Ocurrió una noche de sábado de 1992. En esa época me estrenaba como periodista en el noticiero TVHoy. Ese día uno de nuestros compañeros se casaba y, por supuesto, nos había invitado a la celebración que era en un salón comunal. El asunto era con acompañante a bordo, y aproveché para invitar a una gran amiga. La ocasión era perfecta. Apenas la recogí comenzó la búsqueda de la dirección, de esas indescifrables e imposibles de encontrar en Bogotá. Algo así como "Diagonal 44 d bis número 89-74 manzana 4, bloque 5 interior 16, salón comunal". Después de 45 minutos de dar vueltas, preguntar y adivinar, llegué a la dirección. O al menos eso creí. Las palabras claves para el portero: "¿Hay un matrimonio?". "Claro, siga", me dijo.

Respiré tranquilo y entré. Invitados, flores, niños corriendo, las eternas tías, el infaltable ponqué con las figuritas de los novios, las mesas con mantel blanco, arreglos florales y sillas adornadas. No vi a nadie conocido, pero no importaba, avancé. La gente me miraba y a mi acompañante y debían creer que éramos conocidos de alguno de los novios. Dejamos el regalo en una mesa a la entrada. Alcanzamos a comer pasabocas y también 'clasifiqué' a un par de whiskies antes de la llegada de los novios. Hasta que por fin entró al lugar la pareja… solo que por ningún lado vi a mi compañero de trabajo.

Después de una hora larga de 'gorriar', me di cuenta de que estaba en el matrimonio que no era. Los sentimientos fueron cruzados. Vergüenza, risa, desconcierto y piedra. Mi cara me delató y dije: "Me metí al matrimonio que no era". Mi acompañante no entendía bien, pero cuando los vecinos de mesa nos empezaron a mirar raro, entendió el oso monumental, peludo e incómodo que estábamos haciendo. ¿Quién carajos nos iba a creer que era por error y no por 'colados'? Si la entrada había sido rápida, la salida fue eterna. Antes del vals y de las fotos, los padres de la novia, amigos y demás invitados, esperaban nuestra salida para continuar. Como mosco en leche. Así me sentí. Atravesamos todo el salón. Yo trataba de matizar el asunto con una sonrisa hipócrita y forzada. Pero el daño estaba hecho. Después del tortuoso camino de salida, a buscar el regalo. Ya estaba debajo de los demás. Casi no aparece. Al final solo un "qué pena" en voz baja al invitado que se ofreció a 'acompañarnos' hasta la puerta.

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