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Publicado 2006-11-10

Obituario de Juan Guillermo Ríos

Entendí entonces que la salvación es en vida y que, por lo tanto, ningún muerto se salva. Entendí que la rendición de cuentas no es sobre religión sino sobre fe. Y que fe y religión no van de la mano.

Obituario de Juan Guillermo Ríos.
La muerte es mi aliada. Es más, es mi amiga. Ya estuvimos juntos. Y como ya nos conocemos, nos respetamos y no nos tiramos raya. No sé cuántos conocen la muerte como yo la conozco. Pero lo que si sé de manera inequívoca es que soy uno de los poquísimos que en el mundo tienen ese privilegio. El que yo haya muerto y regresado me diferencia de los demás. Eso me encanta. Y por supuesto, no me disgusta. Me hace fuerte. Corría el primer trimestre de 1999. Mi cuerpo, carcomido por las escaras, se consumía pavorosamente. Pesaba 27 kilos tras un coma de 92 días que ya había llevado mi vida a una situación límite, con dos paros cardíacos y dos paros respiratorios que trajeron consecuencias seriamente funestas: en uno de ellos no me llegó suficiente aire al cerebro durante doce segundos. Para entonces, enfrentaba la segunda de las 38 cirugías de alto riesgo que, hasta el día de hoy, el cáncer que enfrento me ha deparado con abrumadora benevolencia. Como a las diez de la mañana de ese día, ciertamente soleado, pero trágico para mi familia, lo que mi espíritu escuchó, cuando yo ya me encontraba en la mitad de mi más allá, no eran propiamente señales reconfortantes para mi vida. Todo lo contrario. "Juan Guillermo tiene muerte cerebral. Se nos acaba de ir y ya no regresa. Hablemos con la familia para desconectarlo". Vi cuando el doctor Pulido, que dirigía el valeroso equipo médico que estaba a cargo de mi compleja situación clínica, les trasmitió la noticia a mi hijos Andrés y Sebastián. En segundos, la misma se regó como pólvora. Mientras la información llegaba a los medios, simultáneamente mi familia encaraba la rápida toma de una decisión tan trascendental como determinante en sus vidas: "Lo desconectamos o no lo desconectamos". Ese era el asunto por decidir. ¿Fácil, no? Para estas alturas, yo era ya más espíritu que cuerpo y como tal estaba totalmente incapacitado para defenderme, y mucho menos para opinar. Lo único que se me ocurrió en mi viaje al Hades, que entre otras cosas lo hice sin túnel y sin peajes, fue comunicarme desde mi estadio espiritual con mi madre y suplicarle, en medio de mis ruidosos silencios, que no me dejara desconectar. Comencé a verlo todo. Vi cuando la familia avanzaba en la votación. "¿Cómo así que me van a desconectar? Noooo. Ni por el putas, todavía tengo muchos asuntos por resolver y muchas mujeres por enamorar. ¡Andrés, Sebastián, Zarai, mamá, hagan algo. No me quiero morir!".

Con exceso de llanto, en unos, escasez de lágrimas secas, en otros, y abundancia de acaloradas discusiones, en casi todos, mi familia seguía deliberando. Yo los observaba y pensaba: "¿Y si me desconectan,... qué viene después?". Ni siquiera tuve tiempo de dar instrucciones sobre mi funeral, el que siempre he deseado se cumpla bajo los cánones del rito católico latino. ¿Me cremarán? No. Me molesta el olor a quemado y el ripio no ha tenido una buena figuración en la lista de mis favoritos. ¿Me sepultarán? Peor. Si algo me desagrada y me saca de quicio son los malos olores. Nunca me han gustado ni las cosas podridas, ni los baños sucios y mucho menos los cuerpos putrefactos. Y sinceramente, aún no me veía chupando lirio. Me pregunté: "¿Y si me muero, qué me voy a llevar? Pues nada, güevón", me respondí de inmediato y agregué: "pregúntate qué huella y qué legado les dejas a los tuyos". Ríos, mucho cuidado: con tu muerte ni heroización ni mucho menos divinización, como decían los griegos antiguos", me dije.

