Al googlear la palabra dislexia, se encuentra uno frente a definiciones contrarias y contradictorias. Para las asociaciones de padres y sus amigos médicos, la dislexia no sólo no es una disfunción, sino que es un don al que sólo los extremadamente sensibles e inteligentes tienen derecho, mientras que para la mayor parte del cuerpo médico y psicológico, es un serio impedimento prácticamente incurable.
Unas páginas web te lanzan al rostro una lista consoladora de grandes disléxicos (Flaubert, Einstein) otras páginas cuenta espeluznante de niños disléxicos a la que la incomprensión escolar hizo caer en el vicio, la ignorancia y la delincuencia.
Esta ambivalencia prueba que la dislexia es una enfermedad contagiosa. Quienes se preocupan de ella adquieren la extraña capacidad del disléxico para hacer que una cosa sea su contrario. Así los disléxicos una y otra vez no sólo logran hacer perdonar sus errores, sino invertir los valores y las reglas para que los errores se conviertan en acierto y las excepciones en reglas. Excepciones y errores que gracias al presidente Bush, un notorio disléxico, se han convertido en la vara con que el mundo se mide.

El presidente y yo
No soy republicano ni menos partidario de la guerra de Irak, pero no puedo dejar de reconocer en la sonrisa extraviada de George W Bush, en la extraña alegría con que se oye hablar a si mismo (sorprendido de poder decir palabras tan difíciles), en que insiste en sus equivocaciones, y en que se salta palabras y concordancia gramaticales, algo dolorosamente cercano.
No puedo evitar solidarizar con esa extraña manera que tiene el presidente Bush, de sentirse al mismo tiempo un elegido y un pobre diablo que es algo que tenemos en común todos los disléxicos. Esa mirada general sobre libros y personas, buscando donde están las montañas de esdrújulas, y letras hermafroditas (p y q, b y d) que se invierten en entre ella y se burlan de nosotros.
Los disléxicos aprendemos a vivir con esa burla permanente a nuestras espaldas. Algunos aprenden a golpear fuerte, otros aprenden a correr rápido, y otros nos reímos antes que los otros se rían de nosotros y nos volvemos cínicos y ágiles con la ironía. Más allá de los libros y las clases la dislexia ha ido definiendo las distintas áreas de mi existencia.
Todo empezó a los seis años.
Antes era un niño raro, pero como mi padre y mi madre también lo eran, nunca tuve ocasión de sentirme extraño. Mis padres, exiliados en Paris, manejaban su nueva lengua con la misma torpeza que yo. Éramos todos extraños, o sea existencialmente disléxicos.
El colegio puso las cosas en su lugar. Ahí ya no bastaba, como en la guardería, seducir a las profesoras con largas historias o dibujos psicodélicos. Nada se solucionaba sólo con hablar, reír, existir más que los otros. Había que leer palabras largas en letras grandes, tartamudear silabas, sin tratar de adivinar.
Fui prontamente diagnosticado: Sufría dislexia, además de una serie de problemas sicomotores. Era difícil, por no decir imposible, que pudiera superar todos los problemas a la vez, pero la situación no era desesperada.
Los disléxicos-le explicaron a mi madre-suelen desarrollar una gran capacidad para el dibujo, el deporte y la matemática. El extraño desorden visual les permite ver una figura geométrica desde varias perspectivas y ángulos a la vez. Así a la hora de redecorar una casa, o pintar un mural el disléxico suele encontrar soluciones en donde el resto ve sólo problemas.
Así que con un poco de atención y cuidado, un disléxico puede lograr no sólo terminar el colegio sino tener buenas notas en él. Sólo con ir a una buena sicopedagoga tres veces a la semana, podría yo pasar de ser un paria intelectual a un miembro provechoso de la sociedad. Ahora, eso si, era mejor ni siquiera pensar en que pudiese yo convertirme en escritor, filosofo o bibliófilo. Tampoco aprender a escribir y a leer en otra lengua.

