En cierta manera tener una vaca es como tener un hijo o un teléfono celular: debes preocuparte de alimentarla todos los días y atenderla cuando chilla. La diferencia, en el caso de la vaca, es que también puede ser un gran negocio. O por lo menos eso pretendo.
Desde que me la compré siento la responsabilidad de tener una vida a mi cargo. Me angustia eso de que no le puede faltar comida, que debe crecer sana y que en cualquier momento un insecto le pica un ojo y la deja tuerta. Ser dueño de una vida te da una sensación de poder. Por ejemplo, si quiero mañana mismo la mando a matar. O la vendo. O la cambio por una guitarra de segunda mano. Puede que me la roben o me la secuestren, lo que significaría un muy mal negocio. Incluso, puedo llegar a encariñarme, y entonces tal vez decida quedarme con ella para siempre, llevarla en mis viajes largos y verla morir de causa natural.
Para ser exactos en el lenguaje ganadero, lo que tengo es una ternera. La Negra -así la he bautizado- es un animal que pesó 80 kilos, por el que pagué 200 pesos argentinos (casi 70 dólares) y que se cría en el campo Don Lorenzo: un predio de 400 hectáreas cerca de Magdalena, a unos 40 kilómetros al sur de La Plata. Como soy uno más de los cientos de millones de latinoamericanos -sin tierra- (en rigor, ni siquiera tengo una garantía para alquilarme un departamento de un ambiente), mi vaca crece en el campo de don Juan Jorajuría, un buen hombre con más de 60 años viviendo con ganado. Un día supe de él, viajé a su casa y le dije -quiero comprarle una vaca y que usted me ayude a criarla-, y él, gentilmente, me dijo que bueno, que no tenía problemas. En el campo suceden cosas que en la ciudad ya no pasan. Y esa, también, ha sido otra de las tantas enseñanzas que he recibido de La Negra.

¿Para qué quieres una vaca recién nacida?, me preguntó hace unos días un amigo nacido en Puerto Madryn, en la Patagonia argentina, y que ahora vive en Barcelona sus sueños europeos. Le dije que quería tener uno de estos animales para hacer lo de todo ganadero: engordarla mucho, mandarla al matadero cuando fuera grande y, con la ganancia de la venta, comer más y mejor carne.
-¡Esa es la historia de la Argentina! -casi gritó, sorprendido. Y así es. Ahora que estoy radicado en Buenos Aires he descubierto que, por sobre todas las cosas, Argentina es un país ganadero. Ni de futbolistas, ni de chicas hermosas, ni de bailarines de tango: de vacas.
La idea original con la compra de esta única ternera es simple: siguiendo la vida de La Negra, desde su nacimiento hasta que esté fileteada en un supermercado, podré escribir un libro contando de una buena vez la increíble, desopilante y hasta truculenta historia de la más famosa carne del mundo: la argentina. Al poco tiempo, desde que tengo mi propia vaca (desde que soy ganadero, digámoslo como es) me he dado cuenta, sin embargo, de que alrededor de la carne hay mucho más que la historia de una industria. Más bien, está la historia de todo un país.
-La carne es nuestra industria más importante, y debes pensarlo como que cada vaca es una chimenea de esta fábrica -me dijo hace poco un tipo con 1.500 vacunos y una 4x4 blindada.
Una amiga alemana me ha dicho, tras ver las fotos de La Negra, que si la mato, ella no me volverá a hablar. Le cuesta entender que la crianza de animales es un negocio. O acaso, los ganaderos que tienen miles de vacunos son unos maravillosos defensores de los animales. No, pues, ellos son unos maravillosos facturadores de dólares. Y eso, en general, los enorgullece.
Viendo la foto de La Negra se nota que la vaca no es un animal doméstico. Se arranca cuando uno la quiere acariciar. Jamás viene cuando la llamas y es absolutamente incapaz de hacer alguna gracia. Nunca sonríe y, lo que es peor, siempre parece triste. Es un animal curioso, pero desconfiado. Como si supiera que su único fin es nuestro plato. ¿Cuál será el destino de mi vaca? A veces pienso en lo triste que será ir a dejarla al Mercado de Liniers, donde se transan hasta 60 mil animales a la semana. Otras, creo que no seré capaz de mandarla matar, aunque sea a un degolladero moderno. Hasta he llegado a imaginarme, si me encariño con ella (lo peor que le puede suceder a un productor de carnes), llevándola de viaje como hacían los argentinos millonarios de principios del siglo 20. Veremos en qué termina este viaje.

