Ser tartamudo
Por Adolfo Zableh Durán
Considero toda una bendición que me hayan puesto a escribir sobre el tartamudeo y no a hablar de él, aunque sospecho que la segunda opción hubiera sido mucho más divertida. Antes que todo, le quiero aclarar al lector que no estoy jugando a ser tartamudo; soy tartamudo de tiempo completo y, por lo tanto, estoy autorizado a escribir lo que se me dé la gana sobre el tema.

De niño pensaba que mi tartamudeo desaparecería con los años yo conocía a un par de jóvenes que lo habían superado? por lo que no me preocupaba mucho al respecto. Con los años me he dado cuenta de que es un defecto, o un don, con el que tendré que cargar durante el resto de mi tartamuda vida.

Lo peor del tartamudeo es el tartamudeo mismo. Es el temor a ser descubierto, a quedar en evidencia, como si gaguear fuera una mancha, un delito, un pecado sin expiación. De ahí que cada día aumente mi temor hacia las personas, mi temor a que se den cuenta de mi problema. Cada vez hablo menos y con menos personas. La gente cree que es antipatía, yo le llamo miedo. Afortunadamente aún puedo escribir. ¿Quién me habrá castigado doblemente al privarme del placer del diálogo - toda una delicia- y someterme al sutil martirio de la escritura?

Puede ser simple impresión, pero la gente cree que no poder hablar fluidamente significa no poder pensar fluidamente. Esta creencia ha acrecentado mi timidez: además de sonar como tarado, doy a mi interlocutor la impresión de ser retrasado mental.

Pero tartamudear tiene que ver con una cuestión de principios. Yo soy tartamudo, sé que lo soy, no intento esconderlo (¡a quién intento engañar! Cada nueva frase que inicio alberga la ilusión de comenzar a hablar de corrido para siempre). Si no me trabara al hablar, no sería yo; no sería un tipo que habla bien, sino un tartamudo aparentando que habla bien. Toda una farsa.

Al igual que el sexo, el tartamudeo está en la cabeza. Al igual que en el sexo, tartamudear implica entrecortar la respiración, jadear, tensar el cuerpo y luego descansar después del esfuerzo. El sexo puede llegar a ser placentero, el tartamudeo no.

Recuerdo haber estado en un instituto donde le trataban problemas de lectura, escritura y habla a niños entre 5 y 12 años. Yo asistí cuando tenía 20. Sobra decir que me veía ridículo, que era el más grande del salón y el abusón de la clase. Ellos eran un montón de pequeños seres humanos con problemas; yo era un grandulón en tierra de enanos al que se le había hecho tarde para cambiar.

Después de atacar el tartamudeo por el lado físico, con ejercicios de respiración, vocalización, lecturas colectivas y demás vejámenes, estuve seis meses en sesiones con sicólogo. Tampoco me curé, pero me sentí mucho mejor. Ya no estaba con infantes, no tenía que exhibir mis miserias en público y mi sicóloga me permitía de cuando en vez romper cosas, gritarle insultos en la cara y hablar desnudo cuando sentía que el ambiente se ponía pesado.

También soy un tartamudo sin conciencia gremial: no soporto oír a otro tartamudo. Es incómodo, denigrante, es mi espejo, mi alter ego. Sólo oyendo a otro gago descubro lo ridículo que me veo en mi papel de tartamudo. Varios gagos, al saber que compartimos el defecto, han intentado hacerse amigos míos, reunirnos a hablar del tema e incluso hacer planes. Yo siempre los he evitado, les he dado nombres y teléfonos falsos. Yo no quiero tener nada que ver con tartamudos, yo no soy tartamudo.

Ver las ridículas muecas que hace un tartamudo cuando va a hablar, oír los ajenos ttttaaaaaaaaaaa; mmmeeeeeeeeee, cccccaaaaaaaaa no merecen otra cosa que una mutilación de lengua tipo Edad Media o Revolución francesa. Un mes entre tartamudos, solo semejante tortura, me libraría de mi tara.

