Al principio el dolor es demoledor: no se entiende en la mente anestesiada que se perdió un afecto, una mirada, una presencia, una compañía, una confidente, una comprensión, un apoyo, un sexo amoroso. La soledad es abrumadora y es peor aún buscar compañía. Se siente en especial en las comidas; hay que prepararlas sin ella, comer mecánicamente. Ir al restaurante con un periódico o un libro, mientras los comensales lo examinan a uno con algo de curiosidad.

Una mujer está llena de demasiadas cosas: ropero, muchos pares de zapatos, carteras, diarios personales, cartas, álbum de fotos, discos, libros, maletines y cuadros. Algunas se pueden guardar, pero para el resto hay que llamar a las amigas a que dispongan de los objetos con que uno vio a la amada colorida y alegre. Es una de las pesadas fases de normalización a la nueva vida triste.

Caruso en La separación de los amantes, que aplica a la separación forzosa de una pareja y no a la pérdida definitiva del amado, habla de la huida hacia delante. Hay el afán de cambiarlo todo -lugar, país, trabajo- comenzar de nuevo ante la ausencia del ser amado. Pero después viene la reflexión de que un medio extraño y hostil hará peor el sufrimiento. Entonces hay la resignación de seguir en el mismo espacio, rodeado de las memorias de la amada, que quizás sea un paso en la resolución de la pérdida.

Los días pasan lentamente y lo van acostumbrando al vacío. Ya no llora al tener que hacer lo que antes hacía ella por uno, como levantarlo y prepararle el desayuno. Mientras menos llore más se prolongará el duelo que siempre estará mal resuelto. Un amigo perdió a su esposa en un accidente aéreo y me preguntaba en qué momento había superado el duelo. Habían pasado diez años de la muerte de Sylvia y le dije que todavía no lo había logrado. El duelo se va diluyendo muy lentamente, de manera imperceptible, pero tampoco desaparece.

Es desesperante que cuando se presenta el deseo después de la larga anestesia hay que volver al mercado de ligas con los riesgos de siempre, que ahora uno percibe acentuados. Rechazo, hacer el oso, estar demasiado deprimido, hacerlo mal, no encontrar sustituta posible, descartarlas todas de entrada. Hay entonces la acción de aferrarse a relaciones superadas que es una ruta segura al fracaso, pues algo que funcionó mal en el pasado no puede ser reparado en una situación de duelo.

Entiendo a las viudas que optan por nunca casarse de nuevo, conducta que siguen menos los viudos en esta sociedad tan condescendiente con los hombres. En las mujeres está más de por medio el sentimiento de que el amado fue único y nunca podrá ser remplazado. En los hombres, por el contrario, se les permite cambiar de señora por mujeres cada vez más jóvenes a lo largo de su vida. Está también, para mí, el peso de la culpa que se acentúa con el duelo. ¿Qué hice o dejé de hacer para que se produjera su muerte? ¿Hasta cuándo debo serle fiel?

Algo malo de ser viudo es que los amigos lo quieran arreglar con viudas, como si combinar duelos ayudara a sobrellevarlos. Y no. El dolor es demasiado intenso que juntarlo con el de otra persona en situación similar simplemente vuelve a quitar el aliento. También insisten en los clubes de separados, donde me sentí en un grado tan espantoso de desacomodo que nunca tuve el valor de volver. Hay entonces que esperar una situación provista por el azar para conocer a una mujer interesante para uno, dejar que la química actúe, y se pueda construir una nueva relación, que nunca es fácil.

Hay mujeres buenas samaritanas que ayudan al doliente, pero salen perdiendo. Una amiga me decía que les huía a los hombres en duelo porque eran insensibles y crueles. No les importaba la mujer, la utilizaban y luego la corrían. Y eso lo puede explicar el dolor que persiste y el sentimiento de que la amada fue irremplazable, aunque quizás haya justificaciones menos nobles. Entonces desfilan las mujeres que uno no toma en serio y que no entienden muy bien por qué se las maltrata.

El duelo es entonces muy prolongado; a veces tiene efectos somatizantes demoledores que pueden llevar a la enfermedad y a la muerte del sobreviviente. Yo los tuve a la manera de una bomba de acción retardada que me afectó seriamente cuatro años después de la muerte de Sylvia, cuando parecía que me normalizaba. No sé bien cómo los sobreviví, pero finalmente me aferré a la vida y puedo contarlo. Desde entonces he tenido nuevas experiencias, alegrías y relaciones, pero a todas algo les falta.

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