Pero eso no es lo peor de ser bacteriólogo. Una de las cosas más dolorosas es que, analizando en el microscopio una porción de esto o aquello, puede revelársenos que un paciente está a punto de terminar la paciente espera que llamamos vida. En ocasiones, sobre todo en el trabajo hospitalario, recibimos secreciones y fluidos que descubrimos casi de inmediato son incompatibles con la vida. Luego nos dicen que el paciente falleció minutos después de que se le tomara la muestra. Siempre es duro. Para rematar, debemos soportar los comentarios desalmados de quienes nos dicen que leemos el futuro de las personas en las heces y el esputo. ¡Esputo que me pongo con esos comentarios de pésimo gusto! ¿Saben por qué? Porque, aunque nadie nos da crédito, los bacteriólogos sabemos de humores, pero también de humor. Les regalo una muestra algo más agradable que aquellas que suelen dejarme ustedes en consulta: la mayoría de la gente que conozco coge el dinero y lo vuelve popó; yo, en cambio, cojo el popó y lo convierto en dinero. 

...Político
Por Armando Benedetti


La revista me puso en la tarea de denigrar, a mí, que soy político, de la política. No me negué porque una de las peores cosas de ser político es que quien lo sea de verdad no rechaza ningún pantallazo, así el precio sea hablar en contra de uno mismo. La peor tragedia de un político es no poder decir la verdad. Estar obligado a decir lo que la gente quiere oír; no lo que cree o piensa. Lo que se dice en público está calculado, maquillado, recortado. Y esta nota no es la excepción. Un político no dice la verdad ni en su casa. Y en donde esté hace ruido pero no habla. Y casi nunca sale del lugar común. “Unos amigos me solicitaron que inscribiera mi candidatura”, se oye con frecuencia cuando alguno se va a lanzar a alguna cosa. ¿Qué amigos le van a pedir a uno semejante favor? Ninguno. Es pura carreta de político. Uno solito es el que se mete en el problema de asumir un oficio en que la vida es absolutamente pública; en que no tiene derecho a gritarle al que se le cierre en el carro o al que lo insulte. En que renuncia a la necesidad de revirar ante las pequeñas cosas de la vida. Porque otra de las cosas terribles de ser político es que ésta (quizás con la de los árbitros de fútbol) es la única profesión en que está permitido que todo el mundo le diga a uno que es un pícaro, un ratero y un sinvergüenza, aunque eso sea por pagar platos que rompieron los demás. Y a pesar de eso, uno tiene que estar disponible todo el tiempo y para todas las personas; sonreír aunque esté deprimido; levantar el ánimo aunque esté derrotado; tratar de salirse de tanto lugar común. Esconder el mal genio debajo de una buena cara. Saludar, escuchar, asentir, aguantarse discursos de tres horas de duración. Y no perder la compostura. Con todo, soy político porque es un privilegio representar las esperanzas de los que creen en uno. Y, si me permiten la expresión, porque me gusta joder. Incluso a los que optaron por asumir el mismo oficio que con perseverancia y buena cara yo decidí asumir.  

...Dios
Por Él

Aunque lo peor de ser Dios es tener que soportar la idea de ser un padre soltero, a veces hay otras cosas que me molestan, digamos, infinitamente. Me molesta, por ejemplo, haberme convertido en el fiador de toda la humanidad cada vez que alguien allá abajo lanza la mágica y celestial frase “que Dios se lo pague”, pues, a decir verdad, mi saldo siempre está en rojo. Y es que, aunque nadie lo crea, lo reconozco: no es fácil ser Dios. A veces pienso que lo peor de ser Dios es tener que vivir en las alturas cuando siempre he sufrido de vértigo. También tengo la certeza de que lo peor de ser Dios es acomodarme en una hostia. O soportar el hecho de poseer una voz barítona que a veces asusta, o tener que avalar la Misa de Gallo todos los añosnuevos —detesto madrugar—, o que mi nombre siempre remate los discursos presidenciales, o que todos siempre esperen a que “entre el Diablo y escoja”, cuando yo también quiero participar. Esas cosas me molestan, y no hay paciencia divina que las alivie. Sin embargo, olvid ando por un momento por qué siempre vivo con las orejas rojas, o por qué ando metido en todas las despedidas (adiós, God–bye, etc.), o por qué me atribuyen la escritura de la Biblia (la ficción nunca ha sido mi fuerte), creo que lo peor de ser Dios no son todas estas molestias. Finalmente, pienso que lo peor de ser quien soy, es decir, de ser DIOS, es tener que vivir en medio de esta profunda soledad que a veces sobreviene cuando las nubes pasan aquí arriba.

