Murió Fanny. Fue el 12 de enero de 2011, en Bogotá. Fui tan berraca que me iba a morir tres días antes, pero dije que no lo hacía hasta que me subieran al escenario del Teatro Nacional de La Castellana. La gente no podía creer que yo, a los 85 años, todavía estuviera mostrando piernas y tetas y siguiera haciendo todas las locuras que hice.

En el funeral cumplí lo que prometí: que el día de mi muerte estarían Joe Arroyo y el grupo Niche, para que todos bailaran, tomaran y celebraran la vida. Porque la vida valió la pena vivirla. Claro, el día de mi entierro no me alcanzaron a ver todos mis amantes porque muchos de ellos se murieron antes que yo; pero esos fueron los viejos, los jovencitos sí alcanzaron a ir al funeral.

Por suerte alcancé a hacer varias cosas antes de irme y logré que todo mi equipo jurara que no iba a acabar con el Teatro Nacional ni con los festivales de teatro. No me puedo quejar. Sufrí mucho, pataleé mucho, grité mucho, pero también gocé como nadie, tuve también los más hermosos amigos del mundo.

A mi funeral llegaron aviones desde diversas partes del mundo con amigos de México, de Francia, de España, de Argentina. Todos llegaron a bailar, a tomar y a decir qué rico fue haber conocido a Fanny.

Ya a mi edad nadie iba a las discotecas, pero no me importaba. Fui muy dura con mi espíritu y con mi vida. Podía estar muriéndome, pero el show tenía que continuar y no permitía que nadie suspendiera una función. Por esa razón, unos me amaron y otros me odiaron. Ahora que estoy muerta la gente va a desfilar frente a mi tumba, como si fuera santa Evita Perón, así que espero que John Jairo me maquille y me peine para que me vean siempre linda.

Qué suerte tuve. Dios y María Auxiliadora me salvaron hasta los 85 años para seguir galopando y preocupándome por todo. Ojalá que a quienes dejo recuerden que las cosas en esta vida no se hacen para la gloria personal, sino para que la gente se olvide de sus penurias.

85 años, los viví bien, no me puedo quejar. Qué tal que la gente supiera todo lo bien y lo mal que la pasé. Yo, por suerte, nunca recordé lo del mal, entonces no me pienso acordar de eso ahora que estoy muerta. Lo que sí recuerdo es todo lo que luché y todos los amigos tan lindos que tuve. Ah no, sí hay una cosa mala: por haber trabajado tanto no tuve tiempo para el placer; cómo me hubiera gustado encamarme mucho más de lo que me encamé. Pero valió la pena porque con los que me encamé la pasé bien.

Tantos recuerdos, tanta vida, tantas locuras. Yo fui muy seria y la gente me respetaba. Acá en el cielo espero desquitarme y hacer todas las sinvergüenzadas que no pude hacer en la tierra. ¿Estaré en el cielo? No sé, ¿Dónde estaré? Yo no creo que me dejen allí porque tengo una mente un poco perversa y ese tipo de personas no vamos al cielo. Dicen que hay un camino para afianzarse, si caigo en el cielo o en el Infierno, no me importa, que Dios haga lo que quiera.

Yo trabajé mucho, pero tuve una inmensa suerte. Como dormía poco tenía tiempo para rumbear, para estar con los amigos y para descargarme de tanta responsabilidad, por eso me encontraban en lugares tan sinvergüenzas y a mí no me importaba. Yo podía ser amiga de las prostitutas y de los travestis, pero amiga de los presidentes también.

Eso me hace acordar de una vez que un tipo me dijo que yo salía en la prensa más que un presidente. Yo le respondí que era cierto, porque un presidente sale cuatro años y yo hace cuarenta años que estaba figurando.

¿Qué dirá la gente ahora que no estoy? ¿Me llorarán, me querrán? Yo creo que sí, yo era muy chévere. En mis últimos años decidí cantar tangos y me fue tan bien que me convertí en una cabaretera en vez de una mujer de teatro. Por suerte logré hacer los festivales de teatro de 2008 y 2010 y después me fui, me fui como nos vamos todos.

Me llevó un infarto por causa de la presión arterial alta. Me sorprendió después de una obra. Me llevaron a cuidados intensivos pero, consciente de que mi cuerpo no aguantaría mucho más, pedí que me llevaran a la casa, y a mi hijo, el amor de mi vida, le dije que no me dejara morir, que me llevara al Teatro Nacional La Castellana y me pusiera en el escenario. Ahí le di un beso y le dije adiós.

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