Nunca me he acostado con una virgen. Desflorar mujeres es un privilegio que he optado por dejarles a mafiosos enrumbados en islas del Caribe, terratenientes colombianos cobrando aparcerías, impolutos miembros del Opus Dei blandiendo sus ídem en la noche de bodas y adolescentes que suspiran y dan saltitos entre campos todavía florecidos antes de caer sobre sus gráciles enamoradas. No es para mí, lo de las vírgenes. Yo dejo que se vanaglorien de su pureza los puros y sigo insistiendo en ser columpio para acrobacias de conocedoras.

Nunca me he acostado con una virgen y he estado tan lejos de hacerlo, que en la escala imaginaria y neurótica que va de la virginidad a la maternidad, siempre se me han dado mejor las cosas ?como a futbolista en cancha propia? divirtiéndome en compañía de esas mamás que no son mi mamá. Y no me quejo. Una mujer que es mamá (no tengo, por supuesto, cómo demostrarlo) es mucho más mujer que una que todavía no lo es, con todo lo que eso puede tener de bueno y de tenebroso.

Y soltada esa frase lapidaria, procedo inmediatamente a contradecirme, afirmando que soltar frases que empiecen con las mamás son... es tan idiota e idiotizador como decir los negros son... (generalmente seguido de fiesteros, sensibles, alegres y otras imbecilidades útiles). Así es que las mamás no son algo inmutable como tampoco lo son los negros: ni sabias, ni expertas, ni tiernas. Si ni siquiera son maternales.

Y si para escribir es necesario definir, reducir la realidad, pues mejor hacerlo en trozos un poco más gruesos que el trozo mamás.

Así es que entrados en carnes, el trozo de mamá que más me gusta es aquel en el que una mamá ajena me ha mirado haciéndome saber que se goza el hecho de haber parido (nadie da a luz hoy en día) y también el hecho de seguirse divirtiendo con el sexo como nos divertimos casi todos. Hablo de mamás casadas pero libres, o mamás solteras, o recién separadas, o viudas alegres. Mamás que como uno rondan los treinta años pero ya han amamantado a un ser humano.

Medidas las miradas mutuas, una mamá que todavía está dispuesta a divertirse con su sexo ?y con el de uno? es un prodigio de la naturaleza, una alegre demostración de que la vida está viva, aunque esto suene tan imbécil como más arriba sonaba lo de 'las mujeres son más mujeres'. Pero así es. No es que esas mamás entreguen todo el amor maternal a sus hijos y dejen para sus amantes el otro amor, no es que puedan partir el amor, es más bien que cuando se están entregando en silencio o en conversación o en fornicación, son mamás y son amantes. Todas las mujeres lo son, mamás y amantes, sí, o eso hemos asumido, pero no todas las mujeres han pasado por las infinitas pruebas budistas de aguantarse a un hijo o a una hija en trance de arma de destrucción masiva. Ni han alimentado ni orientado. Ni han visto crecer y crecido simultáneamente ellas mismas. Ni han vivido un parto. Ni tienen conciencia (sí la tienen estas mamás de las que hablo mientras miran al amante o al prospecto de amante) de que en el instante del coqueteo un ser vivo que les salió de adentro está sacándose los mocos en el colegio o jugando al fútbol o mirando a su propia amante.

Y ahí sí hay una diferencia, no solo porque las que crecen viendo crecer hijos crecen más crecidas y miran más mirado, sino porque una decepción en la cama, un desplante, un chiste mal echado o un recuerdo mal recordado en compañía de una mamá no tiene ninguna importancia frente al hecho consumado de la maternidad. Los accidentes de pareja son motivos de risa, de comprensiva risa, por todos los errores y todas las caídas pasadas. Y no solo se ríe la madre. Se ríe uno también. Y cuando se ríe uno desnudo en la cama de una madre, se siente un poco madre uno también.

