Sé que en un congreso mundial de las Sociedades Bíblicas, en Amsterdam, los delegados argentinos presentaron una ponencia sobre mí. Lo que les resultaba llamativo no era tanto que vendiera Biblias casa por casa, sino que también lo hiciera en los medios de transporte público. En realidad lo que vendía en los colectivos de Buenos Aires no eran exactamente Biblias sino unos libritos con selecciones de promesas bíblicas que se llamaban Promesas de Dios para ti. Lo que les decía a los pasajeros era más o menos lo siguiente: damas y caballeros, lo que les vengo a ofrecer tiene valor, pero no tiene precio. Les vengo a ofrecer las promesas que Dios tiene para ustedes. No es un mal negocio: es sólo un peso y las conocerán tal cual están en su Palabra, en su Santa Palabra. Ustedes deciden. Así empezaba y no me acuerdo como terminaba; casi veinte años después ya no sé si Dios existe pero sigo creyendo que aquel era un buen speech, que atrapaba a los distraídos y ayudaba a que me compraran. La selección de promesas, además, era una idea brillante desde el punto de vista del marketing: me servía para mostrarle a la gente todo lo que Dios podía ofrecerle, pero nada de lo que exigía a cambio, una dinámica similar a la del famoso cuento del elefante que salva a la hormiguita, o a la forma en que en Buenos Aires el gobierno argentino comunica su reciente acuerdo comercial con China.
No recuerdo cómo decidí empezar con mi profesión, pero ahora que lo pienso bien, no es raro que me haya dedicado a vender Biblias. Mi padre, mi tío, mi hermano mayor y mi abuelo eran vendedores de libros y eran evangélicos. Yo fui el primero que juntó las dos tradiciones y me dediqué a vender libros evangélicos, entre los cuales, claro, el más popular y el único de lectura obligatoria para los creyentes o para los interesados en serlo es la Biblia. Tenía Biblias en rústica, en tapa dura, en ediciones de diferentes tamaños y diferentes precios, para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Tenía, además, diferentes traducciones: las más vendidas eran la de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera (que los evangélicos denominan Reina Valera), y la llamada Versión Popular, cuestionada por los puristas, pero más sencilla de entender por los neófitos. Andaba por la calle con un maletín negro que contenía, básicamente, Biblias, Nuevos Testamentos, Promesas de Dios para ti y folletos de literatura evangélica. Había formado con un socio una pequeña empresa que se llamaba Ictus, como una especie de clave secreta que usaban los primeros cristianos para comunicarse entre sí cuando eran perseguidos por el imperio romano. Mi socio tenía coraje para vender Biblias casa por casa, pero se asustaba a la hora de subirse a un colectivo.
Todos los días, antes de empezar, marcábamos una zona de la ciudad en un plano, orábamos para que Dios nos bendijera y arrancábamos. En la mitad, diría en dos tercios de las puertas que tocábamos, la gente nos decía cosas como la señora no está, no tengo interés, no, estoy ocupado, o gracias, yo ya tengo mi religión y no quiero que me la cambien. En un tercio de las casas nos abrían la puerta: había gente con inquietudes espirituales -existe una especie de clientela fija de movimientos religiosos, gente que anda deambulando de creencia en creencia a medida que se va sintiendo insatisfecha-, gente que se sentía muy sola y tenía ganas de hablar con alguien, o gente que, como nosotros, se sentía dueña de la verdad, de una verdad distinta a la nuestra, y pensaba que nuestra llegada era una oportunidad para transmitirla. A menudo teníamos que aclarar que no éramos Testigos de Jehová: es que los Testigos son los mayores especialistas en el método de presentarse casa por casa, mientras que los evangélicos son más propensos a evangelizar en las plazas. No se trata, en este caso, de una cuestión ideológica, sino más bien de una cuestión de estilo.
Solían preguntarnos cuáles eran las diferencias entre los evangélicos y los Testigos de Jehová, lo cual derivaba en largas y estériles discusiones teológicas: se supone que no debíamos enfrascarnos en discusiones, pero a veces nos azuzaban y salíamos en defensa de nuestra fe contra los ateos y los idólatras del mundo. Una vez un joven trotskista nos invitó a tomar mate con facturas y trató de convencernos de que éramos involuntarios agentes del imperialismo, y de afiliarnos a su partido. Recuerdo que me sorprendió encontrarlo muy parecido a nosotros y recuerdo que, al verme reflejado en ese apasionado militante, me pregunté por primera vez si hablaba más de lo que escuchaba. Los creyentes se sonrojan cuando alguien se los hace notar, pero es inevitable: la vida de un creyente consiste en hablar más de lo que escucha. Un creyente se cree depositario de una serie de verdades esenciales: nada más y nada menos que para qué vive, cómo debe vivir y adónde va después de esta vida. Un creyente se desespera cuando ve que a su alrededor desconocen el sentido de la vida y, claro, se pone pesado. Por supuesto que los que no conocen a Dios pueden ser felices, dijo una vez uno de los pastores de mi iglesia. Es la felicidad irresponsable de aquel que no sabe que se está yendo al infierno, explicó. Si uno cree que los que desconocen el mensaje están perdidos, que se pueden ir al infierno, pues entonces uno sufre por los demás, uno es capaz de ponerse insoportable por amor.
