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Publicado 2007-04-13

Marilyn Patiño, desoperándose las tetas

Por Gustavo Bolívar

Gustavo Bolívar, autor de Sin tetas no hay paraíso, acompañó a la actriz durante las dos cirugías a las que tuvo que someterse para, finalmente, tener de nuevo unas tetas naturales. Crónica de un proceso tortuoso que significa un nuevo comienzo para ella.

Marilyn Patiño, desoperándose las tetas. La concentración de silicona en el centro del pecho empezó a avergonzarla porque siempre quiso que sus tetas parecieran naturales.
Al igual que Catalina, el personaje central de Sin tetas no hay paraíso, Marilyn creció observando cómo a las niñas de su barrio que tenían las tetas grandes les iba mejor que a quienes las tenían pequeñas. Desde luego era una percepción muy subjetiva de ver la realidad que ella misma inducía inconscientemente con sus ganas de ser alguien en la vida.

Soñaba con ser cantante, modelo, presentadora de televisión o actriz y sabía que, para lograrlo, debía dar un vuelco definitivo a su figura desgarbada y nada protuberante. "Tenía el talento, las ganas, una cola digna y una cara bonita, pero me faltaba algo que a las famosas de mi país en ese tiempo les sobraba", dice con un dejo de nostalgia y aclara que se refería a su cuerpo, más exactamente al tamaño de su busto.

Luego de ahorrar varios meses mientras trabajaba, incluso horas extras y domingos, en un almacén de ropa en Cali, pudo completar los dos millones que costaban las prótesis. Para entonces tenía diecisiete años, según sus propias palabras, "la edad en la que la estupidez humana alcanza su máxima expresión. La edad en que las niñas no sabemos lo que queremos y muchas veces deseamos lo que menos nos conviene, porque no tenemos conciencia de nada. Somos esponjas que nos dejamos inflar con los vientos de la moda y la necesidad de llamar la atención y ser importantes".

El tiempo le dio la razón y también se la quitó. Se la dio, porque después de implantarse la silicona en sus senos le llovieron ofertas para modelar, para inscribirse en reinados y hasta para llegar a la televisión, y se la quitó porque, según sus palabras, "empecé a comprender que la naturalidad y el talento es más fuerte que unos implantes de tetas".

Pero ¿por qué se dio ese cambio de mentalidad tan radical? Según ella, por la inquietud que le surgió grabando en Pereira la serie Sin tetas no hay paraíso: "Me llenó de tristeza ver a tantas niñas interesadas en ponerse las tetas pensando que de esa manera iban a asegurar su futuro", dice con algo de tristeza.

Culpa de esa herencia maldita que nos legaron los narcotraficantes, que con su antiejemplo nos invitan a enriquecernos rápido y con el menor esfuerzo. Culpa también de los medios de comunicación que con su bombardeo de imágenes de mujeres y hombres de apariencia divina dejan claro en la percepción de las niñas, con poco criterio y carácter, que para triunfar se debe ser linda y "estar buena", sin importar mucho el talento. Sin entrar a señalar más culpables, es un hecho que la juventud, especialmente la de los barrios populares, se ha sumergido en una loca carrera por encontrar el éxito a través de los manjares que su cuerpo pueda ofrecer.

Para alivio de quienes pensamos que el pasaporte al paraíso no se consigue en un quirófano, la vida de Catalina Santana, la protagonista de Sin tetas, cambió para siempre el modo de pensar de las adolescentes de varios países en torno al tema de la vanidad. El axioma según el cual sin tal cosa no se consigue tal otra, se convirtió de repente en referente de muchas caricaturas y columnas de los principales diarios y revistas del mundo entero y la palabra tetas, como dijo María Isabel Rueda en una columna de Semana, en la más comentada, tal vez del 2006. Tanto como proceso 8.000 a mediados de los 90, zona de despeje a finales de la misma década, seguridad democrática a principios de milenio y parapolítica hoy día.