Viaje al centro de la mente
Así la dislexia me obligo, pero también me permitió adquirir conciencia absoluto del mecanismo de mi mente. La exploración no la hice solo. Me guió en todo momento Mirella, una sicopedagoga elegante y pálido, de amplio y deseables pechos. Por conseguir una sonrisa de ella estaba más que dispuesto a dar vuelta por una habitación tocando un pandero, o descifrar todo tipo de silabas y de marañas de letras o llenar rompecabezas y a leer en voz alta cuentos de los hermanos Grimm.
Mientras jugaba a ser un buen niño, ningún movimiento de mi pensamiento dejo de ser estudiado, evaluado, medido, monitoreado. Tuve que explicar porque dibujaba a los lobos naranjas, y porque la casa era cinco veces más pequeña que la caperucita roja. Tuve que describir las trayectorias de las palabras largas por la página y explicar como mis ojos se habían acostumbrado a seguir, como si se tratara del trazo de un río, los espacios blancos entre las palabras.
Impotente ante cualquier señal de rigor, ante cualquier norma, descubrí que en la poesía podría ser mi escape, mi manera de ser equivocarme pero ser felicitado, de errar y ser querido. Supe que entre lo correcto y lo incorrecto se extiende un tibio pantano llamado seducción. Esta era mi única salvación, seducir y recrear, contar la historia para explicar mis fallidos dibujos, o inventarle un final a los libros que abandonaba al comenzar.
Alérgico a la lectura me enamore, sin embargo, de los relatos, de las metáforas y las parábolas. Las palabras-habladas primeros, escritas después-se convirtió para mí en un mundo de gesto que no necesitaban mis manos, de travesías, que no exigía moverme ni irme a ninguna parte. Un tesoro de sensaciones torcidas, de ideas deformes, un mundo de dolor y de intuición, que era mío y sólo mío y siempre acertado, libre de los profesores, y de los jueces.
Ser poeta se parecía tanto a ser disléxico. Ambas deformidades consistían en ver todo lo normal distinto, y todo lo distinto como normal. Era hablar cuando es mejor quedarse callado y no encontrar las palabras y mancharlas, y doblarlas y adorarla como los Berbere adoran el musgo.
Enviciado, como estaba, con ese viaje al interior de mis neuronas, empecé a escribir y a leer con frenesí porque los libros me permitían reanudar la travesía, porque en la literatura volvía a ser ese niño y ese rey que domina sin piedad su propia lengua distinta a la de todos los demás.
Así descuide las matemáticas, el deporte o el dibujo, convirtiéndome en esa extraña cosa que ahora soy, un escritor que no sabe escribir.

