El peor oso que he hecho es típico de película gringa. Ocurrió en diciembre del año pasado, en un campo de verano de esos que se han puesto por acá de moda. Yo era counsuler, como se les dice a los instructores imitando a los gringos, y habíamos organizado una competencia de natación. Dieron la señal de salida, me tiré de clavado y empecé a nadar a toda velocidad en el estilo pecho, ese en el que uno mete y saca la cabeza, una y otra vez. Toqué el borde, vi que había dejado regados a mis otros siete rivales, subí lentamente una rodilla, luego la otra, me senté en el borde mirando hacia el otro lado de la piscina y, cuando fui a levantar los brazos en señal de victoria, sentí sobre mí la mirada de todos los chinos del campo de verano que veían la competencia.

Si bien yo jadeaba del cansancio como si hubiera ganado una medalla olímpica de oro, la vaina no era como para dejarlos así de paralizados. Algo malo pasaba. Y claro: bajé la mirada, noté una ausencia, miré la piscina y vi que la parte de arriba del bikini flotaba: había quedado empelota en público gracias a haberme tomado tan a pecho esta maldita competencia de pecho. En fin, como se imaginarán, lo primero que hice fue taparme con las manos y pedir a los gritos una toalla. El oso duró unos pocos segundos, pero luego tuve que aguantarme los abrazos y las miradas morbosas de la manadita de adolescentes hormonales que me persiguieron por semanas. Les había dado gratis el primer striptease de sus cortas vidas.

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