De la ficción a la realidad

Cuando decidí escribir Sin tetas no hay paraíso, me reuní con varios cirujanos plásticos para que me contaran en qué consistía una mamoplastia de aumento sin imaginar, siquiera, que tiempo después tendría que presenciar una operación similar por cuenta de esta crónica y menos que dicha cirugía no consistía en implantar unas prótesis de silicona en el busto de alguna mujer sino en extraerlas. Una desoperación. La desoperación de Marilyn Patiño.

Me cuenta ella que haber interpretado a Paola, una de las amigas de la protagonista que luego de la desbandada de los traquetos cae en la denigrante profesión de prostituta de cabaret, cambió su modo de pensar. Me dice que se angustió bastante cuando en aquel parquecito del barrio Leningrado II en Pereira donde se grabó la mayor parte de la serie, se le acercaban las muchachitas, a veces impúberes, a hacerle preguntas. Esa misma sensación experimenté yo, cuatro años atrás, cuando en la misma ciudad se me acercó Catalina a preguntarme lo que debía hacer para convertirse en actriz. Yo le respondí lo que a todas: debes estudiar y prepararte. Ella me respondió que no iba a estudiar, porque el estudio no servía para nada, dándome a entender que unas tetas grandes abrían más puertas que un diploma. Preocupante que una niña estuviera pensando así de la educación a sus catorce añitos, pero más preocupante aún que a su edad tuviera organizado su discurso de manera tan coherente: "Es que mi hermana terminó el bachillerato y está lavando platos en un restaurante, mientras que las amigas de mi curso que se han retirado del colegio están ganadas. Algunas ya tienen moto, camioneta y sus casas son las más bonitas".

Independientemente de lo buena o mala que haya sido la novela, lo más importante es que impactó y se generó en torno a ella un debate moral y ético frente al tema de las cirugías con fines estéticos y sobre los terribles resultados que se alcanzan cuando se mezclan la vanidad con la ambición. Una de esas víctimas del debate fue Marilyn.

Me cuenta ella que tom ar esa decisión no fue fácil. Antes de hacerlo se arremolinaron en su cabeza una cantidad increíble de voces que pujaban unas por el sí y justificaban otras a favor del no. "Si te operas se te cerrarán las puertas", decían unas; "si te sacas las prótesis volverás a ser tú misma", decían otras. "Si te las dejas tal vez serás un clon como las demás". "Si te las sacas, el próximo hombre que aterrice en tu vida lo hará por tu mirada y la chispa de tu inteligencia o atraído por el resto de tu natural belleza". La balanza se inclinó a favor de la sensatez y Marilyn decidió un día quitarse las prótesis que se había puesto siete años atrás, cuando Colombia apenas empezaba a convertirse en el paraíso mundial de las cirugías estéticas.

Por eso me fue raro encontrar, en medio de ese torrente de vanidosos enfermizos y a veces ambiciosos que caminaban por los senderos de la estética obsesiva para enriquecerse u obtener fama, a una mujer que caminara en contravía de los caprichos esnobistas de esas multitudes. Alguien dispuesta a quitarse las prótesis que millones anhelaban, con el objetivo único de volverse a encontrar consigo misma y demostrarle al mundo y a las niñas de su generación que Sin tetas sí hay paraíso.

Llegó a esa decisión mortificada por el asedio de los hombres que la pretendían y el interés desmedido de las niñas en busca de un "paraíso". Por eso, con la seguridad de haberse apresurado años atrás, un día resolvió ir con un cirujano a consultar lo relacionado con su desoperación.