El escritor que no sabía escribir
Una vez en televisión vi a un escritor Francés que odiaba con furia ciega el punto y coma. Nada me puede parecer más distante, y extraño que este tipo de pasión lingüística. Soy incapaz de sentir por el punto y coma (y por el punto seguido, y por los tres puntos) ningún sentimiento. No mantengo, ni podría mantener dado mi biografía, con las palabras ninguna relación sagrada. No se me ocurrirá dejar de leer un libro porque no me gusta la traducción, o dejar de usar una palabra porque ha cambiado de significado.
El idioma no me importa. Me lanzó a él con el frenesí, con hambre e impudor, sin importarme si lo hago en francés o en castellano, si lo hago bien o mal. Me importa, con urgencia bestial, decir, y hablar y lanzarme en ese aire viciado de significado que es una página en blanco.
Vuelvo, cuando escribo, a ser ese niño con un pandero que pasaba la tardes enteras en la consulta de la sicopedagoga. Me vuelvo inescrupuloso y involuntariamente iconoclasta, y avanzo sin saber como lo hago, ni porque lo hago, sólo concentrado en seducir, por convencer, por lograr que a pesar de las manchas con que lleno las hojas, me quieran.
Cada vez que entro a trabajar a alguna revista o diario en que no me conocen vivo una tensa charla con el editor que cree que me estoy burlando de él. Me exigen que la próxima vez corrija antes de entregar, que me fije. Tengo que, cada vez, contarle la larga historia de mi dislexia. La advertencia de todos los especialista ante el riesgo de aprender dos lenguas para un disléxico, de los torturantes años en que estudie pedagogía en castellano, el juramente que le hice a mis profesores de nunca ejercer la enseñanza de la lengua a cambio de que me dieran el titulo.
¿Por qué sigo escribiendo, por qué he decidido vivir de la escritura si carezco, evidentemente, de las habilidades básicas para hacerlo?
Quizás escribo justamente por eso, porque no sé hacerlo, porque en el mundo de las palabras soy alguien que juega y ensaya y busca y no encuentra, ni esta seguro de querer encontrar. La escritura es aún, para mí, un mundo de indefiniciones, en permanente ebullición donde puedo preguntarme quien soy y encontrar siempre respuestas diferentes.
La escritura es para mí siempre un viaje lleno de incertezas a un mundo en que las palabras eran todas minas antipersonales. Enigmas y enemigas, escribo porque para mi las palabras no son una realidad dada, algo banal, sino algo por lo que luché y lucho. Y entro en ella como a un jardín prohibido, donde soy a la vez Adán y San Agustín, el pecador arrepentido que ha robado la manzana de la sabiduría y espera la condena.
Nada es gratuito, y nada es neutral, en el mundo de las palabras. Escribo, me hago responsable, dejo que me culpen y apresen, y de pronto corro con las manos esposadas y salto las cercas, y me escondo en los pastizales y sigo por los montes que salto. No tengo miedo, porque arranco, no tengo duda porque si dudo me espera la cárcel, el agujero, la soledad y la nada.

Ser y no ser
¿No era la locura del Quijote, una forma de dislexia? ¿No se parece mi manía de leer q en vez de p, o llamar Buenosdias a los Buendía, algo muy parecido a ver gigante en donde sólo hay molinos de viento?
Albert Einstein, Hans Christian Andersen, Alexander Graham Bell, o Winston Churchill, todos ellos disléxicos, comparten la misma manía de buscar soluciones donde nadie más la ha buscado, todos ellos parecen hasta viejos niños, solos y extraños, contando cuentos, o inventando maquinas poderosamente inútiles. Decía Alfonso Reyes que el talento es la única estrategia del sudamericano. La sorpresa, la temeridad, y muchas veces el deliro es la respuesta que tenemos la mayor parte de los disléxico ante el desprecio y el error. Por eso solemos ser muy útiles ante la emergencia, ante lo inaudito y extraño e inútil ante lo rutinario, y lo normal.
La vida del disléxico es siempre un camino serpenteante y distante hacia la patria primera, esa en que las cosas tienen sonido y olor y sus nombres son peligrosos y enormes. Esa edad en que todo es un misterio. Un misterio que, para el disléxico, se hace aún más misterioso, cuando le dan la solución al enigma.
Los que la sufrimos dislexia somos unos anti Hamlet que sabemos que las cosa pueden ser y no ser al mismo tiempo y que esto muy lejos de ser un problema es un oportunidad. Invertimos las letras, y trastocamos los sentidos.
La dislexia no sólo te hace pisar con inseguridad y torpeza el mundo de las ideas y los conceptos, sino que te hace sentir que esas ideas y esos conceptos son inseguros en si mismo, intercambiable y huidizo.
En eso la dislexia es una forma de realismo. Los que creen que las palabras significan lo que significan, y que el mundo es legible y comprensible son los que caminan por el vacío. Los que no cometen, como los disléxicos solemos cometemos, miles de error todos los días, están a la larga condenados a de una sola y definitiva vez, a equivocarse. De ese gran error final, la mayor parte de los disléxicos, estamos libres.

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