Recuerdo con algo de nostalgia el día en que mi padre, hombre tímido y de pocas palabras, me dio la primera lección sobre la vida: "Mijo -me dijo-, en la vida las malas amistades le van a ofrecer muchas cosas, pero eso mejor haga como su papá, que nunca ha aceptado ni un cacho de marihuana ni trata con marihuaneros". Cabe anotar que me lo dijo en medio de una de sus acostumbradas borracheras de aguardiente, mientras escuchaba melancólico El camino de la vida, ustedes saben: "De prisa como el viento van pasando".

Lo que mi cariñoso y buen bebedor padre (que ahora no toma sino whisky, porque el aguardiente le hace daño) no sabía es que, para esa época, a su primogénito las malas amistades ya le habían ofrecido muchas cosas más malas y peores que la marihuana, incluido el aguardiente. Y que su descarriado hijo las había probado todas, pero que para tranquilidad suya y la de la familia había decidido no ser un marihuanero.

La razón es muy simple, pero no tiene que ver ni con las lecciones de mi padre, ni con la curiosa moral de esta patria que pide a gritos y canciones "que le den un aguardiente, de las cañas de sus valles y el anís de sus montañas", pero que en cambio le hace el feo (se la fuma, pero le hace el feo) a la cannabis, y hasta el día de hoy -creo- no le ha compuesto ninguna canción a la Santa Marta golden de la Sierra, o a la punto rojo del Quindío (sobra anotar que no hay ninguna canción dedicada al porro como "pero tócame un porro para gozar", ni mucho menos un Festival del Porro).

 Y digo que me parece una moral bastante particular, porque en este país de borrachos hasta el día de hoy no he visto el primer apuñalado, abaleado o atropellado por un hippie, pero en cambio, Virgen Santísima, cuántos guayabos negros va a pasar la gente a la cárcel, al hospital o al cementerio. No, la razón por la que decidí no insistir en los terrenos de la cannabis es muy simple, es por culpa de la perseguidora. Fumarse un porro produce diferentes efectos, a algunos los ataca la monchis, a otros la risueña, a otros el enchonche, pero a algunos bichos raros como a mí les da la perseguidora: un horrible ataque de ansiedad y paranoia en el que la sola mención del término 'policía' lo convierte a uno en el protagonista del Expreso de medianoche, un tenebroso estado en el que si suena el teléfono, la reacción es: eso debe ser mi mamá, no joda, ¿qué le digo?, ¿se dará cuenta?, ¿se me nota en la voz?, no, qué mamera, mejor no contesto. Si llega a sonar el timbre, se puede fácilmente terminar escondido debajo de la cama. Por eso, mientras la mayoría de los marihuaneros hacen de cualquier ocasión un pretexto para trabarse, yo no puedo trabarme para ir a cine porque no me concentro, ni para tirar porque no se me para, ni para trabajar porque me disperso, ni para leer, para hacer ejercicio, para nada. Mejor dicho, Natalia París y yo somos los únicos a los que la marihuana les da hasta celulitis. Teniendo en cuenta estos antecedentes, pues que yo aceptara por voluntad propia meterme a la boca un kenke y que me lo fumara en un espacio público era algo que solo podría pasar en sueños o en la mismísima casa de Bob Marley.

Recuerdo la primera vez que fui a Jamaica. Me invitaron a uno de estos paraísos artificiales que rodean la miseria de la isla, pero que nunca se mezclan con ella. Se llamaba Hedonism (para los que se durmieron en clase de Filosofía, hedonismo: el placer por el placer). Era un "todo incluido" solo para solteros mayores de 21 años, pues a mí me ilusionaba mucho conocer la tierra de Bob Marley y aprender sobre la cultura rastafari y su espiritualidad, pero aquí no iba a ser, los únicos rastas que vimos eran los del grupo que tocaba todos los días en la playa y que parecían una suerte de recreacionistas jamaiquinos. Y recreacionista es recreacionista en Piscilago o en Montego Bay.