Con los argumentos médicos sumados a sus necesidades de libertad y tranquilidad mental, tomó la decisión de devolverles a sus senos su tamaño natural. No era fácil hacer algo así. Se necesitaba demasiada valentía y asumir algunos riesgos estéticos. Estaba dispuesta a asumir el reto de continuar la conquista del mundo sin sus apreciados senos talla 34 B que no fueron los mismos que se hizo poner en plena adolescencia. Y no fueron los mismos porque los que se puso en ese entonces estuvieron a punto de salirse de madre. Según su propia versión, el cirujano le puso unas desproporcionadas prótesis talla 36. La primera reducción de senos le causó una sinmastia (ruptura del músculo pectoral mayor que produce el desprendimiento de la piel del esternón, por lo cual las prótesis se unen generando un fenómeno que se conoce como senos gemelos).

Esta concentración de silicona en el centro de su pecho empezó a avergonzarla porque ella siempre quiso que sus tetas parecieran naturales. Por eso, se las hizo cambiar por las que ahora le iban a extraer, ojalá para siempre y sin que nadie lo supiera.

Así me lo contó un día. Yo le dije que me parecía muy sensato, pero le aconsejé que lo hiciera público. Le sugerí que no fuera a desperdiciar esa magnífica oportunidad de marcar una nueva moda, de implantar una tendencia, operándose de forma anónima sin que muchas niñas conocieran su decisión y el porqué de la misma. Me parecía un desperdicio hacerlo de forma callada como si el paso que estaba dando no fuera tan grande como el del hombre poniendo un pie en la luna. De ese tamaño lo vi yo.

Después de muchos debates, Marilyn decidió hacer pública su hazaña. Para ahorrarnos el cuento, tuvo tanta acogida su iniciativa en la revista, que aquí estamos en sus manos, después de trabajar durante siete meses esta crónica.



La génesis de la transformación

Lo primero que nos recomendaron fue dejar un testimonio gráfico de la hazaña y Marilyn aceptó. Un equipo de fotógrafos, al mando de Pizarro, se trasladó a Cartagena, donde se realizaron las últimas fotografías de la actriz exhibiendo sus senos con silicona.

Cuando me enseñaron las fotos, noté un dejo de tristeza y le pregunté si se debía al pesar que le causaba quitárselas. Me habló de la nostalgia que le producía dejar de ser la vedette iluminada, filmada y fotografiada a menudo, la ex Chica Med, la actriz de Me amarás bajo la lluvia, Juego limpio, la modelo aclamada y la coprotagonista de Sin tetas no hay paraíso, para convertirse en una mujer normal a la que seguramente le iban a retirar todos los contratos de publicidad y sus papeles en la televisión. Porque la decisión de Marilyn no tenía simples implicaciones estéticas. Estaban en juego también su trabajo, su fama, el amor de su novio de aquel entonces y hasta su estado de ánimo posterior. En la valentía y la decisión con las que afrontó esas amenazas radica su hazaña.

Hasta que llegó el momento cero. La hora de la cirugía. A la entrada de la clínica nos reunimos Roberto Africano, el fotógrafo de SoHo; Juanita Ochoa, la productora; Marilyn y yo con el cirujano encargado de cambiarle las prótesis por unas más pequeñas. Un hombre dicharachero y jovial, costeño él, por tanto simpático y menos trascendental de lo que yo imaginaba. El cirujano de marras hizo entrar a la paciente a su consultorio y en medio de chistes le quitó los nervios, la blusa y el sostén. Ella se sintió un tanto intimidada por nuestra presencia, pero le advirtió que era necesario hacerlo.

A simple vista se notaba que el seno izquierdo estaba más aplanado y ovalado que el derecho. El médico lo advirtió sin saber que un rato más tarde encontraría la causa. Luego procedió a dibujar, con un marcador de tinta negra, un círculo alrededor de la areola que circunda el pezón de la paciente y otro círculo cuatro centímetros arriba del círculo que rodeaba la areola. Ninguno, ni él mismo, supo que estaba cortando demasiada piel. Tampoco teníamos por qué saberlo.

