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Publicado 2011-08-23

Los primeros 100 días de... la dieta de las 4 horas

Por Juan Andrés Valencia Cáceres

Un amigo me regaló un libro llamado The 4-Hour Body (El cuerpo de las cuatro horas), cuyo chapeau invitaba a devorárselo inmediatamente: “Guía poco común para bajar de peso rápidamente, tener un sexo increíble y convertirse en un superhumano”.

Los primeros 100 días de... la dieta de las 4 horas. Fotografía Álvaro Cardona
Mis esperanzas de llegar a ser el hombre más gordo del mundo fueron devoradas por la decisión de hacer dieta por primera vez en mi vida. Con 133 kilogramos a cargo, mi barriga y yo estábamos bien encaminados en alcanzar a José Luis Garza Rodríguez, aquel mexicano de 450 kilos que falleció tras permanecer dos años acostado en su habitación y que no tenía mayores pretensiones que esperar a que lo alimentaran cada tanto. Garza murió minutos después de que un equipo de rescate rompió la pared para llevarlo a una clínica y tratarle la diabetes.

Nunca hubiera llegado al extremo de hacer de mi vida un reality show, como sí lo ha hecho Donna Simpson, aquella inglesa que para romper el récord de la mujer más gorda del mundo abrió un blog en el que cobra 19,95 dólares mensuales —ya pesa 320 kilos y recibe 8500 dólares al mes por cuenta de ello—. Las personas la ven comer y vivir una rutina diaria que incluye sorpresas, como cuando también rompió fuente para llevarse otro récord (el de ser la más gorda en dar a luz). Sin embargo, la idea de pasar el resto de mis días tirado en el suelo sin siquiera tener que pararme para comer (y que me pagaran por ello) me seducía lo suficiente como para no perder el ímpetu. 

En esas estaba, comiendo a mis anchas —y a las de mi estómago, que eran todavía mucho más anchas—, hasta que mi novia me dijo que debía adelgazar lo que más pudiera en cuatro meses para que en el matrimonio de su mejor amiga en Cali yo no pareciera un novio con embarazo psicológico envuelto en un camisón de maternidad. Fue entonces cuando me puse a investigar las dietas que habían estado de moda últimamente.

La primera que descarté fue la de la piña y el atún, así prometiera bajar hasta cuatro kilos en siete días; la segunda que deseché fue la de la sopa de cebolla, que aunque juraba quemar más calorías que las consumidas, me parecía poco práctico andar con un termo lleno de caldo para ser consumido a cualquier hora, con el agravante de tener que comprar chicles para amainar un aliento que hedería a lágrimas; la tercera dieta en caer en desgracia fue la de solo líquidos, de lejos la menos seductora: ¿a cuenta de qué desayunaría con tres vasos de agua tibia, almorzaría con un consomé de pollo sin pollo y cenaría con té? Resultaba más sencillo internarse en una clínica para que me suministraran suero intravenoso, así no fuera costeño. 

Entonces un amigo me regaló un libro llamado The 4-Hour Body (El cuerpo de las cuatro horas), cuyo chapeau invitaba a devorárselo inmediatamente: “Guía poco común para bajar de peso rápidamente, tener un sexo increíble y convertirse en un superhumano”. ¿El autor? Timothy Ferriss, un best seller gringo obsesionado con la eficiencia. Su publicación ofrecía la fórmula infalible para perder mucho peso en poco tiempo, entre otros atractivos igual de carnales. 

¿Y el régimen? Titulado como ‘La dieta de los carbohidratos lentos’, asegura que sirve para perder veinte libras en treinta días sin necesidad de ejercicio, y consiste básicamente en suprimir todas las harinas (panes, cereales, papas, arroces, pastas y demás), no tomar calorías (gaseosas, licores y sopas), no comer frutas (ni siquiera licuadas) ni frutos (secos, como las nueces y el maní), no consumir leche (ni derivados como mantequillas, quesos y helados) y, obviamente, ningún azúcar (sí, los postres y el chocolate también están prohibidos). ¿Qué queda entonces? Todas las proteínas habidas y por haber (huevos, pollo, carne de res, carne de cerdo y pescado), todas las leguminosas (lentejas, garbanzos y la inmensa variedad de fríjoles que hay) y todos los vegetales. 

Para darle forma a lo que sí está permitido existen dos condiciones más: consumir los mismos alimentos una y otra vez diariamente, por intervalos de cuatro horas y durante seis días seguidos a la semana, y escoger un día, cualquier día, para romper las reglas y atragantarse, literalmente, de lo que sea. Pero vamos por partes. El mayor de los conflictos me surgió porque yo sí podía prescindir de las harinas con mucho esfuerzo, pero no podía con las leguminosas, acaso la comida que más podía odiar, y por eso en los primeros tres días traté de esquivarlos: inauguré la dieta desayunando entre dos y tres huevos cocidos (aunque la dieta permite que sean revueltos siempre y cuando se les quiten las yemas), almorzando proteínas con vegetales y cenando lo mismo del almuerzo. ¿Los horarios? Ocho de la mañana, doce del día, cuatro de la tarde y ocho de la noche. El problema es que una hora después del almuerzo mi estómago ya ardía del hambre.

