Sí, viví hasta el fin en San Joaquín de Flores, en Heredia, una provincia de Costa Rica. Nadie se pierde allí, en ese pueblo de un metro cuadrado. Cuando me preguntaron por mi vida, amores e historias, siempre respondí con otra pregunta: Díganme la dirección, tuve vida, amores e historias por país, por lugar, por calle.

Si se trata de España, a mí esa Península me corre por las entrañas, la adoré. La caminé y un gitano me llamaba: ¡Chavela, allí está tu calle! Dos cuadras después, una placa en el edificio esquinero escribe: "Calle Chavela Vargas", en la noche, dos gitanas pasan y tiran claveles. Mis amigos están allí, son tantos, Pedro, Macarena Rey, tantos.

México fue mi hogar. Claro, siempre seré mexicana, tuve papeles. Yo adopté mi pasaporte. Pregunte a cualquiera, hasta a la Muerte le canté rancheras. En tierra azteca se corren rumores de que la Chavela era de Acapulco, otros, dicen que era de Monterrey. Viví en casa de Frida (Khalo), tomé todo el alcohol con Diego (Rivera). Comentan que inspiré a Juan (Rulfo); lloré con Agustín (Lara). Ellos murieron. Ahora me tocó a mí.

Seguiría con la geografía, pero hay que aceptar el domicilio. Nací en Costa Rica. A nadie le importa, a mí me duele. Siempre se detuvo el tiempo cuando toqué suelo tico. Me fui a México, como las otras, huyendo, aún niña. Allí lloré con Yolanda (Oreamuno) las mismas lágrimas de quien vive el destierro de la apatía.

Cuando necesitaba desacelerar el paso del tiempo venía a Costa Rica, a San Joaquín, donde vive mi familia. Allí nada sucede, sola comí, leí, dormí, pensé. No hubo más que resentimiento. No fui nadie allí. No existí. Fui un ser rarísimo que no existió. Desconcertante. Se hablaba de mí sin hablar. Allí aprendí la soledad de Neruda. Me encontré mil veces recordando a Lorca:

Soledad de mis pesares

caballo que se desboca

al fin encuentra la mar

y se lo tragan las olas.

Pedro (Almodóvar) anda con la idea de un homenaje, él sabe que lo amo, cuando nos reuníamos me torcía la mirada si Miguel (Bosé) se pasaba con los besos. Ambos quedaron claros de quién es la que los amó. Pedro fue mi amigo, me lo llevé en el alma. En México ya nos reunimos todos, el homenaje a mi voz fue en septiembre. Aunque me dejó tirada en cada borrachera, amé a Joaquín (Sabina), siempre juntaba papeles sucios en los bares para escribirme cartas de amor. Sí, del suelo. Arrugados. Siempre me mandaba recados con cochinadas. Chavela: "voz de rayo de luna llena". Nos amamos. Amé a su esposa. Mi lengua libre fue amiga y enemiga, por ella hoy mi cuenta está en cero: sin deudas. No le debo nada a nadie. Ya dejé el bulevar de los sueños rotos. Lo que quise hacer lo hice: soy Chavela Vargas. La Vargas.

Mi Gabo. Con él almorcé una vez al año en cualquier país, hasta casi el último momento, aunque tenía dos años de no buscarme. Cuando me llevó a Aracataca entendí que Cien años de soledad se escribió sola, cada rostro de esa Macondo fue retratado en las cuatrocientas tantas páginas.

Quiero que mis amigas mexicanas me recuerden en un atardecer. Que me vean tranquila. España, que no olvide mis borracheras y los días con canción. Nadie más va a contestar cuando la llamen "¡Chavela, yo espero verte llegar por Sevilla!" en una tarde de toros.

Que las feministas no me lloren. Que no me salgan con películas documentales, si no es Pedro, no es ninguno. Ya que no me hablen de moral, no es ni doble ni triple, eso ya pasó de moda. Hoy es moral o pornografía.

No me llevé nada más que mi alma y mis recuerdos. Me fui en un ataúd, que es lo que se usa. No había otra cosa en qué irme, porque estaría fuera de moda. Dirían: "¿y eso? ¿Chavela inventó irse en otra cosa?, sería horrible.

En las manos llevo la gloria. Yo me he muerto sin agonía. Morí de pie en un escenario, gritando La canción de las cosas simples. Como soy. Como fui. Todo el dinero lo regalé. No traje nada. No dejé nada. No cargo arrepentimientos. Siempre cociné espantoso, ¡qué desmadre era cocinar! Solo en Costa Rica cociné, siempre me dieron buena comida en el resto de los destinos.

Soy una mujer. Orgullosa de ser mujer. Eso no se pierde con la muerte. No me hubiera gustado ser macho. Pasé muchas amarguras por mi carrera, pero todas las olvidé cuando alcancé la gloria. Mi vida la pasé peleando por tener y por no tener. Por cosas hermosas y feas. Cosas que no existen. Hasta que no tuve por qué pelear. Por eso, ya no estoy. Este ya no es mundo mío.

Una vez salí de los infiernos, pero lo hice cantando; lo hice ayer, hoy lo vuelvo a hacer, esta vez más fuerte: gritando una de José Alfredo (Jiménez). Un balazo y tres tequilas. No tengo dirección. Soy de todas partes y de México. Mi domicilio es desconocido. Canto. Canté. No hay más que una Chavela. La Vargas.

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