Es casi de noche y corren años colegiales. Diez, veinte, treinta cervezas, después, tres cuerpos yacen sobre la carrilera del tren. Somos tres cuerpos intoxicados, dormidos junto a una malograda hoguera con cara de cartucho y latas de salchichas Viena. Un niño nos patea y nos obliga a levantar. Tras él, aparecen otros seis. Nos intimidan aunque sean menores. A mí me clavan un chuzo en el brazo y a los tres nos desvisten. Tiran nuestra ropa al otro lado de un muro, porque, según ellos, está en muy mal estado. Se ríen. Corren. Nosotros también corremos. Somos tres cuerpos atracados en medio de tapas de cerveza.  Cruzamos descalzos la 104 con novena en medio del tránsito y la lluvia de las seis de la tarde. En vez de ayudarnos, la gente nos insulta y nos grita. No sé por qué, si los tres estamos empelotos, siento que solo me miran a mí. Pasan carros por el separador y, en medio del frío, el miedo y la vergüenza, oigo un alarido ensordecedor. Me gritan: ¡maricooooón! Aún mareado y sin entender muy bien por qué estoy semiempeloto y por qué tengo sangre en mi antebrazo, miro abajo y confirmo que esta mañana, no cualquier otra, tomé la decisión equivocada: probar mi última adquisición: un imponente calzoncillo atrapapedos rosado, bien ceñido al cuerpo, que moldeaba sin vergüenza mi piel lechosa y gorda.

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