Y acá voy, paso a paso, haciendo camino al andar. De nuevo, las curvas serán mis aliadas y la solidaridad de la gente será mi sostén para cumplir con esta nueva meta que me tracé con esta caminata, que me llevará de Bogotá hasta Caracas, en donde espero que me reciba el presidente Hugo Chávez. A pesar de la ruptura del acuerdo humanitario y de la crisis en las relaciones con Venezuela, sigo siendo optimista y creo que alguna solución tiene que haber.

Para recorrer los 1.400 kilómetros que hay entre la capital colombiana y la venezolana tengo planeado caminar de 12 a 16 horas diarias con recorridos de 35 kilómetros por día. Al igual que en la primera caminata, la logística no será nada fácil. Con mi salario se compra lo necesario para la alimentación y el alojamiento, ya que no contamos con ningún apoyo oficial, aunque durante el recorrido la gente nos ayuda con comida, bebidas y muchas veces nos da posada. Eso es impresionante.

Mi jornada no termina cuando llego a un pueblo o una ciudad. La gente me quiere oír y para responder a las necesidades organizamos charlas. Luego, junto a mi hija y el resto de mis acompañantes buscamos un hotel y descansamos. Muchas veces yo mismo me hago masajes en los pies o me ayudan en los pueblos. Otras veces, cuando el desgaste físico es fuerte, he necesitado de la ayuda de paramédicos.

Durante mi primera caminata me salió una ampolla grande en cada planta. Eso mortifica demasiado y es muy difícil de tratar, ya que las ampollas no cierran mientras que uno continúe marchando. En el tiempo que llevo caminando he gastado tres pares de zapatos, el primero, cuando llegué a Cali; el segundo, en Ibagué, y los terceros los tengo puestos en este momento.

Mi sueño siempre ha sido conocer San Andrés, incluso un día me puse a pensar si me podría ir a nado hasta allá, pero la verdad prefiero ir en avión con mi hijo cuando recupere su libertad. Mis caminatas son una forma simbólica y sin violencia de reclamar más atención por aquellos que están privados de la libertad.

Voy a cumplir 55 años y andar en estos trotes no es nada fácil. Mi familia ha sufrido bastante y yo, tristemente, he dejado atrás mi vida de docente. Es el precio del caminante y espero que, como en la canción, todo pase y todo quede como mi huella al pasar, ya que se hace camino, he hecho camino al andar.
 

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