Toda la marihuana que vi me la ofrecieron en los corredores del hotel, al mejor estilo de una esquina de Medellín o Bogotá: ¿qué quiere mono?, chicas, bareta, perico, pepas... solo que en inglés y cambiando el "mono" por un "yea, man", así que muy lejos de una experiencia espiritual terminé teniendo mi primer ménage à trois con un par de turistas canadienses que parecían sacadas de una película porno y casi en un coma etílico digno de un estudiante gringo en su último día de spring break. Y no es que no me haya divertido con mis nuevas amigas, pero juré que nunca regresaría a Jamaica, tal vez por el guayabo tan horrible que me dio. No obstante, por cosas de mi trabajo, un par de años más tarde estaba desembarcando en Ocho Ríos a bordo de un crucero.

Ocho Ríos es muy parecido a Montego Bay, la ciudad en la que había estado dos años atrás, un hervidero de turistas, en especial americanos y europeos, que llegan en tropel atraídos por las playas, el mar, el clima y todos los hoteles y cruceros de plan todo incluido donde pueden comer como cerdos y beber como romanos. Entonces, cuando creí que mi segunda visita a Jamaica pasaría a los anales de lo fácilmente olvidable, un hombre más bien tímido me ofreció un plan diferente, un tour en el Zion Lion Express, un viejo bus que parecía más bien una chiva boyacense engallada de manera tropical.

Se me vinieron a la cabeza imágenes escalofriantes de borrachos colgados como petates que tratan de bailar un guabaloso crossover en un vehículo como estos que en Bogotá llaman la chiva rumbera. Casi salgo corriendo, hasta que el buen hombre tuvo a bien explicarme que se trataba de un tour hacia la casa de Bob Marley. Pero cuando advirtió que el viaje era de ocho horas, la mayoría de los interesados desertó, solo quedamos una pareja de holandeses, un parche de gringos de Nueva York, unos abuelos alemanes, Luisa, mi compañera de viaje, y yo.

Dejamos Ocho Ríos atrás y nos adentramos en las montañas. El paisaje cambió de inmediato, la
opulencia de la ciudad turística se transformó en la pobreza de la Jamaica campesina, aparecieron pequeños ranchos repartidos en las orillas de una deteriorada carretera, y niños, muchos niños. Al cabo de cuatro horas llegamos a un pequeño pueblo perdido en las montañas. A nuestro arribo, decenas de hombres se lanzaron hacia el Zion Lion Express, agitando las manos contra nuestras ventanas. Por momentos parecía una parada de esas que hace uno en Planeta Rica cuando se va por tierra a la costa colombiana, solo que las manos no ofrecían ni arepas de huevo ni Coca-Cola recalentada, allí lo que ofrecían era marihuana.

El bus no se detuvo y, casi atropellando a los osados vendedores, siguió de largo y se metió en un garaje que lo esperaba con puertas abiertas y que se cerró herméticamente cuando pasamos, pero a pesar del repentino despliegue de seguridad, los dealers de la calle escalaron las paredes y desde sus improvisadas almenas disparaban toda clase de ofertas, vendían el moño tradicional, el bareto regular, el king size y el que parece hecho con una sábana de papel. Los holandeses se apresuraron a sacar diez dólares y a comprar uno. Entonces, un hombre de andar tranquilo y voz profunda se nos acercó, los holandeses apagaron el bareto, el hombre se rió, se paró frente a nosotros y se presentó: "Good mornig, my name is Megastar, I'm your guide, welcome to the Bob Marley Foundation". Sí, estábamos en una fundación, un museo (creo que también es una ONG), la casa donde nació, donde está enterrado y donde pasó su infancia el incomparable Bob Marley.

Nuestro guía, después del saludo inicial, sacó del bolsillo de su uniforme un bareto de proporciones respetables, lo prendió como quien no quiere la cosa, lo aspiró suave y profundamente, retuvo el humo por unos segundos que parecían eternos, nos miró uno a uno, desocupó sus pulmones y soltó una sonora carcajada. "Bienvenidos a Nine Mile -nos dijo-, el único lugar en Jamaica donde es legal fumar, sembrar y vender ganya, nuestra hierba sagrada". Entonces, como diría un burro consumado, pues ruédelo, papá. Me ofreció el cigarrillo, quedé tieso, estaba a punto de balbucear un no, thanks cuando me percaté de los ojos de los demás. Todos me miraban como diciendo ¿qué esperas, imbécil?, ¿a qué vinimos? Hasta los abuelos alemanes esperaban el bareto con impaciencia. Sonreí tontamente, tomé el cigarro y le pegué una pitada, sostuve el humo y lo pasé, bueno ¡cumplí!, pensé para mis adentros, pero antes de lo que me esperaba, el cigarrillo volvió a mí, ¡ay dios!, vamos de nuevo, dos plones, tres plones.