La muerte parcial

Allí adentro nada era distinto. Después de la anestesia lo primero que hizo Blanchar fue introducir un tubo orotraqueal para mantener la posición de la cabeza de la paciente erguida durante la operación (el rebuscado término no me pertenece). Luego, y mientras pedía a una de sus asistentes que pusiera "musiquita", tomó el marcador de tinta y empezó a repintar un círculo por todo el borde de la areola del pezón con un molde que parecía una tapa de un frasco. Entre tanto, la operadora del respirador artificial, un aparato muy sofisticado lleno de gráficas y alarmas, reportó que la frecuencia cardiaca oscilaba entre 77 y 44 pulsaciones para un promedio de 58 palpitaciones por minuto, y la saturación de oxígeno marcaba un C02 de 22 (ni idea qué significaba la cifra). Empezó entonces a brotar, de una grabadora mediana, la música guapachosa del Joe Arroyo que había solicitado el doctor Blanchar .

—Lástima que no haya vallenatico —murmuró el cirujano, sin dejar de pintar la areola del pezón. Nadie respondió nada.

Luego pintó otro círculo cuatro centímetros por fuera del pezón y pidió un par de jeringas que, según Celmira, la instrumentadora, contenían xilocaína y adrenalina y cuya misión era la de impedir el sangrado de la paciente. Mi primera gran impresión corrió por cuenta de la manera como el cirujano empezó a jalar los pezones. Sin exagerar, parecía un gallinazo jalando un trozo de carne inerte. Luego los empezó a pinchar y descargar el líquido de las jeringas por distintas partes con sendos punzones que parecían estar lanzados con sevicia y frecuencia innecesarias.

—Es para que no sangre —nos dijo para disculparse por la brusquedad con la que debía actuar y estaba en lo cierto porque indagué, posteriormente, con varios cirujanos y la mayoría coincidió en que ese era el procedimiento común.

La desoperación empieza

Nuestras expectativas se cumplieron. Blanchar empezó a describir con su cuchilla el círculo con tinta marcado y en ese momento sentí que el mundo me zarandeaba de una forma cruel, con el solo objetivo de recordarme que aún no lo había visto todo. Y así era. Observé con detenimiento toda la trayectoria circular del bisturí. Por la piel abierta emanaba sangre revuelta con adrenalina.

Terminó de cortar casi la totalidad de la areola y sobrevino lo peor. La levantó de un costado con sus guantes blancos ensangrentados. El pezón quedó pendido de la pequeña franja de piel que no cortó y nos invitó a asomarnos hacia las entrañas del pecho de Marilyn porque, según él, había descubierto algo delicado. Nos mostró que la prótesis izquierda, había sido colocada detrás del músculo pectoral mientras que la derecha estaba delante de este músculo. Pero ahí no terminaban las anomalías. Lo peor de todo es que la primera prótesis de silicona estaba colocada al revés. Es decir, la parte plana hacia fuera y la convexa hacia adentro (la prótesis de silicona tiene la forma de un domo, es decir, una base plana y media circunferencia arriba). Eso fue lo que Blanchar nos hizo ver y saber, presagiando tal vez que las cosas no iban a salir muy bien.

Finalizados los cortes sobre las areolas, sobrevino la extracción de las bolsas de silicona. Esta acción se comete de manera brusca, jalando las bolsas con fuerza idéntica a la que aplica un odontólogo extrayendo una cordal. No hay otra manera. Es tan impresionante la escena que uno imagina que si la anestesia no existiera las mujeres podrían morir de dolor. Antes de que las mandaran a la basura, yo pedí las bolsas y el mismo doctor las limpió y me las entregó. Aún las conservo y miles de niñas de muchos colegios a lo largo y ancho del país las han tenido en sus manos. Han servido para reflexionar sobre la conveniencia de adoptar dentro de sus cuerpos esos agentes extraños y pesados que pueden llegar a costar lo mismo que dos o tres semestres de universidad.

Una vez extraídas las prótesis, Blanchar procedió a realizar los otros dos cortes (los ubicados a cuatro centímetros de las areolas) con el fin de sacar la piel sobrante y decidió, de acuerdo con algo que él y Marilyn conversaron, introducir dos prótesis pequeñitas.