Así entendí que los granos son necesarios, pues no solo no hacen engordar, sino que sustituyen a las harinas en esa clásica sensación de llenura y pesadez estomacal que tanto han sido combatidos por el Alka-Seltzer. No fue fácil acostumbrarme en todo caso, porque a la también clásica reacción de pedos en cadena tras ingerir lentejas, garbanzos y fríjoles, empecé a odiar al mundo entero. En la oficina me mantenía irritado y para no insultar a alguien sin justa causa debía encerrarme en mí mismo, frente al computador, sin abrir la boca, como si fuera un diseñador gráfico. Afortunadamente el mal genio se disipó el sábado, día escogido para comer lo que quisiera. ¿Por qué una dieta permitiría semejante cosa? Sencillo: 24 horas de choque calórico en las que todo es permitido en una estricta dieta como esta motiva la pérdida de peso, ya que mantiene “vivo” el ritmo metabólico del cuerpo en un régimen con tantas restricciones calóricas.

Valga anotar que el primer sábado, tras estar muy juicioso durante cinco días, no fue tan agradable como lo imaginaba. Desayuné huevos y chorizos, pandebonos, buñuelos y mucha Coca-Cola, pero mi estómago se había encogido tanto que creí que lo estaban estrangulando por dentro. No podía más. Pero debía aprovechar mi día ya que no podría volver a darme gustos en los seis siguientes. Como pude, almorcé pollo frito a las cuatro de la tarde (aún estaba lleno) y a las 11:45 de la noche, en el último suspiro, me atoré media pizza de peperoni. No pude disfrutar de mi gula por mi recién adquirida debilidad abdominal. ¡Tantos años madurando un estómago de camionero para que en una semana se ‘delicara’ como el de una modelo!

Mi sacrificio se vio recompensado el lunes siguiente, cuando me enfrenté desnudo y solitario ante una báscula que, sin más ni más, señaló 128 kilogramos. ¡Había perdido cinco kilos en siete días! A partir de ese momento una nueva dieta empezó para mí: gracias a la muy colombiana tabla de equivalencias gastronómicas ya no intercambiaba fríjoles por papas a la francesa, sino al contrario, y los meseros se quedaban mirándome de soslayo cuando les decía que en vez del arroz me sirvieran la otra ensalada del menú. Incluso llegué a creerme el cuento de que un espejo bordeado de bombillos me esperaba iluminado cada lunes para que mi versión más refinada ya no se enfrentara a la báscula, sino que la abrazara e hiciera de ella su mejor amiga. Y los 123 kilos que quedaron registrados en la segunda medición me dieron la razón. 

De ahí en adelante siguió mi pelea personal contra mis kilos de más. Nos enemistamos, es cierto, y para castigarlos decidí empezar a caminar, todos los días, las 15 cuadras que separan la oficina de mi apartamento. La ropa, día a día, la sentía más holgada, me tocó comprar un par de correas y sentía que en cualquier momento saldría elevado como una bomba llena de helio. Pero hay un punto en que la dieta deja de ser tan rápida y uno siente que se estanca: entonces se baja un kilo una semana, ninguno en otra, tres a la siguiente y así, fluctuaciones de peso normales (advierte el bueno de Tim Ferriss) pues el cuerpo sigue disminuyendo medidas mientras la pérdida de peso se desacelera. Si en los primeros 14 días había perdido diez kilos, en los siguientes 86 perdí los 11 restantes hasta llegar a 112. 

Es cierto que todavía estoy muy lejos de ser una sílfide, pero al menos voy por buen camino: mis 1,86 metros disimulan bastante bien mi nuevo “peso ligero”, y ya no tendré que seguir comprando ropa en Piponas. Lo malo, eso sí, son algunos efectos secundarios que no me fueron advertidos y que vengo sobrellevando con la mayor dignidad: ahora disfruto de los granos y mi cuerpo se acostumbró tanto a ellos que ya no produce gases después de comerlos, pero en cambio mi estómago se convierte en una especie de Ciudad Juárez gastrointestinal cada vez que empieza a digerir la comida que antes procesaba apacible sin celebrar la misión cumplida quemando pólvora por mi recto. Incluso el color de la mierda que cago ahora es más diáfano que el de antes, casi como el de las compotas extranjeras, lo cual hace que la contemple irse por el remolino del inodoro mientras recuerdo, con nostalgia, las épocas en que me subía la camisa por encima de mi barriga después de un generoso almuerzo para que respirara a través del ombligo. Y es tal vez también por eso que ahora sí me gustan los cuadros de Fernando Botero y los programas animados por Carlos Calero.
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