Es esa pues la primera categoría arbitraria de mamás, a la que llamaríamos si fuera exigencia 'mamás en igualdad de condiciones'. La segunda categoría es mucho más atractiva, y ahí sí se le acaba a uno el filantropismo y la poesía. Son las mamás de las novias o de las esposas (en superioridad de condiciones). Dos veces en mi vida he estado enamorado sucesivamente de una joven hermosa y de su hermana más joven y hermosa y he gastado muchos días en esos amores para acabar descubriendo el ahorro de corazón que habría representado conocer primero a sus madres. Pero nunca es demasiado tarde, con la mamá del deseo. Mujer de caderas anchas y amplios pechos, sonrisa ya pasada por todas las tormentas, movimientos de veterana deliciosamente envenenada de maternal atracción y maternal repugnancia hacia el pretendiente de su hija o sus hijas. Y en medio de ese cuadro rígido y normal no hay mejor fantasía que lograr o suponer que uno logra colar algo de amor del otro en el ambiente y creerse que llegará el día en que uno camine hacia el atardecer habiéndolo olvidado todo, dejando atrás la casa incendiada, las cenizas, y se alejará hacia el infinito de la mano fuerte de la mamá del deseo.

Y ya entrados en categorías de lo prácticamente inalcanzable (que hacen del alcance un placer más grande), está también el penúltimo trozo arbitrario: el de las mamás prohibidas. No hablo de las modelos de SoHo y otras mamás mamacitas. Ni de mi mamá. Hablo de la esposa del jefe, de la segunda esposa del papá, de la mujer del mejor amigo. De todas las mamás que uno puede ver como asomado por una ventana y en ejercicio de maternidad. Las que uno mira con ojitos dormilones por motivos distintos a los que ellas suponen mientras aman a sus hijos, juegan con ellos, los alimentan, los abrazan sonriendo. Y es también un placer reírse con ellas, excitado, admirado y elevado en su propia imbecilidad por estarse riendo.

Y por último ?y solo por hoy?, están también incluidas en esta arbitrariedad las mamás inesperadas. No de los hijos de uno, sino aquellas que después de unos días, en el momento más vulnerable y después de un largo silencio, confiesan tener un hijo y lentamente, como caminando sobre cáscaras de huevo, van soltando detalles, el nombre, las circunstancias del parto, algún indicio de la historia del papá. Y así, casi en silencio, lo hacen a uno cómplice tardío de lo más vivo de sus vidas, de lo más dichoso y lo más doloroso. Y cuando después de confesarse, de entregarse con el corazón, se entregan también con el cuerpo, es como si en el sexo prolongaran esa entrega, como si también ese tiempo que nos han entregado, ese tiempo delicado y casi inexistente en su fragilidad, ese indicio de otra vida, hiciera de la rápida dicha del sexo algo mucho más grande que eso mismo.

Y después del final del texto (y antes del de la vida) están a veces las otras, claro, también. Las mamás de los hijos de uno. Pero de esas no hablo porque no las conozco. Porque hijos, hoy, yo todavía no tengo con nadie.

Ximena Córdoba
A Ximena toda Colombia la conoce. Ganó el reality de Protagonistas de novela y se convirtió en personaje nacional. Las cámaras nos la mostraron cambiándose de ropa, bronceándose en diminutos bikinis, bailando sensualmente e incluso bañándose. La conocimos muy bien, aunque no todos nos enteramos de que ella es mamá desde los 16 años, lo que de alguna manera la convierte en una completa 'mamacita'. Hoy actúa en la serie Francisco el matemático y continúa preparándose para ese momento en que, por fin, sea una verdadera protagonista de novela. Tiene fila de admiradores y le interesa todo menos un compromiso largo o tener más hijos.

María Fernanda Barreto
Esta caleña es madre de dos hijos y al ver su cuerpo cuesta trabajo creerlo. Hace tan solo seis meses tuvo al segundo y aunque durante su embarazo aumentó veinte kilos, hoy no le sobra ni le hace falta un gramo. Está perfecta. María Fernanda tiene 28 años y además de hacer el papel de madre a la perfección, es toda una empresaria. La prueba son sus almacenes, Battistoni, donde pueden encontrarse zapatos Versace y Armani. Para surtirlos, María Fernanda viaja por lo menos dos veces al año a Milán. Ella sabe que su mayor atractivo es la madurez que le ha dejado la responsabilidad de ser madre, y está segura de que los hombres, sean adultos, jóvenes, casados o solteros, mueren por que ella los cuide como a sus hijos.

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