Una frase que jamás voy a olvidar me la dijo una mujer borracha y fue la siguiente: "Usted es un antipático de mierda".
Era verdad, los borrachos siempre dicen la verdad; hacía ocho meses que no tomaba, y me había convertido en un antipático de mierda. Supongo que es normal, que es entendible que ocho meses de sobriedad ininterrumpida hagan de cualquiera un tipo tenso y aburridor. Aunque había alguna reminiscencia de coquetería en el comentario, fue ante todo una cachetada; una cachetada ambigua. Como un karatazo.
Pero no. Pongamos rewind. Ocho meses atrás. Estoy en un ascensor, bajando. Me siento débil y agotado; mi mente está en blanco o en algún otro color ciertamente menos celestial, acabo de salir de un consultorio donde un doctor, exámenes en mano, me ha dado las alternativas: o la sobriedad o el sobretodo de madera. Cosas de la hepatitis A. El mundo se destiñe mientras salgo del ascensor, del edificio. El sol me azota, creo que tiemblo, y lo único que se me ocurre es entrar al restaurante del frente y pedir un whisky. Creo que prefiero el sobretodo.
Para ser exactos, el doctor me prohibió dos cosas durante tres meses: salir de mi casa y tomar. La primera prohibición fue la que me salvó la vida; dudo que hubiera logrado superar el premio de montaña de los primeros tres meses sin tomar si no hubiera tenido que fracturar todos mis hábitos de un día para otro. Elaboremos un poco acerca del premio de montaña y cómo lo subí. Como todo el mundo sabe, las adicciones se perpetúan por medio de un mecanismo conocido como síndrome de abstinencia, que ejerce presión psicológica o fisiológica sobre la víctima para que se restituya el suministro de la cosa adictiva en cuestión. Si uno logra soportar dicha presión durante cierto tiempo (que varía según el caso), un buen día para. Mientras tanto, la vida es oscura, dolorosa y solitaria. Las ocasionales visitas de los amigos me alejaban por momentos de mis oscuros pensamientos y temblores. Eran tan apreciados esos momentos de compañía, que no me importaba la evidente compasión con que me miraban; yo sólo sonreía. Fueron tres meses interminables, claustrofóbicos. Fue un guayabo largo y cruel. Como diría Klaus Baudelaire: quien ya ha pasado por esto, sabe a qué me refiero; quien no, no puede ni imaginárselo.
El reto que me impuse cuando pude pensar con claridad fue el de llegar a un año sin trago, de manera que cuando se cumplieron los tres meses recetados seguí sin tomar pero volví a salir. Claro, la lucha por la sobriedad había sido tan feroz que no podía sino estar orgulloso de ir ganando. Con la ingenuidad de un niño, le explicaba a todo el mundo que "yo no tomo", buscando ser aceptado y admirado. Tal vez incluso imitado. Durante meses fui incapaz de sostener una conversación sin dirigirla artificialmente hacia el tema de mi abstinencia. Se convirtió en una manera de definirme a mí mismo: yo no tomo. Por supuesto, empecé a volverme insufrible. En cualquier entorno social, en una comida, en un fiesta, en mi bar, me encontraba a mí mismo constantemente juzgando a la gente a partir de su manera de tomar. En mi mente, un solo trago bastaba para condenar a cualquiera a los más oscuros infiernos del alcoholismo; pensaba que estaban perdidos, que todos iban a perder sus trabajos y sus vidas. Sin importar en dónde o con quién estuviera, mi mente estaba en algún otro lugar racionalizando estas fantasías. En realidad estaba ausente. Tal vez esto ocurría porque sencillamente no estaba acostumbrado a estar sobrio en lugares donde se toma. El caso es que las mujeres huían de mí. Si uno va en un primer date, digamos a comer, lo peor que puede hacer es tratar de impresionarla con la abstinencia. Las mujeres no quieren sobriedad: el "yo no tomo" y la conversación dedicada al tema apagaba todo fuego y me hacía ganador de una compasiva palmadita de felicitación. Pasaron los meses y yo, que soy tan tierno y tan ingenuo, no entendía qué rayos podía estar haciendo mal. Una tras otra, las mujeres que conocía se iban buscando con quién emborracharse tranquilas. Claramente conmigo no se podía.
Es que solamente desde mi sobriedad he podido entender todo lo que la humanidad le debe al alcohol. Unos tragos nos liberan por un rato de ser adultos responsables. Más aún, nos liberan para ser nosotros mismos, derriten la máscara que tenemos que tener para poder trabajar y que otros nos crean lo que decimos todos los días. Si no pudiéramos derretir esa máscara de vez en cuando viviríamos en un mundo poblado solamente por neuróticos peligrosos. El trago permite una descompresión periódica del ser, cosa naturalmente necesaria en un mundo tan perro como este. El trago nos da permiso para delinquir. Cualquier cosa se puede perdonar si "estaba borracho". Para las mujeres es fundamental: si no fuera por el trago nunca se lo darían a nadie.
Por eso pasé una sequía sexual de ocho meses. Todo un récord para un empresario joven, medianamente exitoso y socio de dos bares. Lo intenté todo: viajé, fui, volví, compré ropa. Nada funcionaba. Llegué a cuestionarme fuertemente mi abstinencia. ¿De qué valía para mí la sobriedad si me estaba separando de las mujeres?
Esta pregunta ocupaba mi mente la noche en que me dijeron antipático de mierda. Yo acababa de subir a la terraza de mi bar. Nos estaba yendo bien esa noche. Económicamente, me recordó una voz interior. Saludé a un grupito de conocidos, entre los que se encontraba ella; a quien si me permiten el gesto cursi llamaré Eva. Saludé y Eva, que además de no estar nada mal, ya estaba borracha, me dio su cachetada coqueta. Yo quedé desconcertado; me acababan de insultar. Sonreí pendejo, me di la vuelta, se me enredaron los pies, y casi me caigo antes de buscar nuevamente las escaleras. En ese momento ocurrió el cambio.
¿Cómo así?, pensé. ¿Eso soy, un antipático de mierda?
Clic.
Me devolví, transformado. Me puse montador, le mamé gallo, inventé mentiras. Bajamos a bailar, pusieron una de Britney pero se la bailé apretado, le hice cosquillas mirándola a los ojos; nos emborrachamos juntos solo que yo no tomé. Poco antes de cerrar el bar, nos fuimos a mi casa. Me acuerdo de todo.
Uno puede emborracharse sin tomar. Desde entonces me vengo emborrachando sin tomar, cada fin de semana. No es un decir, y no significa actuar como borracho. Es permitir que el lado irresponsable y divertido salga a la superficie. Me recuerda un poco cuando en el colegio nos daba la bobada. Este descubrimiento me ha llevado a otra conclusión no menos importante: yo soy un rumbero de verdad, verdad. Mi rumba no proviene de las ganas (o la necesidad) de tomar, sino de una pasión profunda por la música, la gente y la noche. A mis treinta años, no siento ganas de bajarle el ritmo, como las sienten tantos amigos compañeros de piso. Creo que lo importante es no sentirse amenazado por la gente cuando toma, ni ser una amenaza para ellos. Entender que aunque no es bueno ser alcohólico no es malo tomar, me permite disfrutar con cualquier borracho. Lo único que no soporto es que me insistan que tome o, peor, que me echen trago en la gaseosa cuando no estoy mirando. De ahí en adelante lo que sea, emborrachémonos. Es más: presente este artículo y reciba un trago gratis en Pipeline. Doble. Hay por qué celebrar, hace un año no tomo.

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