Ya sonó la sirena del Puerto que anuncia las doce del día y que se escucha en todos los rincones de Santa Marta. Los trabajadores del muelle se toman la hora del almuerzo, unos se resguardan de los rayos del sol y otros juegan al fútbol. Esto se volvió una tradición popular desde que los ingleses pasaron por estas tierras a comienzos de 1900 para construir el ferrocarril y los puertos. Efraín Fuentes 'el Caimanero' alista la mercancía para hacer sus habituales repartos a bordo de una "alambreta", nombre con el que se conoce aquí a esas motos italianas de marca Lambretta. El Caimanero es toda una personalidad en la ciudad, carismático y amigable como todos los samarios pescaiteños. Desde hace tiempos tiene un quiosco frente por frente a la entrada del puerto donde trabaja al lado de su hijo Efraín Fuentes Jr, 'Efraincito', quien es hincha furibundo del glorioso Unión Magdalena, el equipo de Carlos Arango, de los pescadores del Ancón y por el que pasaron los seleccionados brasileros Waldir Cardoso Lebrego 'Quarentinha', cuando ya era veterano, y Paulo César Lima, cuando todavía era un adolescente. Efraincito es además ciclista amateur adscrito a la Liga de Ciclismo del Magdalena. En su quiosco, el Caimanero realiza sus transacciones comerciales con marineros y capitanes intercambiando caimanes disecados con ojos de boliche (canicas) por quesos holandeses, galletas danesas, almendras de Jordania, dátiles del Cairo, vinos (incluido el Manischewitz), caramelos ingleses, whisky escocés (¿les suena Old Parr), chocolates, Cheez Whiz, pistachos Zenobia, cerezas para coctel, etc.

Raudos en su alambreta, el Caimanero y su hijo cruzan como una postal el camellón de la bahía. Suben por la Santa Rita hasta el cementerio, toman a la derecha la avenida Bavaria que los conduce a una nueva urbanización que lleva el mismo nombre, se detienen frente a la casa de una de las familias que ha llegado a vivir a este barrio. Es el hogar del médico Luis Aurelio Vives Echeverría. El Caimanero toca el timbre y detrás de la puerta aparece un niño de ojos grandes, balón en mano, boca sucia, pantalón corto y unos botines negros que se comen las medias. Ese niño soy yo: Carlos Alberto Vives Restrepo, el segundo de los cuatro hijos del oftalmólogo. Es el año de 1967 y tengo seis años, estoy contento de ver al Caimanero y a Júnior, su hijo, no solo porque son muy simpáticos y mi papá los quiere mucho, sino porque además traen algo que yo estoy esperando con mucha ansiedad: una caja de chocolates Zero que me parece distinguir al fondo de la bolsa donde el Caimanero trae la mercancía. Mi papá ha sido nombrado para formar parte de la junta directiva del Unión para trabajar al lado de su primo hermano Antonio Sánchez Vives, gerente del equipo. El Caimanero y su hijo lo felicitan, le entregan a mi papá una botella de agua de colonia Roger Gallet (es una fragancia que no he olvidado y cada vez que la huelo de inmediato me hace regresar al lado de mi papá) y analizan y hablan con entusiasmo de la alineación del equipo para la próxima temporada; del nuevo capitán Alfredo Arango; de su hermano José del Carmen; de Manuel Manjares; de la sensación de Pescaíto: los hermanos Palacio; de que la nueva defensa serán Aurelio 'Yeyo' Palacio, Pedro Vásquez, Pablo Huguett y Obdulio Torres; de que los brasileros Wilson Baratta Dos Santos 'Pipico' y Leandro Lopes 'Odacyr' estaban fascinados con Santa Marta, pero muy especialmente por la permanencia de un refuerzo paraguayo, un centro delantero llamado Eugenio Samaniego que mide casi dos metros y tiene una espalda semejante, le dicen 'el Tanque'. "El año que viene será nuestro año", dice Efraincito mientras se pone el casco y se aferra a la cintura de su papá. El Caimanero acelera y Efraincito alejándose grita: "Samaniego, ablanda la defensa, Samaniego, ablanda la defensa, ahí van Arango y Odacyr y pum pum ¡gooooooooooooool del Unión Magdalena!

El torneo apertura de 1968 comienza con importantes victorias, todo parece indicar que ese sí va a ser el año. Es domingo en el Eduardo Santos, caminamos apurados con mi papá hacia la puerta, por el lado de nosotros pasa Aurelio Palacio en su bicicleta y lleva los casquillos colgados al cuello, nos saluda... es un héroe (¡ese día el tío del Pibe hizo gol de tiro libre!). Ya en la puerta, mi papá presenta su carné de la Dimayor, yo por supuesto voy henchido de orgullo y accedemos inmediatamente al paraíso. La emoción de estar allí me da mucha hambre, quiero buñuelitos de maíz dulce, empanaditas Conchí... con ají... para ti...(la Conchí es una empanada criolla hecha con relleno de papa cubierta con un hojaldre francés pero al estilo samario a la que se le aplica en cada mordisco una pequeña cucharadita de un ají suave fórmula secreta). Pero la comida será para más tarde, porque ya nos dirigimos a la puerta mágica: el camerino de los locales. Ahí está la tambora de Ciénaga y Johnny V toca la botella a punta de soplidos; adivinen quién toca el guache y le canta al equipo: Efraincito, el hijo del Caimanero. Mi papá y 'el Mono' Sánchez se saludan con el director técnico Vicente Sánchez. Silvio Lizcano y Reinaldo Ureche 'Boyé' hacen los masajes del precalentamiento, Jaime Deluque, mi inolvidable amigo y arquero del equipo, me invita a que le haga unos tiros de práctica y aunque todavía soy muy pequeño, un balón se le escapa de las manos a Jaime y rompe un pequeño espejo de baño. ¿Mala suerte? No parece, ese día vuelve a ganar el Unión y se perfila como campeón del torneo Apertura. Hay que ir a Bucaramanga a jugar contra los valientes Búcaros que también han realizado una buena campaña.

