La fiesta se había armado temprano, el día anterior, en uno de los antros cercanos a la universidad donde por lo general arrancábamos sin saber ni cuándo ni dónde íbamos a terminar. Mis compañeros de juerga eran de lo más selecto de la Javeriana, asiduos habitantes de "la playita" de Comunicación y grandes bebedores por vocación. Aquella noche recorrimos cien lugares diferentes tratando de encontrar el fondo de la botella que nunca apareció. En la madrugada, casi amaneciendo, y con algo de cargo de conciencia pues teníamos clase a las siete, fui a llevar a su casa al Gordo Ardila con la promesa de que pasaría a recogerlo solo unos minutos después, una vez yo fuera a la mía a cambiarme de ropa.

No dormí ni un minuto, me cambié, y salí de mi casa a las seis de la mañana a buscar a mi amigo que vivía en El Polo. El camino ya era conocido, mi casa era en Teusaquillo, tomaba la carrera 17 y me llevaba directo. De todo eso estaba seguro en medio de la rasca. Tras veinte minutos, a la altura de la calle 67, paré ante el semáforo en rojo y pasó lo más insólito que me ha ocurrido: frené el carro y me quedé dormido, absolutamente profundo, sumergido en el mejor sueño que he tenido en toda mi vida. El carro siguió prendido no sé por cuánto tiempo, pero fue demasiado, ya que la gasolina se le acabó a mi viejo Peugeot 505 y ahí empezó el show: un tipo totalmente pálido, inmóvil, a plena luz del día en la mitad de Chapinero, dentro de un carro apagado y con los vidrios abiertos. La escena perfecta, alimento para el morbo. Con el paso de los minutos los peatones se empezaron a aglutinar alrededor de aquel cuadro. Debieron pasaron cientos de personas aquella mañana, todos preguntándose quién era la víctima y cuáles los "móviles" del siniestro.

A las ocho y media, después de más de dos horas de profundo sueño, una señora de la tienda de la esquina llamó a la Policía. Los agentes que llegaron tuvieron la brillante idea de buscar una identificación y ahí, en medio de la requisa, me desperté. Ya se imaginarán el susto tan "hp". Me dieron la oportunidad de estirarme un poco y, después, la salida triunfal. Los curiosos que me acompañaban estallaron de jubilo: "Está vivo, está vivo", gritaban. Probablemente esos fueron mis quince minutos de fama. Después me llevaron a la tienda y me dieron algo de tomar. Los policías no podían hablarme en serio porque también les dio risa cuando les dije que me había quedado dormido. Tras darme un merecido sermón, llamaron a mi mamá. Lo bueno es que, al final, no estaba muerto, solo andaba de parranda.

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