Solamente ahora que soy mayor que tú me siento capaz de escribirte y empezar esta carta haciéndote una confesión: por injusto que te pueda parecer tu muerte nunca fue el único tema de nuestras conversaciones. No porque guardáramos un mal recuerdo de ti o porque quisiéramos olvidar algún asunto más o menos desfavorable, o porque evocarte trajera mala suerte. Sencillamente porque estabas muerto y nosotros estábamos vivos. Supongo que no lo llamarás indiferencia y estarás de acuerdo en considerar nuestro comportamiento como un asunto restringido al campo de la salud mental. Eso de airear en público las carencias como mendigo de semáforo o eso de rasgarse las vestiduras para despertar ante el respetable un sentimiento de lástima, siempre lo hemos considerado como la máxima demostración de la peor educación.

A pesar de este tácito pacto familiar firmado en favor de la discreción y el respeto, tu ausencia la veía en los demás, se reconocía a la legua en las personas que nos rodeaban, pero muy pronto me rebelé contra aquellos que me la intentaban imponer como una especie de asignatura obligatoria, o en otras palabras, como si estuviera condenado a guardar riguroso luto desde mi niñez. Esta reacción se debe a una razón: tú falleciste cuando yo tenía año y medio de nacido. Entiende que actuaba en defensa propia. Entonces pensaba con cierta altanería que no tenía velas en ese entierro. Por supuesto que las tenía pero era asunto mío y de nadie más, de modo que apartando con mis manos la vorágine de recuerdos ajenos y vacunado contra el nocivo virus de la nostalgia, una corriente me fue llevando mansamente hacia ti, hacia esa persona que 15 meses más tarde de haberme traído al mundo desapareció en lo hondo de un barranco conocido por todos como La Garita. De eso ya hace 37 años.

Para empezar, no se me ocurrió otra cosa que hacer todo lo contrario de lo que recomendaban los manuales de sicología al uso: en lugar de matarte me propuse revivirte. En ese entonces ?de los 7 a los 12 años? creía que tu fantasma revoloteaba alegremente por ahí y que nos protegías cumpliendo funciones de ángel guardián. Para obligarte a aparecer, te exigía en mitad de cualquier examen que me soplaras la respuesta de tal o cual problema matemático. Absolutamente convencido de que me estabas oyendo te decía: "Papá, si en realidad existes en el más allá, si te importo algo, debes contarme ya mismo qué escribió Piñeros en la pregunta número dos". Como tuviste el cuidado de evitar cualquier tipo de manifestación paranormal, concluí con una crueldad de la que ahora me arrepiento, que si ni siquiera te dignabas en hacerme un favor tan elemental, entonces de nada valía que continuara intentando cualquier tipo de aproximación. Creo que ni el propio San Agustín fue tan severo a la hora de buscar la prueba definitiva de la existencia de Dios, ni el propio Cioran tan drástico para refutarla. Por lo tanto, en vista de tan pobres resultados, tanto académicos como personales, renegué de la metafísica y a regañadientes reconocí mi equivocación. Lo mejor era barajar de nuevo y volver a empezar.

Tenía que seguir adelante de modo que para que no se convirtiera mi búsqueda en otro lamentable ejemplo de dolientes, tus libros y los libros de tu hermosa biblioteca, subrayados y anotados con un lápiz carmín, donde encontraba papeles escritos con tu letra pequeña y minuciosa, me fueron dando las primeras pistas. Ya con la primera barba de finales de la adolescencia visité sin la patética postura que algunos le conceden a este tipo de actos los lugares donde también estuviste, conversé apasionada o desapasionadamente con tus antiguos camaradas de letras y de tragos y de política, revisé con detenimiento esas fotografías dentadas como estampillas que son en blanco y negro a causa del revelado y amarillas por culpa de la vejez donde aparecías delgado y feliz, siempre con tu perilla puntiaguda que, para tu información, se ha vuelto a poner de moda, para ir reuniendo una serie de fragmentos recogidos aquí y allá hasta que poco a poco fuiste surgiendo sin que te parecieras en nada a la estatua de mármol que añoraban tus amigos, ni tampoco al retrato de un ser inalcanzable rodeado por una aureola de santidad. El improvisado procedimiento del parricidio a la inversa arrojó sus primeros frutos porque al poco tiempo te empecé a sentir cercano, vivo, propio, porque de tanto tratarte ya me sentí a gusto con tu compañía.

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