Un nuevo anochecer

Luego de la cirugía, Marilyn fue trasladada a su casa donde su madre la estaba esperando. Me dijo sentirse muy contenta al tiempo que apoyaba la decisión de su hija. Nadie sospechó que algo andaba mal. Los dolores que empezó a padecer la paciente se incrementaban día a día sin que la droga surtiera algún efecto analgésico. "Sentía como si me estuviera descosiendo por dentro", me dijo. Lo cierto es que Blanchar cortó más piel que la debida y la sutura quedó demasiado forzada y estaba a punto de colapsar, o de descoserse, como me dijo doña Ruth Zapata, la madre de Marilyn.

Transcurrían las primeras dos semanas de noviembre de 2006. Cartagena estaba eligiendo a la nueva soberana de la belleza y Marilyn se sintió extraña y con nostalgia de no estar en esa ciudad alimentando su popularidad. De hecho fue lo primero que manifestó al despertar. Pero la felicidad de sentirse bien operada le servía de consuelo.



Del sueño a la pesadilla

Al día siguiente, cuando ya los efectos de la anestesia habían cesado del todo, Marilyn se sintió muy adolorida, mucho más que las dos veces anteriores. "Sentí ganas de llorar, porque tu espíritu te avisa que algo anda mal", me dijo. Pero Blanchar la tranquilizó y le aseguró que todo estaba bien.

Pasaron tres semanas y él no la autorizó para que se expusiera al flash de Pizarro. Me dice ella que siempre la mantenía vendada con la expresa prohibición de mirarse los senos. El largo tiempo de postoperatorio empezó a preocuparla e, incluso, la revista se vio en la obligación de aplazar la sesión fotográfica para enero.

Pero Marilyn quería pasar la Navidad y el Año Nuevo estrenando su nueva condición física y el 22 de diciembre se fue a buscar al cirujano, que le retiró los puntos. Me cuenta que él se limitó a poner, alrededor de la cicatriz, que desde la operación no pudo ver, una cinta adhesiva de nombre fixomull. Un poco consternada y frustrada, la actriz que para entonces ya se encontraba grabando la novela El Zorro se fue a su casa a masticar su frustración. Ella no entendía por qué su recuperación completaba ya cinco semanas cuando lo contemplado eran tres.

Un día antes de la Navidad se metió a la ducha y notó que el agua estaba saliendo de un color rojo. El origen, muy rápido lo pudo notar, era el copioso sangrado que emanaba de su seno izquierdo. Aterrada con la idea de morir desangrada empezó a gritar y decidió mirarse, por primera vez desde su tercera cirugía la cicatriz dejada por el cirujano. Pero sobrevino lo peor. Cuando intentó quitar la cinta que hacía las veces de esparadrapo notó que esta se desprendía con piel y todo y que la cicatriz que Blanchar jamás le permitió ver parecía un balón de trapo a punto de descoserse. Aún con el agua descolgándose por su cuerpo desnudo corrió hasta el teléfono y tiritando de frío se comunicó con Blanchar. Ella no recuerda muy bien lo que le dijo porque se encontraba en shock pero, palabras más palabras menos, le gritó que él le había dañado la vida. Fue una discusión fuerte durante la cual el cirujano se defendió de la histeria de Marilyn con argumentos, según ella, muy cínicos y sospechosos.

De modo que esa Navidad y ese Año Nuevo fueron los peores en la vida de la actriz. Vendada, llorando sin cesar y recibiendo la solidaridad, a veces dañina para el alma de su mamá y su familia. En medio del drama y tal vez muy asustado por la posibilidad de que el caso se hiciese público, Blanchar le pidió que fuera a visitarlo, pero ella se rehusó. No quiso volver a verlo y prefirió pedir ayuda profesional en otro lugar. Pero no con otro cirujano. Lo tuvo que hacer con un psicólogo. Después de convencerla de las múltiples posibilidades de recuperar la piel de su seno echado a perder, el psicólogo la convenció de visitar a un especialista en reconstrucción en la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica.