Me ha costado que me pongan atención cuando hablo, que le hagan seguimiento a cada una de mis frases de principio a fin sin que se burlen o se desconcentren. He tenido que aprender a reírme y a que se rían de cómo hablo. No me creo afortunado por mi tartamudez ?porque es un problema y no un don como a veces afirmo?. Sin embargo, tengo la firme creencia de que soy un alma buena; de esas que Dios crea, cuida y premia.

Ser ninfómana
Como ella se lo contó a Antonio García

No puedo decir en voz alta lo que soy ni lo que padezco porque para los hombres soy fácil, para las mujeres soy puta, para mi hijo una vergüenza, para mi madre un asco y para mi marido una pesadilla. Solo unas pocas personas, entre ellas yo, han llegado a comprender que estoy enferma.

Todo empezó hace quince años, cuando hacía un trabajo del colegio con dos compañeros. Los papás del dueño de casa se habían ido. Me tiré en la alfombra a colorear una cartelera. Una cosa que sentí por dentro, como un resorte idéntico al que después he seguido sintiendo, me llevó a desnudarme ahí mismo. Y claro: pasó de todo.

Nadie sabe lo horrible que es esto. Es una pesadilla. Siento un impulso que es más fuerte que yo. Por culpa de eso he tenido sexo con conocidos y desconocidos, en baños de discotecas, asientos de atrás de carros mal parqueados, salones de clases y un montón de sitios sucios que me hacen sentir asco.

Estoy casada desde hace tres años. Con el amor y el compromiso, tomé más conciencia de mi problema porque adquirió más efectos, y cuando vino nuestro hijo, las culpas empezaron a aparecer más fuertes que nunca.

Aunque al principio no fue fácil, mi marido me ha apoyado mucho y sabe que se trata de una enfermedad. Mi siquiatra lo explica de una manera sencilla: lo que me pasa es que mi cuerpo reacciona sin mi permiso. Mejor dicho: mi cuerpo no me pertenece, le pertenece a ese impulso que me gana. A ese resorte que ahora lucho por dominar. Pero es muy difícil, porque basta un olor, una palabra, cierto gesto para que ya no disponga de mí misma, y vengan las consecuencias. Nunca hay punto final, nunca es suficiente. Mi siquiatra dice que es como querer calmar la sed tomando sopa.

Lo peor viene después. Una catarata de culpas que nunca, nunca me dejan en paz. Un montón de excusas al desconocido de turno que está más perplejo que satisfecho mientras me pongo la ropa y me retiro sin mirarlo a los ojos. Y repugnancia. Siento mucha repugnancia después del sexo involuntario. Siempre.

Juro no volverlo a hacer, dominarme la siguiente vez. Pero llegada la situación, me vuelvo terriblemente ansiosa y siento que solo puedo salvarme si dejo que salga esa especie de bestia enjaulada que me rasguña por dentro.

Nunca he querido hacerle daño a mi familia, que es lo que más quiero en esta vida. Pero no siempre lo he podido evitar.

Una de las peores vergüenzas me ocurrió el año pasado, cuando iba a hablar con el profesor de mi hijo acerca de sus notas. No pude contenerme y empecé a insinuarme sin ningún control. El profesor, un tipo serio cuyo mérito sexual era solo estar ahí sentado frente a mí, me rechazó. Ese año tuve que cambiar a mi hijo de colegio, aunque él no quería porque estaba feliz allá. Pero, ¿cómo decirle las razones? ¿Cómo manejar el tema con él? Siento un vértigo terrible cuando me imagino que crece y que tendré que enfrentar la situación de que hablemos de mi problema.

Busqué ayuda profesional porque quería salvar mi matrimonio. Al principio fuimos juntos a terapia, ahora voy yo sola. Es difícil, pero tengo esperanza de que las cosas mejoren. Creo que están mejorando. Si soy fuerte, podré mantenerlo a mi lado y dejarlo todo atrás, empezar de nuevo.

He dejado de pedirle a Dios que me perdone porque no sé si yo pueda perdonarlo a él por todo el sexo inútil, rápido, inconcluso, frío y compulsivo de todos estos años. Además, ya suficiente tengo con tratar de perdonarme cada día.

