Hay dos tipos de personas que hacen osos. Unos son los que dicen o hacen payasadas para hacer reír a los demás. Y otros,  los que llevamos el gen de la estupidez. Mejor dicho, los genuinamente idiotas. Desde que tengo memoria, mi vida ha estado marcada por grandes ridículos. Siendo niña, me subía frecuentemente al bus de otro colegio. En revista Semana, donde trabajo como editora económica, le dije a mi anterior jefe que su hermano era un lagarto. Y al actual director de la revista, le conté que mi vino preferido era el Chateaubriand, en lugar del Chardonnay. En el programa de televisión que presento, varias veces he llegado a grabar al estudio equivocado. Y alguna vez, al estar trabajando en Filadelfia, me atoré con un maki en plena sala de redacción. El show fue divino. Hubo llamada al 911, paramédicos, etc.

Pero la historia que les voy a contar es, sin duda, la peor de todas. Además de ser el oso campeón —y reto al mundo entero a que cuente uno peor—, es una grandísima cretinada. Estaba en quinto semestre de Administración de Empresas en Los Andes. Yo era la más nerda de toda mi clase; ñoña entre los ñoños. A mi lado, Lisa Simpson se vería como la vieja más avispada y popular. Mi vida transcurría entre tres sitios: mi casa, la biblioteca y la universidad. A ellos me llevaba y recogía siempre el chofer de mis papás. Gracias a sus trabajos, siempre tuve la fortuna de contar con ese tipo de privilegios. Así que para bien o para mal, nunca tuve la necesidad de coger taxi ni bus. Hasta el día en que me tocó. Fue un jueves. Ese día, Héctor, el chofer de turno, se estrelló. Y por culpa de eso no pudo recogerme. Mi papá me dijo que cogiera un taxi hasta la casa. El problema era que solo tenía 500 pesos, que apenas me alcanzaban para montarme en un bus ejecutivo.

Como no sabía ni cómo, ni dónde se cogía, mi amigo Fernando me acompañó hasta el paradero en la calle 19. Me dijo que esperara el E-43, que ese me dejaría al frente de mi casa. La cosa parecía fácil. Apenas lo vi venir me abalancé a la calle, me subí al bus, le di la plata al chofer y me senté en la primera banca. De repente un señor comenzó a entregar paquetes de manimotos. ¡Pero qué maravilla! ¡Esto es como en los aviones! A uno le regalan comida para que el viaje sea mejor. Y lo más importante: para que uno se fidelice con el chofer del E-43 y siga cogiendo ese mismo bus una y otra vez. Eso es lo que se llama customer satisfaction y Post-Sale Service and Support y me lo acababan de enseñar en una clase de mercadeo. Y mientras pensaba en eso, me preguntaba: ¿Por qué será que la gente se queja tanto del servicio público, si es tan bueno? ¿Acaso no ven que saben muchísimo de mercadeo? Gente bruta.

Entonces procedí a abrir mi manimoto. Cuando ya me estaba terminando el paquete, el mismo señor que me lo había dado, estaba frente a mí extendiéndome la mano.

—Sí, señor, cuénteme. ¿Qué quiere?

—Pues la plata

—¿Plata? ¿Luego esto no era gratis?

—¿Usted me está mamando gallo, niña?

—Le juro, señor, que yo pensé que era gratis.

—Gratis ni un tiro. Deme la plata.

—Pero es que no tengo ni un peso, los 500 que tenía los gasté en el pasaje del bus.

—De acá no se baja, gomela, hasta que me pague.

—¿Pero con qué? Mire, yo le juro que creí que era como en los aviones.

—Míreme esta gomela, no tiene para pagar unos manimotos, y hablándome de aviones.

En esas andaba cuando la señora que estaba sentada a mi lado le preguntó: ¿Cuánto es? Son 300. Y sacó de su cartera unas cuantas monedas y se las dio.

—Señora, usted es un ángel. Me acaba de salvar la vida

—Mire, niña: cállese.

—Pero, ¿por qué?

—¡Porque a esta altura todavía no sé si usted es o muy viva, o muy boba!

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