Salí superarreglada para empezar bien mi nuevo trabajo, pero tan pronto llegué me sentí enferma y me devolví. Ahí empezó el calvario: se abre el ascensor y un grupo de investigadores del banco, todos con prestigiosos doctorados, me preguntan: "¿Ya te vas?". "Estoy malísima", contesto, se cierran las puertas y me dan unas ganas terribles de vomitar. Trato de disimular para evitar preguntas. Me siguen hablando. No pongo cuidado. Solo pienso en no vomitarme. El ascensor para y para, y yo cambio de colores en cada piso. Once: estoy verde. Diez: amarilla. Nueve: morada. Se sigue subiendo gente. Salen ya a almorzar. no quiero dañarles el almuerzo. Piso ocho, se sube una pareja. "Ay, esperen que ya viene una amiga", oigo decir. Sufro. Piso seis, se sube más gente. Estoy que exploto. Piso quinto, todo se me está viniendo ya. Piso cuarto, cierro la boca y aprieto los dientes. Piso tercero, ya nadie me habla. Estoy arrinconada, sin posibilidades de escapar. Se suben más extraños. Por fortuna no saludan. Piso dos, desde mi esquina y mis 1,55 cm de estatura, solo veo el paño de los vestidos y el brillo dorado de los tubos del ascensor. Se abren las puertas y ¡termina una eternidad de doce pisos! Pero ahora los hombres dejan pasar a las mujeres y se arma un tapón sin salida. Yo sigo ahí, verde, a punto de pasar a la historia negra del banco. No aguanto más. Veo una luz al final, un pequeño espacio, me tapo la boca con las dos manos, me boto con todas mis fuerzas para salir, sin importarme si empujo hasta al ministro de Hacienda. Corro, siento entre los dedos y los labios que ya no hay nada que pueda hacer. Llego a una esquina y frente a la pared de mármol del banco, donde supongo que ya nadie me ve, termino de vomitar en paz. Pero no: preocupados, han salido todos detrás de mí y están ahí viéndome vomitar en plena calle.

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