La situación para mí era extremadamente crítica. Ya el padre Francisco me había aplicado los santos óleos y, como para que no quedara ninguna duda, monseñor Pedro Rubiano fue llevado a mi frío y estrecho cubículo en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), para que me diera su bendición final, a manera de postrer adiós. En medio de tanta santidad que me rodeaba, vi un zafarrancho el hijueputa en el propio seno de la UCI, justo cuando ya mi cuerpo empezaba a enfriarse, en pleno rígor mortis: mis hijos Andrés, Sebastián y otros amigos, puteaban, pateaban y golpeaban a un fotógrafo de un periódico de esos de moral prostibular, que se había colado y había logrado las primeras placas impresas de lo que para ese momento era Juan Guillermo Rios muerto. Sobra decir que al pobre man le dieron tan duro ese día, que casi lo dejan internado por la impresionante golpiza que recibió. Su trabajo no fructificó, pues el rollo fue decomisado y destruido por la seguridad, que presurosa acudió a defender a los que ya nos habíamos ido, y no éramos parte de este mundo. El panorama seguía siendo agrio, áspero, desolador. Vi cuando llegaron dos enfermeras y taparon todo mi cuerpo con una sábana blanca. Oí cuando una de ellas comentó: "Mija, uno menos en la UCI. Vaya ponga la F (falleció) en la lista de la puerta para que la familia se entere". En ese instante preciso me dio más sed. Los minutos finales de los moribundos son de sedienta gratitud con la vida. Como se vive, se muere. A regañadientes y con afortunado desgano, mi cuerpo se iba separando de mi alma. Comenzó entonces dentro de mi una impresionante batalla entre el bien y el mal, para ver cual de estos dos superpoderes se quedaba con mi espíritu. De repente, me encontré rindiendo cuentas. Morir y rendir cuentas es como devolver aceleradamente todo el casete de la vida. Vi mi concepción. Vi mi nacimiento. Vi mi infancia. Mi primera comunión. Mi juventud. Mi primer amor. Mi primer bareto como camaján en las comunas de Medellín. Lo vi todo. Lo bueno y lo malo. Vi el libro de mi vida. Todo, nítidamente todo, incluido aquello que en vida no entendía. Vi la Luz y la Luz me habló. Me hizo tres preguntas: Primera: "Yo te he dado unos hijos, dime ¿qué hiciste de ellos?". Segunda: "¿Qué uso hiciste en vida del bien y del mal" y finalmente: "¿Perdonaste? Hiciste el perdón. ¿Tu muerte fue en mí?". Entendí entonces que la salvación es en vida y que, por lo tanto, ningún muerto se salva. Entendí que la rendición de cuentas no es sobre religión sino sobre fe. Y que fe y religión no van de la mano. Al final de cuentas, me devolvieron. Fui arrancado del mundo de los muertos y, de un tajo, traído de nuevo al de los vivos. Ese día no era mi día. Pero, en honor a la verdad, sí fue mi día, porque ese día cambió radicalmente mi vida. Cuando tomé conciencia de nuevo, me enteré de que no me habían desconectado porque había ganado por un voto: el de mi madre, Cecilia. Ella desempató semejante enredo y metió, ese sí, el gol de mi vida. Al volver de por allá, me contaron lo que se habló, bien y mal de mi viaje con regreso de la muerte. Los obituarios eran los mismos: "Después de soportar una penosa enfermedad, falleció el periodista Juan Guillermo Rios". Nunca he entendido ese terminaco compuesto de "penosa enfermedad" con el que siempre se refieren a quienes enfrentamos el cáncer y en él morimos. Uno se queda sin saber si aquello de "penosa enfermedad" es por lo vergonzante o por lo dura de la misma. Al final, ese hoy no es mi problema. Estoy dedicado a ponerme al día y a terminar mis cosas inacabadas, como reconciliarme con mis hijos. Me reconcilié con mi madre justo antes de que recién ella falleciera. También con aquellos a quienes les hice algún mal. Y me volví a enamorar. De nuevo, estaba vivo.

Devolviendo en mi cerebro el casete de todo este apasionante rollo que me ha tocado vivir, confieso que también he recibido premio y reconocimiento en exceso a tanta lucha: en los recodos y en los entresijos que han enmarcado el feliz periplo de mi recuperación, encontré el amor de mi vida. Sí. De verdad. Esta vez sí es en serio. Tanto así que me volví a casar. No solo por el ser humano íntegro y fuera de serie que ella es, sino también por el deslumbrante hembronón que encierra en su cuerpo su desbordante belleza, hubiese sido una verdadera y auténtica lástima haberme perdido de Sandra Marcela Rodríguez, si hubiese muerto el día aquel que afortunadamente no fue mi día. Pero una cosa es cierta: lo que es de uno, es de uno, no importa en qué época de la vida te lo concedan o te llegue... Con ella y por ella, bien vale la pena seguir apostando por la vida. Estoy seguro de que cuando definitivamente me toque "levar anclas para nunca más volver", en concordancia armónica con el bello poema de Barba Jacob, mis benévolos hijos, familiares y amigos, dirán en mi sepelio: "Despedimos hoy a Juan Guillermo Rios, de profesión periodista, un enamorado del amor, del perdón y de la vida". Mis malquerientes, con rostros macilentos, comentarán en voz baja: "Por lo menos bien comido sí se fue ese man". Le pregunté a mi esposa: "¿Amor mío, y ese día tú y nuestra hija Nicolle, qué van a decir?". Y ella misma escribió esta respuesta: "Nunca rehusaste ser cautivo de nuestro amor, pero quisiste a la vez ser libre y fuiste cautivo por tu propia voluntad. Vuelve, vuelve, amor mío, y deja que bese tus labios por última vez".
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