Estábamos varios conocidos en una reunión en la casa de un amigo. También estaban un tipo y la novia a los que nadie conocía, solo el anfitrión. Él no hizo sino hablarnos toda la noche, como tratando de integrase, pero era insulso, torpe. Siempre metía la cucharada para hacer comentarios sin gracia; nosotros, incómodos con sus intervenciones, hablábamos con él como si lo estuviéramos disfrutando, aunque en realidad no lo soportábamos.

Tarde en la noche los dos se despidieron, se fueron y nosotros empezamos a decir que qué pendejo, que quién era ese señor, que para qué se metía a hablar de cosas que no sabía, que menos mal se había ido. De pronto estoy rajando de él y comienzo a decir que lo único que tenía bueno era la novia, que qué rica estaba, que yo a esa sí le hacía y en esas veo que todos me empiezan a hacer caras. Volteo y están ahí, el tipo y la novia, parados detrás de mí. No se habían ido, sino que estaban en el estudio junto a la sala pidiendo un taxi y habían oído todo. Yo no pude de la pena y sin decir nada me paré y me fui al balcón por casi cinco minutos mientras intentaba reponerme.

Cuando regresé a la sala le pregunté, tratando de suavizar la vaina, medio en chiste: ¿Qué hubo hermano, usted no se había ido? Ellos tomaron el incidente de buena manera, dentro de lo posible y cuando llegó el taxi dijeron: "Bueno, nos vamos para que puedan seguir rajando".

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