Con la inevitable interferencia del factor abuelos); cuando, casi enseguida, nos vemos enfrentados a algo todavía mucho peor: ¿Batman o Superman? La respuesta a este dilema no tiene la sutil elegancia de preguntas que llegarán más adelante, cuyas opciones pueden cambiar según el ánimo o la oportunidad (¿on the rocks o sin hielo? ¿Cuál es tu Beatles favorito? ¿Rubias o morenas?); todo lo contrario: exige una elección firme y que se mantendrá inamovible hasta el último de nuestros días. Y esa elección -si somos personas de bien, si nos consideramos animales inteligentes- solo puede ser una: Batman.

DOS. Para empezar, Superman -creado en 1938 por la dupla del guionista Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster- no es uno de los nuestros, no es uno de nosotros. Superman es un inmigrante ilegal: un extraterrestre enviado en cohetín a la Tierra por su progenitor, Jor-El, en vísperas de la destrucción del planeta Kripton. El que Jor-El lo haya enviado a un lugar tan problemático y constantemente cataclísmico como este, pudiendo haberlo despachado a galaxias más felices e inteligentes, dice a las claras que era un pésimo padre o alguien con un sentido del humor un tanto perverso.

TRES. Los múltiples superpoderes de Superman -héroe que es la versión con esteroides de una de esas navajas suizas con miles de funciones que, a la hora de la verdad, no sirven para gran cosa- no son otra cosa que la resultante de las condiciones atmosféricas de nuestro mundo en combinación con su biología allien. Es decir: lo suyo no tiene mérito alguno. Y el que solo sea vulnerable a las múltiples variedades de kriptonita (restos rocosos de su lugar de origen, que llegaron a nuestros mares y montañas y ciudades en forma de meteoritos de diverso tamaño) no hace más que poner en evidencia que Superman no es alguien tan sano y equilibrado como nos quieren hacer creer, si un pedazo de patria lo pone tan, pero tan mal. Es más: Freud se hubiera hecho una fiesta con este muchacho.

CUATRO. Batman, en cambio, es ciento por ciento humano y es un verdadero self-made man que suplanta los superpoderes reflejos y automáticos por gadgets y pura astucia humana y, claro, dinero heredado a muy temprana edad. Creado en 1939 para competir con Superman por el dibujante Bob Kane y el guionista Bill Finger, Batman -el lado oscuro del magnate Bruce Wayne- se reconoce desde el principio como un perfecto y feliz psicópata. Lo suyo -una sed de venganza del tipo montecristiana- está justificado por haber sido testigo del asesinato de sus padres durante su infancia, y nunca me quedó claro qué hacía una pareja de adinerados con un niño paseando por una calle oscura, cerca de la medianoche y, si mal no recuerdo, a la salida de un cine. Traumático, sí, pero mejor eso que -el caso de Superman- acabar siendo adoptado por un par de granjeros, los Kent, tan buenos que parecen escapados de un manicomio. Y, para los verdaderamente masoquistas, ahí está esa pésima serie de televisión con acné titulada Smallville, donde lo único interesante es el personaje del juvenil Lex Luthor, millonario adolescente quien, seguramente, estudió en el mismo colegio primario que Bruce Wayne. Una escuela en la que solo pueden apuntarse potentados con serios problemas de personalidad. O de alopecia.

