Hace muchísimos años, a punto de acabar mi bachillerato en Bogotá, andaba haciendo unas vueltas por la Caracas con 72 cuando ocurrió lo que uno espera que nunca pase: unas ganas inimaginables de entrar al baño. Fue de repente y no tenía mucho tiempo para buscar un lugar adecuado para solucionar este inconveniente estomacal que me puso a sudar. Pensé en subirme en un taxi, pero estaba seguro de que no alcanzaba a llegar hasta mi casa ni a ninguna otra parte. Miré a mi alrededor, no sabía qué hacer, estaba realmente angustiado porque los retorcijones eran cada vez más fuertes, y lo único que vi fue un asadero con pinta de "corrientazo".

No lo pensé dos veces, entré al lugar y le pedí al administrador que me prestara el baño. Se negó porque yo no estaba consumiendo nada, y le expliqué que al rato pediría cualquier cosa. No se convenció, pero yo no tenía tiempo para explicaciones, así que me fui corriendo y me metí al baño. Cerré la puerta y…!uff!, mi estómago descansó del tormento sin importar el asqueroso aspecto del habitáculo. Pero no alcancé a terminar cuando sentí al administrador golpeando la puerta, bastante enfurecido. gritándome "salga, salga que usted no es cliente". Y eso quería, solo que no encontré cómo limpiarme y no tuve más remedio que quitarme una franela que tenía debajo de la camisa, y hacer mi mejor esfuerzo por convertirla en papel higiénico. El administrador seguía presionando y su rabia aumentó cuando salí y vio que, además, el agua del inodoro no bajaba porque la franela estaba allí flotando. Yo traté de calmarlo, de explicarle, pero estaba tan alterado que solo se me ocurrió salir corriendo del lugar. Así lo hice.

Llegué a la esquina y me monté en la primera buseta que vi. Cuando creí que estaba a salvo, pues ya estábamos andando, vi que el administrador del asadero venía corriendo detrás, con tan mala suerte que alcanzó a la buseta, se subió y siguió regañándome, ante la mirada de todos los pasajeros, "!la próxima vez vaya a cagar en la casa de su madre, gran pendejo!". Siguió fastidiando y se bajó furioso. Yo opté por hacerme el que no entendía nada y me porté como si me estuvieran confundiendo con alguien más. Obviamente, el oso estaba hecho, porque era evidente mi cara de culpable. Unas cuadras adelante, me bajé, respiré hondo, y por poco casi me cago otra vez… pero de la risa.

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