...Futbolista
Por Lucas Jaramillo


Vivir entre 30 hombres día y noche, bañarse con ellos, viajar con ellos, dormir con ellos; saber que uno vive del cuerpo, que el futuro de uno depende de un tobillo, que la carrera es efímera y dura lo que dure la juventud; lidiar con marcadores mañosos, que escupen, pisan cuando uno salta a cabecear, arañan, gritan todo el partido que uno es un hijo de papi, y reciben órdenes del técnico de regresar al camerino con la rodilla de uno; acostumbrarse a que los fines de semana no existen, y que la juventud pasa con más trabajo que rumba, y tratar de conseguirse una novia que entienda eso; hacer el primer pase mal, y el segundo mal, y el tercero mal, y saber que de ahí en adelante, mientras a uno lo miran treinta mil personas, el partido empieza a jugarlo uno contra uno mismo, contra su inseguridad y su tensión sicológica; sentir miedo; comerse un gol que estaba hecho y saber que por eso los demás jugadores se van a quedar sin el bono que nos dan cuando ganamos; sentirse abandonado en la llanura del estadio y no poderse concentrar de nuevo: todo eso no es lo peor de ser futbolista. Lo peor de ser futbolista es que exista Barranquilla. Es sentir que a los diez minutos del partido las piernas no dan, que no obedecen, que están que se desploman, y uno se siente mareado, con náuseas y cree que necesita pedir cambio sin haber tocado el balón. Los minutos se arrastran. El sol empieza a quemarle a uno el cuello, los ojos. Respirar empieza a volverse imposible. Uno se siente asfixiado. Se oyen todo tipo de gritos desde las graderías que caen a la caldera de la cancha. Es el infierno. Y mientras todo eso pasa, y uno está a punto de irse al suelo, alguien tira un pase al vacío y uno tiene que correr treinta metros imposibles contra los codos del marcador pero sobre todo contra uno mismo.

...Fotógrafo de modelos
Por Carlos Gaviria


De acuerdo con mis amigos, y los amigos de mis amigos, todo el mundo quisiera tener mi trabajo. Todos quieren ser fotógrafos de SoHo, viajar a las locaciones más exóticas y capturar con su lente los cuerpos semidesnudos de las mujeres más hermosas del país, para luego volver a casa y seguir disfrutando con una interminable serie de castings en los que decenas de despampanantes desconocidas —las futuras mujeres más hermosas del país— hacen antesala para que uno las vea en paños menores. Sí, claro, cómo no. Primero resulta que en las locaciones siempre llueve, hace frío o un calor extremo, y uno nunca puede ver nada por estar peleando con el clima. Segundo: las dueñas de esos cuerpos semidesnudos —las más hermosas de Colombia— siempre me ven como un hermano, un hermano menor al que logran hacer sentir incestuoso al derretirse con sólo verlas. Pero ellas, que son honestas, terminan por quererlo a uno siempre con ternura. Como si esto fuera poco, los castings siempre coinciden con mi hora de almuerzo, especialmente aquellas destinadas a una novia brava que por lo general se pone brava por mi labor. De hecho, admitámoslo, todas las novias de los fotógrafos de modelos son bravas; novias que, por supuesto, se cagan en la ternura y la fraternidad de las mujeres que fotografío todos los días. Pero igual no la puedo culpar (a mi novia, claro), porque yo también me cagaría en la fraternidad si mi novia fuera la fotógrafa, y el fin de semana viajara a la isla de Providencia con los cinco top models del país. En fin, hay que pensar antes de hablar de los fotógrafos, y la próxima vez que usted —o sus amigos o los amigos de sus amigos— diga que quisiera tener mi trabajo, muéstreles este artículo para que entiendan que es un trabajo como cualquier otro con la única diferencia de tener a la novia brava la mayoría del tiempo.

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