Yo, por ejemplo, era insoportable. Logré que un viejo compañero del colegio dejara de escuchar sus discos de heavy metal, logré que un mendigo alcohólico que paraba en la esquina de mi iglesia cambiara el vino por la leche -no sé qué me hicieron: me embrujaron, se quejaba, por culpa de ustedes ya no puedo tomar vino-, logré que viejos creyentes que habían perdido su fe la recuperaran. Una familia de chilenos pinochetistas me agradeció porque reavivé en ellos la llama cristiana, sin embargo, nunca dejaron de ser pinochetistas. Un señor me agradeció por haberlo ayudado a regresar al redil y me pidió que oráramos juntos: en medio de la oración comenzó a emitir extraños sonidos guturales y cuando terminó de orar me dijo que el Espíritu Santo le había devuelto su don de lenguas, que creía haber orado en arameo. Ahora me parece un disparate, pero entonces creí que era cierto.
Llegué a vender doce Promesas de Dios para ti en un solo viaje, en un colectivo con veinticinco pasajeros: perdí la cuenta de cuántas vendí en total, pero no dudo de que fueron cientas. Debo haber vendido unas ochenta Biblias casa por casa. Era un adolescente con una increíble capacidad para persuadir a los demás de cosas que yo mismo, como lo demostró la vida, tenía prendidas con alfileres.
A los 18 años empecé a estudiar periodismo. Fui a parar a un curso muy heterogéneo: había ex guerrilleros de los movimientos revolucionarios de la década del 70, universitarios racionalistas, un par de marxistas ortodoxos, una chica que había vivido en Madrid en plena movida, un par de gays, un par de lectores fanáticos de Macedonio Fernández y de Borges... Entre todos, me hicieron estallar la cabeza. Todos tenían más dudas que certezas, todos habían vivido mucho más y eran mucho más interesantes que yo. Con el tiempo comprendí que el periodismo y la religión, en su esencia, son profundamente antitéticos. Yo no sé qué pasó y quiero saber. Yo no sé cómo son las cosas y quiero averiguarlas. Yo no tengo respuestas: vivo buscándolas. Mi búsqueda se nutre de lo que me cuentan, de lo que me muestran, de lo que no me muestran, de cómo organizo todo eso. Eso es el periodismo: el ejercicio constante de la duda. Yo no sé adónde voy después de esta vida, pero sí sé que la vida incluye suficientes preguntas como para andar preocupándome por eso, que la búsqueda de la trascendencia puede llegar a ser la más banal de las aventuras.
Ya no vendo Biblias ni Promesas de Dios para ti, ni nada. Dejé de ir a la iglesia, pero con el tiempo aprendí que nunca nadie puede abandonarla del todo. En algún momento saqué una conclusión obvia; a este muchacho lo mataron hace dos mil años... ¿Qué culpa tengo yo de su muerte? La culpa constante, la idea de que uno está pecando todo el tiempo por el solo hecho de ser humano y que debe arrepentirse, pedirle perdón a Dios y seguir adelante, no se va nunca, aunque parezca que se haya ido. Cuando uno deja de responder a esa lógica, no tiene más remedio que vivir en oposición a esa lógica, reaccionar contra esa lógica. Ese tipo de cosmovisiones se graban en la piel, se incorporan como material genético. Hoy, quiera o no quiera, piense o no piense en eso, vivo rechazando el mandato divino, vivo tratando de acceder a la libertad que me faltó en mi adolescencia. Mi madre me quiere evangelizar cada vez que me ve: enuncia un discurso que me sé de memoria. El mayor de mis hermanos tiene una librería evangélica, monta stands en las campañas masivas de pastores famosos, administra una radio, edita un periódico con notas que hablan de la conveniencia de que nuestros hijos no miren los Simpsons y de los mensajes satánicos en la música popular. Mi otro hermano trabaja con él. Hace ya un año abrió la librería en la que trabajan mis dos hermanos y todavía no pude juntar el coraje suficiente para visitarla, porque el acto de visitarla implica reconocer lo lejos que estamos.
La gente que me conoce se sigue sorprendiendo cuando le cuento que en una época vendía Biblias. A veces lo menciono como al pasar y a los demás les parece interesante, y me piden que entre en detalles.
Cada tanto, sin embargo, tengo la incómoda sensación de que alguien me está observando. No es nada grave: me produce un leve fastidio, dura unos segundos y después se me pasa.
 
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