Cuando conocí a La Negra, casi nos desmayamos los dos. Era la primera vez que a ella la separaban de su vaca madre y, sin preguntárselo, la metieron a un corral pequeño donde yo le iba a tomar fotos. Estaba muy nerviosa. Asustada de verme con una cámara de fotos tapándome la cabeza, me imagino. Tan espantada que se arrinconó y se puso a mear de una manera verdaderamente tierna. A nadie le enseñan a ser dueño de una sola vaca, pienso ahora. Por eso, yo también estaba nervioso en el primer encuentro. Asustado por la responsabilidad que se me venía encima, por el futuro, pero además preocupado de hacer un buen encuadre de la foto.
Siempre la estoy yendo a visitar. Todavía no me reconoce, aunque quisiera creer que se alegra de verme. Otro ganadero, porque ahora tengo amigos ganaderos que me consideran uno de ellos, me dijo que el peor negocio de mi vida sería encariñarme con un animal. Y claro, de alguna manera, así funciona la cabeza de un empresario. Pocos industriales se enamoran de sus máquinas. Y muchos menos, se enamoran de sus empleados.
Tomando apuntes para el libro, una de las primeras conclusiones ha sido que el verdadero rey de esta historia es el pasto. Mejor dicho, en la ganadería el pasto es el oro. Una tarde, hace poco, cruzaba unos campos de la pampa arriba de la Toyota Hi-Lux de una linda ingeniera agrónoma: una flaca de chaqueta North Face naranja, GPS 2004, celular hiperliviano y zapatillas brillantes con olor a bosta. Entonces pasamos frente a hectáreas y hectáreas de jugosos prados verdes. Y ella me soltó: -Ufff, con todo ese pasto yo podría sacar toneladas de buenísima carne-. Ahí entendí, escuchando a esta moderna ganadera hi-tec, que el negocio vacuno es más simple que todo lo que nos han querido hacer creer. Su lógica se reduce en una frase: transformar el pasto en bifes para supermercado. ¿Y cómo se transforma? Bueno, con las vacas. Como La Negra, por ejemplo, que la última vez estaba rozagante de salud y empachada con un pasto seco que le vino de maravillas.
Me cuesta pensar que mi vaca sea una simple maquinita, pero si quiero hacer dinero con ella debo verla así. Dicho de otra manera, ya aprendí que encariñarme con La Negra podría ser una desgracia financiera. Para hacer buenos negocios hay que perder la nostalgia, dice Donald Trump en su reality. Aunque claro, en mi caso, yo no quiero hacerme rico. Es más, desde el punto de vista comercial -destino final de cualquier vaca-, tener una sola ternera puede ser una catástrofe comercial. No puedo cruzarla y entonces no ganaré mucho dinero. Mantenerla me saldrá caro, por un asunto de costos a escala. Es más, según mis cálculos, al tener una sola, mi participación de mercado es apenas del 0,000002 por ciento del mercado cárnico argentino, que cuenta con 50 millones de animales. Aunque de todos modos, pese a lo insignificante de mi participación, la idea es que ese porcentaje me avale a la hora de entrevistarme, para el libro, con aquellos grandes estancieros, productores gigantes de bifes y agresivos operadores que se me irán cruzando en el camino.
Me vine a la Argentina siguiendo a una mujer, y ahora sólo tengo una vaca. No dejo de pensar en eso, en lo ridícula que ha sido mi propia devaluación afectiva. Dejé Europa para venirme a Buenos Aires tras la gran historia de amor de todos los tiempos y terminé aquí, vendiendo mi relación comercial con un animal de cuatro patas que apenas muge y jamás sonríe.
Otro de los cambios, desde que tengo a La Negra, es que ahora cualquiera se siente con derecho a opinarme de ella. Un periodista argentino me dijo que la debo matar, que tal vez lo mejor sea hacer un gran asado, y que él se ofrecía a poner el vino. Hasta he llegado a pensar, con tanto lío sobre el futuro de la única vida que depende de mí, que una buena solución sea embalsamarla y vendérsela a una parrilla argentina, de esas que tienen animales embalsamados en su puerta. Hace un par de días dos chicas lindas, que en otras circunstancias jamás me hubieran hablado, se me acercaron para decirme -desde debajo de sus peinados ultramodernos- que no debo matar a La Negra. El caso más singular fue el de una lectora de mi columna en El Mercurio. Tras contar la historia de la vaca, ella respondió con una carta dirigida a la propia vaca: "Sólo espero que con tu natural y tierna timidez, ganes la partida y no
termines faenada y asada en algún plato".
Me conmueven esas personas que, mientras se tragan un bife de 900 gramos, dejan el cuchillo de lado para decirme lo malo que es engordar una vaca para después matarla. "El fanatismo de los defensores de los animales debe ser uno de los más enceguecidos", reclamó el año pasado un francés arrestado por zoofilia. Quizás, este delirante francés debió agregar que el de defender animales es uno de los fanatismos mejor aceptados, más comprendidos, con mayor prensa y que mueve más dinero. Eso es lo bueno del mundo moderno: lo único verdaderamente aceptado es lo que genera buenos pesos. ¿Por qué algunos me reclaman enfurecidos por escribir este libro y no van a reclamarles a los cientos de empresarios agrícolas que diariamente llegan a Liniers para vender las 70 mil cabezas que se mueven al día? ¿Por qué si todos en Argentina celebran la feria ganadera de La Rural y los ministros mastican un buen pedazo de lomo mirando a las promotoras, yo no puedo tener mi propio emprendimiento de microempresario ganadero? O al revés. ¿Por qué si alguien va al matadero de Liniers a reclamar por el tráfico de animales o boicotea La Rural para salvar a las vacas, finalmente nos matamos de la risa y nos revolcamos en el suelo de las carcajadas por tan inútil campaña? Tal vez porque a todos nos gusta la carne. Y tal vez la furia contra el proyecto sea que, al igual que los empresarios, ningún lector quiera encariñarse con La Negra.
Tal vez pienso en todo esto porque hace casi tres semanas que no veo a La Negra. Y eso me preocupa casi tanto como las últimas informaciones de índices ganaderos: ahora que compro los diarios sólo para ver si la carne ha subido o bajado en su tasación, todos los índices me parecen absolutamente preocupantes (ya agarré el primer tic del empresario agrícola: siempre las alzas son insuficientes y las bajas son realmente desastrosas).
Juan Jorajuría, el señor que me cuida a La Negra, me dijo que no es bueno dejar de ver tanto a la vaca porque es cierto lo de la abstinencia ganadera. "Después de dos semanas sin verlas, las vacas se extrañan". Y eso lo recuerdo ahora, que estoy de viaje fuera de Argentina y miro fotos de La Negra en mi computadora. Ha crecido bastante y se le ve linda, grande y gorda, bajo el sol de su país. Aquí es de noche y llueve. Hace frío, casi tanto como en el mundo de los negocios.

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