CINCO. Y está el definitivo y definidor asunto de los trajes, de los uniformes. Seamos sinceros, el traje de Superman no es más que un pijama patriotero; mientras que el de Batman -concebido por Wayne una noche en que un murciélago se coló por una de las ventanas de su mansión- es formidable y hace todavía más interesante a su portador. Porque hay que estar muy loco para -viviendo hundido hasta las cejas en millones de dólares- tener el perturbador hobby de ponerse semejante indumentaria para salir a perseguir gángsters y no supervillanos (de esta faceta más dark y noir, parece, se ocupa la inminente Batman begins, dirigida por Cristopher 'Memento' Nolan). Superman, mientras tanto, se la pasa posando, siempre que puede, con brazos en jarra frente a la bandera norteamericana. En este sentido, queda claro que Superman es casi un servidor público, un empleado más del gobierno de Estados Unidos. Batman, en cambio, es un entrepreneur del sector privado. Frank Miller vio bien clara estas polaridades opuestas e irreconciliables y enfrentó al murciélago con el kriptoniano en la magistral graphic-novel de mediados de los noventa titulada The dark knight returns. Allí, uno y otro se baten en duelo a muerte. Y, claro, Batman pierde porque Batman no tiene superpoderes. Pero, aún así, Batman gana.

SEIS. Y siempre serán mejores las gárgolas de Gotham City que los impersonales rascacielos de Metrópolis. Y la Baticueva queda mucho más cerca del centro que la ártica fortaleza de la soledad. Es decir: Batman siempre tiene mejor dirección de arte (gracias por todo, Tim Burton) y hasta cuando hace el ridículo -la formidable serie televisiva pop-kitsch de 1966 o las fantasías pseudo-gays de Joel Schumacher- suele resultar perversamente interesante. Ya saben: Kapow! Crash!; Burguess Meredith como El Pinguino y César Romero como The Joker y, bueno, ese hule negro más S&M que justiciero. Y -last but not least- la canción de Batman: esa obra maestra del a go-gó firmada por Neal Hefti. El soundtrack de John Williams para Superman es, en cambio, lo mismo de siempre, lo de antes: música para marines que no tienen la menor idea de en qué se están metiendo.

SIETE. No hay redención posible, en cambio, para el serial The Adventures of Superman (1956) o para las inocuas cuatro películas -la segunda parte, de Richard Lester, fue la mejor- protagonizadas por el hombre de acero entre 1978 y 1987. Además, hacer de Superman da mala suerte: George Reeves se suicidó y Christopher Reeves se cayó del caballo para subirse a la silla de ruedas. Buena suerte a Bryan "X-Men" Singer, quien se ha empeñado en hacerse cargo de la nueva versión. Y que se cuide mucho el actor protagonista. Ya lo dice el dicho: el hábito no hace al monje. Ni a Superman.

OCHO. Y seamos sinceros: entre Lois Lane y Catwoman, ¿con quién se quedarían ustedes?

NUEVE. Pero -ahora en serio- el verdadero problema es otro. Superman no usa disfraz. Batman sí. Superman se nos presenta a cara limpia e -invirtiendo la lógica del sistema- su "personalidad secreta" es el torpe periodista Clark Kent. Bruce Wayne, por su parte, es un tipo definitivamente cool que se esconde -como le corresponde a todo superhéroe- detrás de la máscara de rigor. Y he aquí lo ofensivo: Superman es como es y se "convierte" en el terrestre Clark Kent -le basta, apenas, un par de anteojos y peinarse ese mechón rebelde sobre su frente blindada-, porque es así como nos ve a nosotros: obtusos, cobardes, buenos para nada. Superman insulta la inteligencia de los humanos que -con la excepción de la histérica y siempre sospechosa, pero nada eficiente Lois Lane- ya llevan casi setenta años incapacitados para descubrir lo obvio: ¡Clark Kent es exactamente igual que Superman pero con anteojos! Bruce Wayne, en cambio, desaparece para que aparezca Batman detrás del rostro de un quiróptero de hábitos nocturnos que pasa el día colgado cabeza abajo. Y todos felices.

DIEZ. Y, de acuerdo, tienen razón: está el tema de Robin. Pero no hablemos de Robin. Robin murió. Lo mataron los malos. Y los lectores que votaron para que desapareciera para siempre. Batman lloró un poco. Pero se repuso enseguida. Y le pidió a Alfred que le pusiera a punto el Batimóvil. "Hoy por la noche salgo y vuelvo tarde", le dijo.

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