Hola. Soy hincha de la Universidad de Chile. La "U". "El Chuncho". Como todas las enfermedades crónicas empezó de la manera más inofensiva.

Nací en Antofagasta, al norte de mi país y, para donde mirara, tenía el límpido cielo del desierto y el infinito del mar. Azul hasta saciarse. Para navegar y volar. Camino a la plaza del pueblo había un quiosco de revistas. Allí vendían Estadio. En la portada, un amable futbolista posaba con el balón a sus pies. Se llamaba Braulio Musso. Tenía una quijada prominente, parecida a la de mis tíos dálmatas. Su casaquilla era azul. El equipo había ganado un partido esa semana y la insignia del club, un "Chuncho", que en Chile es una suerte de búho o lechuza, parecía guiñarme un ojo. Le guiñé de vuelta, y en las pichangas de tierra y sol que siguieron a ese hallazgo, proclamé a los chicos de la escuela que sería de la "U" y que mi ídolo era Braulio Musso. Comenzaban los cincuenta. Cuando los otros muchachos, fanáticos del Colo-Colo, me despreciaron lanzándome coscorrones a mi entonces nutrida melena, miré al cielo y al mar y me nutrí de ese coraje.

Azul. Azurro. Un par de veces después, por lo tanto, sería indirectamente campeón mundial con el team de Italia.

¿Asociaciones líricas? Es la libertad del poeta. Miren la frase de Kandinsky que puse como epígrafe de mi novela El baile de la victoria:

Mientras más profundo es el azul, más convoca a los hombres hacia el infinito, más despierta en ellos el ansia hacia la pureza y lo intangible.

Luego fui a estudiar la secundaria a Santiago. Los ídolos de papel de la revista Estadio jugaban a metros de mi casa. Seguí la campaña de mi equipo con el estoicismo y la ridícula esperanza que todos los chilenos tenemos en nuestro fútbol. Inútil empeño, como el de Sísifo, poner nuestras ilusiones en algo para lo cual no tenemos genio.

Siempre nos abrumaban los brasileros, argentinos y uruguayos, y nuestra mayor emoción la conseguíamos si llegábamos cuartos ganándole a Paraguay. Hoy, lo normal es que Chile sea un simpático colista en casi todas las eliminatorias. Nos pasó la rasuradora. México, Colombia, Ecuador y, a ratos también Perú y Bolivia nos someten a escarnio.

Pero la "U" era especial. Sentí que era parte de mi alma y que yo debía insuflarle domingo a domingo mi aliento en las graderías. Mojado por las lluvias invernales, sin haber almorzado, alentaba a los bravos azules en partidos desesperados ante árbitros parciales que nos hacían hervir la sangre cuando cobraban penales en nuestra contra.

Decidí transformarme en un hincha orgánico e ingresé a la barra oficial de la "U". Una vez a la semana íbamos a ensayar cánticos, agitar plumeros y banderolas, y nos poníamos gorritos azules con una gran "U" roja al centro. Cuando nuestro equipo tenía compromisos en provincia, pagábamos cuotas para alquilar un bus maloliente con tubo de escape perforado por los caminos rurales y las pedradas de los hinchas de los cuadros rivales.

Alguna vez volvíamos derrotados del puerto de Valparaíso y al llegar de madrugada a Santiago, nuestro último consuelo era calmar el cansancio y la frustración del "cero" en el marcador sobre los muslos de la única hincha fémina que nos acompañaba y que nos repartía besos con lengua con mucha más prodigalidad que goles nuestra delantera.

De pronto, años de frustraciones culminaron en un milagro. Un cierto entrenador Álamos, no por nada apodado 'el Zorro', conformó en 1959 un equipo que obtuvo el campeonato. Fue el año en que empecé a escribir sistemáticamente, y el escritor Armando Cassígoli publicó mi primer cuento en una antología que se llamaba Cuentistas de la Universidad. Comenzaba oficialmente mi vida de plumario. Se rompía el cascarón. Como todos los diciembres, mi padre me pidió que hiciera un balance del año: "Extraordinario, papá —respondí— , publiqué mi primer cuento y la 'U' salió campeón".

Comenzaba nuestro mutuo Siglo de Oro. Con un libro arrebatadamente juvenil llamado Desnudo el tejado obtenía, gracias a cuentos que incluían mi pasión por el deporte, el Premio Casa de las Américas y la "U" se seguía superando y aportó la mayoría de los jugadores al seleccionado nacional que en el Mundial de 1962, jugado en Chile, nos ubicó en el tercer puesto detrás de Brasil y Checoslovaquia.