Cuando me di cuenta me había fumado la mayor cantidad de marihuana que hubiera fumado en mi vida. Esperaba con terror la temida perseguidora, pero por alguna razón nunca llegó, no sé qué habrá pasado, tal vez sería la ausencia de uniformados, el hecho de no conocer a nadie o tal vez el espíritu de Bob, pero inexplicablemente estaba feliz, recorrí toda la casa de los Marley, me senté en la cama del Bob niño, vi sus zapatos de jugar fútbol y la piedra donde se sentaba a fumar ganya y a escribir canciones, aprendí sobre la cultura rastafari y su mesías Hailé Selassié I, emperador de Etiopía de 1932 a 1974, descendiente de la reina de Saba y el rey Salomón y que los rastafaris consideraban el hijo de Dios, aprendí que para ellos la ganya es un elemento tan sagrado en su religión como puede ser para los católicos el vino de consagrar, con la aclaración de que los rastas no beben alcohol y no comen carne. Paradójicamente, los rastafaris tienen más puntos en común con la Iglesia Católica de los que uno podría esperar, aborrecen la homosexualidad y la planificación familiar y basan sus creencias en la Biblia, especialmente en el Nuevo Testamento, Ezequiel, Timoteo y el Apocalipsis, quién lo creyera.

También me enteré por mi guía de que a Bob trataron de matarlo en 1972, y que estaba en la lista negra de personajes que la CIA consideraba un peligro para la estabilidad en Latinoámerica, y ustedes ya saben lo que para la CIA significa estabilidad, pero lo que no pudo la CIA, lo pudo el cáncer: este revolucionario de la paz murió el 11 de mayo de 1981, después de haber llevado la música de los parias de Jamaica a las fiestas de los niños bien de Londres que ahora olían a reggae y a marihuana. Murió dejando un mensaje de revolución, de amor y de libertad, un mensaje que ahora, poniendo las manos en su tumba, se hacía más claro para mí, y me llenaba de emoción, una emoción tal que les di un beso a los abuelos alemanes, abracé a Luisa y me reí a carcajadas con los neoyorquinos y los burros holandeses.

No lo podía creer, estaba trabado, en público y me sentía bien. Al final del tour, volví al bus y emprendimos el regreso, antes de arrancar y con la tripulación absolutamente torcida, el conductor dijo algo así como Jamaican technology, bajó del techo una pantalla de plasma de unas 40 pulgadas, nos regresamos a Ocho Ríos viendo un documental sobre la vida de Marley, y en alguna parte, sin vergüenza ni rubor, me paré y canté a grito herido get up, stand up, stand up for your rigth. Estaba conmovido, feliz, y lloré un ratico, volví al crucero preguntándome si algún día la gente llegará a entender en realidad el significado de la música de este revolucionario media sangre, hijo de un soldado inglés de 50 años y una adolescente negra de 18, música que nació de la opresión y la miseria de su pueblo o si seguirá siendo para muchos una música para rumbear y fumar ganya. Que confunden con la que hacen personajes como Shaggy o Sean Paul, que solo cantan babosadas sobre mover el culo y nada más.

Hoy he vuelto al hogar y, para consuelo de mi padre, cuando volví a intentar trabarme, regresó la terrible perseguidora, así que por ahora podrá sostener con certeza y orgullo que su hijo será tomatrago, pero nunca marihuanero. Menos mal no me dio por ser gay, porque ahí sí se muere don Jaime. En el futuro tal vez le dé otra oportunidad a la ganyita, pero seguramente será en la soledad de mi hogar con el teléfono desconectado y una buena película. Pero si hay algo que puedo decir con orgullo y que pocos marihuaneros pueden, es que me fumé un bareto en la casa de Bob Marley.

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