La recomendación unánime de varios miembros de esa sociedad a la que, según pudimos establecer, no pertenece Fabián Blanchar, fueron la doctora Luisa Plata y su esposo, Alejandro Duque. Marilyn encontró en ellos la esperanza de recuperación que su estima pedía a gritos.

Para que no quedaran dudas de lo que estaba apreciando, la doctora Plata elaboró registro fotográfico del proceso."Ella llegó muy pesimista y afectada. Estaba nerviosa y convencida de que su seno izquierdo jamás volvería a su estado natural. Pero quería saber primero lo que había sucedido y se lo explicamos de esta manera: el doctor Blanchar no tomó una buena decisión, no hizo un adecuado planeamiento quirúrgico y no se utilizó la mejor técnica. Le quitó más piel de la que le tenía que haber quitado. Es obvio que la cicatriz no quiere cerrar porque está sometida a una alta tensión. Además, no le juntó músculo del centro y la sinmastia se acrecentó". Ese fue el diagnóstico de la doctora Plata.

Pero Marilyn sabía que no podía quedarse llorando sobre la leche derramada y ya con los bríos que le devolvió el psicólogo nos hizo saber que renacería de sus cenizas con una cuarta cirugía de tetas. Y hay quienes piensan que exageré la trama de Sin tetas…

Y así fue. La doctora Plata y su esposo prepararon a la paciente, y fijaron la fecha para la intervención. Ese día llegó como una paciente nueva, convencida de lo que estábamos haciendo y llena de fe en su recuperación. "La participación del psicólogo fue definitiva", afirma la actriz, y la doctora Plata complementa: "Había que llenarla de confianza porque su autoestima estaba muy mermada". Después del trabajo psicológico vino el trabajo de reconstrucción. A Marilyn se le extrajeron las prótesis pequeñas, se le corrigieron las cicatrices, se le cosió el músculo pectoral mayor para corregir la sinmastia, se les recuperó la forma a las areolas y el ave fénix hizo su aparición en público el domingo 1° de abril, fecha en la que se realizaron las fotografías de Marilyn sin siliconas. Su rostro, ustedes lo pueden ver, refleja la alegría del renacer. El trabajo de los doctores Duque y Plata fue tan sensacional que muy pocas personas a simple vista podrían adivinar que los senos de Marilyn fueron operados alguna vez.

La última batalla está por empezar y consiste en saber si será aceptada con su nueva fisonomía por los jefes de casting, libretistas y directores de cine y televisión de Colombia y, por qué no, de todo el mundo. Por lo pronto, dice sentirse muy feliz de haber abandonado el molde que la convirtió en un clon. Sigue grabando El Zorro, pero hay algo que la alienta a pensar en un cambio de mentalidad: el cineasta colombiano Gustavo Nieto Roa la acaba de elegir, entre más de 30 actrices, para protagonizar su próxima película. "Es el premio de Dios por atreverme a ser yo misma", dice ella. "Necesitaba una mujer bonita, que actuara bien, pero que no tuviera las tetas tan grandes", dice él y Marilyn lo corrobora: "Estaba estigmatizada y mi fisonomía no me permitía aspirar más allá de un papel de loba o de buenona, ahora doy el casting para protagonizar, porque las protagonistas suelen ser niñas con cara dulce y cuerpo natural, algo que ahora tengo y luzco con orgullo".

El drama ha terminado y una nueva vida profesional y sentimental despunta en el horizonte para la mujer que se atrevió a desafiar las leyes de la lógica del espectáculo.

Lo cierto es que todo este drama que la mantuvo en vilo y por jornadas largas en depresión profunda, y el posterior resurgir de Marilyn Patiño, podría desembocar en una nueva moda, un hecho que debería convertirse en el nuevo paradigma de las mujeres sensatas de este país: el de que Sin tetas sí hay paraíso.
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