Se consolidaban nuestros astros. El equipo de la "U" pasó a ser bautizado como "El Ballet Azul": tan armónicos eran sus desplazamientos y tan frecuentes los "bailes" que les dábamos a nuestros rivales.

Yo seguía ligando mi destino literario al futbolístico de mi club. Frente a la máquina de escribir sentía el mismo torbellino que en las graderías de los estadios. Un día de iluminación mística —que me transportó vía expreso a casa para escribir mi primera novela, Las celebraciones (jamás publicada por razones extravagantes a este tema)— fue aquel cuando la "U" derrotó en el Estadio Nacional al Santos con Pelé incluido.

Mirando las maravillas que hizo en la "U" nuestro delantero Rubén Marcos, apodado sin hipérboles 'el Siete Pulmones', venciendo mi timidez le grité a nuestra barra mi pregunta extasiada: "¿Cuál es Pelé: el 8 azul o el de Santos?"

Años más tarde, escribiría mi primera novela: Soñé que la nieve ardía. Un joven talento provinciano del sur de Chile, Osorno, venía a la capital para triunfar como futbolista en alguno de los clubes grandes. El modelo era por cierto el Siete Pulmones.

En tanto, otras estrellas de la "U" se destacaban no solo en el balompié. En el partido por el Mundial del 62 entre Chile e Italia, nuestro zurdo Leonel Sánchez noqueó al delantero italiano David de un puñetazo tan certero que medio Chile quedó convencido de que quizás el puntero podría tener doble militancia en algún ring. Su puñetazo adquirió dimensiones épicas, pues la televisión acababa de entrar en Chile y lo vio todo el mundo. Lamentablemente también los italianos, quienes bautizaron a nuestro Leonel como 'Leonello'. Puesto que el partido se jugaba en Santiago con Chile como local, el árbitro tuvo la oportuna idea de estar mirando para otro lado. El recio Leonello está en el recuerdo de los italianos cincuentones en un miniranking internacional junto a Cassius Clay.

La jugada favorita del "Ballet Azul" era la siguiente: veloz desplazamiento por la banda izquierda de Leonel Sánchez hasta el banderín del córner, centro elevado, y salto angelical del grandote centrodelantero Carlos Campos, quien con su cabeza implacable hundía la pelota en la red.

Se decía que Carlos Campos jugaba a "la europea", esto es, se desprendía del balón en cuanto le caía en los pies. Pero la verdad era que no intentaba fintas de ningún tipo, pues carecía de toda malicia y técnica. Siempre le entregaba la responsabilidad a otro compañero de continuar el ataque mientras él corría tan rápido como le permitía su volumen de basquetbolista hasta el área chica a esperar el pase que le permitiera perforar la red. Era monótono en su falta de dribbling y en su oportunismo. Tanto así que pensé en un Diccionario del Diablo a la Ambroise Bierce: "Carlos Campos, delantero de fútbol de la Universidad de Chile, a quien Leonel Sánchez le pega pelotazos en la cabeza".

Pero,¡total!, en las tribunas nosotros queríamos la electricidad del seco gol y no nos importaba que nuestro team careciera de sutilezas "a la carioca". El asunto cambió radicalmente cuando en la "U" apareció el "divino" Marcelo Salas. Era tan excepcional su talento que fue bautizado como 'el Matador' en Chile. Luego brindó sus servicios para llevar a la gloria a River Plate en Argentina, y la Lazio y la Juventus en Italia. Jamás en Chile se habían pagado tantos millones de dólares por el pase de un jugador y las arcas de la "U" se llenaron.

Pero desprovista de su crack mi "oncena" se fue desnutriendo hasta sucumbir a una situación que este año de Dios del 2007 eufemísticamente debiéramos llamar melancólica: hoy tiene más deudas que puntos, se halla más cerca de la cola que de la cabeza y son más aguerridos los hinchas anarquistas en la tribunas que los modestos players, que sin estrategas ni conductores hacen bostezar a los locutores. Salas está de vuelta, pero paga el precio de la gloria: lesiones rebeldes, kilos de más y goles de menos.

Lejanos están los años en que una revista escribía de él:.

José Marcelo Salas Melinao es un iluminado. El ángel que lo acompaña por los senderos de la vida lo guía para que la carga sea más fácil de llevar. Muchos auguran que como nació en Nochebuena, hay una estrella que se preocupa por él. Su horizonte se pierde en un infinito invisible, dando a entender que hay Salas para rato.

Cuando leí por primera vez ese párrafo me asomaron lágrimas de felicidad a los ojos. Hoy que lo releo desde el pozo, las lágrimas otrora solo asomadas ruedan muchas y azules por mis mejillas.

Lo que no impide que el "chuncho" sigue aleteando en mi corazón.

Hasta la vista.

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