Y, paradójicamente, soy de las que más frescos tienen los recuerdos de esa tragedia. Porque si algo heredé de ese miércoles 6 de noviembre de 1985, fueron preguntas, inquietudes y, ante todo, la necesidad por saber la realidad de lo que pasó. De ahí, el origen del libro que escribí sobre el tema: Entre la barbarie y la justicia.

Se sentía en el ambiente: el Palacio iba a ser asaltado. Por las amenazas a los magistrados, por el tratado de extradición con Estados Unidos, porque los medios lo difundieron, porque Mitterrand, el presidente francés, estuvo días antes en el país, y llamar su atención era clave para los guerrilleros. Se sentía tanto que entre las empleadas considerábamos la posibilidad de llevar ropa interior y maquillajes por si el Palacio era sitiado.

Nunca supe por qué tres días antes del asalto la vigilancia del edificio fue cambiada. Antes nos exigían identificación y nos requisaban, incluso, para ir al baño. Pero por esos días no pasaba nada. Era una empresa privada que se preocupaba más por atender asuntos de la entrada y salida del personal, que por la seguridad. Algunos portaban armas de un solo tiro. Y este era el enemigo que enfrentaría un M-19 armado hasta los dientes. ¿Por qué nos quitaron el cuidado de la fuerza pública? Hay muchas respuestas a esa pregunta, sin embargo, la verdad parece que siempre será un misterio.

La estudiante que estuvo asistiendo a la biblioteca para trabajar en su tesis durante los dos meses anteriores al asalto llegó ese día con una pinta inusual para ella: blusa beige, botas altas de tacón y falda escocesa (normalmente venía de mochila, bluyines y ruana). No era una curiosidad: la guerrillera Irma Franco Pineda estaba preparando algo que ese día sería ejecutado. Su indumentaria era signo del optimismo con que habían planeado el asalto. Y no fue solo ella. Muchos guerrilleros, como Alfonso Jacquin y alias 'Doris', entraron como elegantes abogados.

El funesto día empezó como cualquiera. El magistrado Hernán Altuzarra se sentó a trabajar en la biblioteca, Merceditas Archila de Tafur, quien era la bibliotecaria del Consejo de Estado, despachaba expedientes y libros, y Carlos Vargas ordenaba los documentos del archivo. Yo, como siempre, ordené los libros y guardé los ejemplares de la Gaceta Judicial. Por la mañana no atendíamos público externo pero, gracias a su insistencia, le presté a una estudiante del Rosario un ejemplar de la Gaceta que estaba consultando.

A las once de la mañana empezó todo. De un momento a otro se oyó un trueno y al tiempo creció el ruido de los chazos que clavaban en las oficinas vecinas a nosotros. Pero esos ruidos, los oí así solo por mi ingenuidad, porque, en realidad, el primero era el camión que rompió la barrera de hierro del parqueadero y el segundo eran los disparos que salían de las metralletas de los guerrilleros.

Me escondí debajo de mi escritorio. Lo mismo hicieron la estudiante del Rosario, Hernán, un mensajero del Consejo y la auxiliar de la sala civil. La estudiante me decía llorando: "No volveré a desobedecerle". Merceditas corrió al sótano por la escalera interna. Yo temía que la oficina del consejero Jaime Betancur se desplomara sobre mi cabeza. Los helicópteros y las detonaciones sonaban cada vez más cerca. El edificio vibraba. No llegaba nadie. Sentíamos ruido y miedo. Nuestros oídos se estremecían, los cuerpos temblaban. La biblioteca se llenó de humo. El teléfono —con el que hablábamos con periodistas y familiares— sonaba permanentemente.

Lo poco que sabíamos era que el asalto estaba siendo perpetrado por el M-19, que los magistrados estaban secuestrados y que Reyes Echandía pedía el alto al fuego. Yo estaba cansada. Me levanté y vi que los soldados disparaban al Palacio desde el edificio banquero de la calle 12. Además, echaban bombas de humo para obligar la salida de los guerrilleros. El humo aumentaba. Entonces me pregunté si tenía que salir, como ellos, al fuego cruzado. A pesar de todo, a medida que las horas pasaban y nos acostumbrábamos a la situación, el optimismo aumentaba. Creíamos que el acuerdo estaba a punto de firmarse.

Pasadas las cinco de la tarde, gracias al joven mensajero del Consejo de Estado que los vio, entró un comando del GOES que no nos identificaba. Nos apuntaban. Habían recuperado parte del primer piso, donde quedaba la biblioteca. De pronto se asomó Merceditas, vio a los uniformados, pensó que eran guerrilleros y la volvió a cerrar violentamente. La llamaron, la tranquilizaron y salió con la cara completamente negra por el humo.

Nos formaron en filas y, junto con nuestros salvadores, decidimos salir. Pero nos disparaban. Ni ellos ni nosotros sabíamos si eran guerrilleros o soldados. Nos devolvimos. Aunque esto pasó tres veces, el oficial insistía en sacarnos. Salimos cogidos de la mano. Me conmocionó ver uno de los tanques estacionado frente a la biblioteca y el otro en la cafetería. El piso estaba lleno de vidrios y el mármol era tierra arrasada. Corrimos. Soldados y guerrilleros intercambiaban tiros entre el primer y cuarto piso. Vivimos.

Salimos y seguimos corriendo hasta la Casa del Florero, en donde estaban todos los rescatados. Allí, finalmente, pudimos tomar agua y usar baños. Como a las seis y media me autorizaron salir. Caminé hasta la sexta con Avenida Jiménez y tomé un taxi. Llegué a mi casa y estaban mis hijos reunidos para recibirme. Fernando destapó una botella de vino que, por cierto, me ayudó a dormir.

En cuanto a Merceditas hay que anotar que, primero, fue a la Casa del Florero y luego al Palacio de Nariño, de donde salió a las diez de la noche. Segundo, que su carro, un Renault 4 blanco, fue el único que, milagrosamente, quedó intacto. Las dos todavía recordamos estos hechos con dolor y tristeza como, creo, le pasa a la mayoría de colombianos.

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