La fiesta es total en el quiosco del Caimanero. Efraincito está feliz pues se va para Bucaramanga a ver el partido, y con una gran bandera del Unión se une a la delegación que parte para la capital de Santander. Nosotros nos quedamos en la casa y escuchamos en la radio la transmisión de Sánchez Trujillo por la voz de Santa Marta. El profeta Efraín Fuentes Jr atina: el Tanque Samaniego ablanda la defensa y le ganamos al Bucaramanga 2 a 1 con goles del zurdo Odacyr y de Maracaná Manjarrés, el eco de los goles retumba por toda la ciudad. En el tren de regreso a Santa Marta todo es alegría, Efraincito no ve la hora de que la locomotora entre en tierras pescaiteñas para compartir con su gente la felicidad más grande de su vida. Cuando el tren corre paralelo a las montañas que separan a Santa Marta de Taganga, Efraín saca por la ventana la enorme bandera y a la altura de la calle 2a con carrera 9a en el barrio Pescaíto, la bandera se enreda en una alambrada, Efraincito trata de salvarla y saca medio cuerpo por la ventanilla del tren, pero no se percata de que uno de los postes que lleva las redes del telégrafo se aproxima, todo ocurre en fracciones de segundo, el impacto deja a Efraincito sin vida y es el destino el que hace la última jugada. Al día siguiente acompaño a mi papá y a todo el equipo a una misa en la iglesia del Hospital San Juan de Dios, allí le damos un último adiós a Efraincito. El Caimanero llora desconsolado y la bandera del Unión cubre el féretro. La celebración por la victoria en el apertura se opaca con la muerte de Efraincito.

Meses después, en diciembre, el Unión juega la gran final del fútbol colombiano contra el Deportivo Cali, que ha ganado el torneo finalización. Al Magdalena lo dirige ahora el técnico barranquillero Antonio Julio de la Hoz, el equipo es diferente, ya no están Pipico ni Odacyr ni Samaniego. Los paraguayos Líder Toledo (quien se quedó para siempre en Santa Marta) y Ramón 'Moncho' Rodríguez refuerzan el equipo junto con Raúl Peñaranda. El partido de ida es en Cali, a donde viajo con mi papá y el equipo. Estamos sentados en una salita del hotel cuando nos avisan que algo está pasando en la calle, nos asomamos y de repente vemos un gran entierro que pasa frente a nosotros; los seguidores del Cali cargan un féretro con la bandera del Unión y gritan frases lapidarias contra nuestro equipo. La imagen nos transporta inevitablemente al funeral de Efraincito. Pero ya no habrá más entierros en las filas del Unión pues esa noche Aurelio Palacio, el tío del Pibe, hace el gol del triunfo sobre el Deportivo Cali.

El partido de vuelta es el gran acontecimiento en Santa Marta y no solo el Eduardo Santos está repleto ese 15 de diciembre de 1968, pues el gigantesco árbol de Bonga del lado norte afuera del estadio está cargadito de gente. Pero el Cali entra a la cancha como una tromba y al final del primer tiempo derrota al Unión Magdalena por dos a cero. El público siente que la primera estrella para un equipo costeño se está embolatando. El Unión logra el descuento por parte de Raúl Peñaranda y la esperanza renace. Pero el tiempo pasa angustiosamente y el Cali se mantiene como ganador. Faltan tres minutos para el pitazo final cuando Moncho Rodríguez recibe un balón casi en la mitad del campo, ve al arquero del Cali salido del arco, le pega al balón con la pierna derecha y lo baña. ¡Es gol! Un golazo que nos vuelve locos, pues con el empate el Unión es campeón. A pesar de los esfuerzos del árbitro por jugar los últimos minutos ya no se puede, la gente salta a la cancha, mi papá me agarra y me carga, la gente se enreda con los cables de los locutores que se abrazan con los jugadores.

Santa Marta se vuelca a las calles para el desfile de la victoria. Todos quieren montarse al carro de bomberos donde va el equipo campeón. Pero fuera de todo el alboroto, en una casa del barrio Pescaíto, el Caimanero sentado en una mecedora no comprende cómo en el mismo año perdió a su hijo y ganó una estrella, y se enjuga las lágrimas que expresan al mismo tiempo su mayor tristeza y su mayor felicidad.

Muchos años han pasado desde aquellos gloriosos tiempos y más allá del Unión Magdalena, Santa Marta, la ciudad región, ha sido una de las cunas del fútbol colombiano. No ha existido selección Colombia sin samarios ni samarios sin fútbol, han sido ya tantas las figuras que Santa Marta le ha dado a este deporte (Arango, Retat, Calero, Valderrama, Bolaños, de Ávila, Vilarete, García, entre otros), que deberían haber sido para nosotros los samarios suficientes para construir alrededor de ellos y sus memorias instituciones sólidas, escuelas de fútbol, clubes, turismo, etc., que mejoraran la calidad de vida en los semilleros y aseguraran mejores condiciones y un buen futuro para las nuevas generaciones de deportistas, a ver si al fin podemos arrebatarle al azar su papel protagónico.

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