Yo, si acaso, había escuchado eso de la bilirrubina en el merengue de Juan Luis Guerra y nada más. Incluso, lo he bailado muchas veces en las fiestas. Eso, hasta la terrible granizada del sábado 3 de noviembre en Bogotá. El granizo me tumbó el techo de un puesto de venta de artículos para el hogar que tengo en Sanandresito de San José, y a mí me tocó meterme a rescatar lo poco que quedaba entre el agua sucia.

Unos días después, empecé a sentirme mal, con fiebre, vómito y diarrea. Y lo peor, me puse de un color amarillo verdoso. Hasta los ojos se me pusieron de ese color. De inmediato fui a dar al hospital.

El color amarillo, me explicaron los doctores, es uno de los síntomas producidos por el aumento de la bilirrubina, pigmento producido por el hígado, que ocurre cuando por alguna enfermedad se degrada la hemoglobina, es decir, la proteína que transporta el oxígeno en la sangre. Una subida de bilirrubina puede ser síntoma de enfermedades como una infección, anemia, cálculos en la vesícula, cáncer o sida. Por fortuna, lo mío fue por una hepatitis A, que no por ser la más sencilla de las hepatitis deja de ser seria.

Y, definitivamente, como dice la canción, esta vaina "no la quita la aspirina": lo primero que hay que hacer en estos casos es detener la infección y luego atacar cada uno de los síntomas por aparte, es decir, parar la fiebre, el vómito, etcétera.

Cuando salga de la clínica tendré que quedarme en mi casa, en reposo por un par de semanas más, al cuidado de mi esposa. Ya estoy mejor, pero por cuenta de la subida de la bilirrubina, hasta el sol de hoy ostento este color amarillento que a cualquiera asusta.

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