Ser enano
Por Hernán Bernal
Nací enano, tengo 35 años, mido 1.34 metros, calzo 35, compro ropa en tiendas de niños pero tengo que agarrarle el dobladillo a todos los pantalones, y me acostumbré a entrar a los baños de las mujeres porque no alcanzo a los orinales. A los diez años mis huesos dejaron de crecer pero mi cuerpo no. Era como si mi carne siguiera enrollándome, pero lo que más me pesaba no era tanto eso como la timidez.

Los enanos sufrimos sobre todo por eso: por la timidez. Y por muchas cosas más, que nadie sabe: por los dientes, por ejemplo. Nunca tuve problemas dentales, gracias a Dios, pero esa es otra de las dificultades de los que sufrimos de enanismo. Es tan pequeño el espacio de la boca para los dientes, que los dientes se amontonan y muchas veces hay que sacar algunas piezas.

También sufrimos por el dolor de oídos, porque las trompas de eustaquio suelen ser pequeñas y se nos infectan con facilidad. Pero, sobre todo, sufrimos por la gordura. No podemos ser gordos. No tenemos una columna vertebral que lo soporte. Si un enano se deja engordar, le sale joroba inmediatamente.

A los doce años yo era gordo. No me podía levantar. Me la pasaba sentado. Tenía los pliegues de los muslos quemados, por la misma presión del peso. Me decían Topo Giggio en el colegio. En segundo bachillerato no aguanté más las burlas y abandoné los estudios. Y salí a buscar puesto.

Conseguir puesto es muy difícil cuando usted nace enano. Hay un rechazo inmediato. Traté de ser mensajero y no me dejaron porque me podían robar la bicicleta. Eso también nos pasa a nosotros: somos más proclives a la inseguridad. Es fácil abusar físicamente de nosotros. Y eso produce un miedo permanente.

Alguien me dijo que tratara de montar una empresa. Yo siempre digo con humor que me queda mejor una microempresa. El hecho es que descubrí que ser enano no es un oficio. Pero sí es una salida laboral. Y desde temprano me di cuenta de que un enano puede vivir de ser enano.

Desde los 13 años me vinculé a Superlandia, una empresa de espectáculos taurinos. Estar con más personas como yo me ayudó a perder el complejo.

Gracias a mi oficio de enanito torero viví siete años en España; toreé en Francia y Portugal más de quinientas corridas. Hoy vivo de eso. Me salen entre dos y cinco corridas mensuales, y por cada una de ellas me gano entre 130 y 150 mil pesos.

Tuve cuatro novias que eran mis novias mientras les regalara pulseras y estuviéramos solos. Nunca tuve sexo con ellas. Y nunca salieron conmigo. Muy novias ante las pulseras que les daba, pero vaya usted a invitarlas a cine o a bailar y verá que ahí no le salen.

Hasta ahí sufrí por las mujeres, pero a los 21 años conocí a mi actual esposa en una reunión de unos amigos. Me casé después de un mes.

Mi esposa mide 1.73. Mi estatura nunca me ha ocasionado problemas sexuales. Quiero decir que mi vida sexual es completamente normal y en esa materia siempre he estado, si me permiten la expresión, a la altura de las circunstancias.

Tengo dos hijos, de 12 y de 11 años; el menor también nació con enanismo. A él le tocará acostumbrase, como me pasó a mí, a que todos lo miren diferente. A despertar algo que va más allá del asombro y que parece desconfianza. A estar encerrado en esta pequeña celda y aprender a manejar sus desventajas y aprovecharse de sus ventajas para llevar dinero a la casa y hacer que a sus hijos nunca les falte nada.

Ser cleptómana
Como ella se lo contó a Ricardo Silva

Lo mejor que me he robado en la vida es una caja de veinticuatro colores. Me la llevé del cuarto de mi mejor amiga hace unos veinticinco años. Aunque nunca he usado ninguno de los lápices, ni nada, los guardo en mi mesa de noche, debajo de mis papeles, porque me gusta pasarles la palma de mi mano por encima. Yo robo, sí, pero no gano nada con hacerlo. Por la noche, siempre que lo hago, me cuesta mucho quedarme dormida. Me doy cuenta de que nadie, en todo el mundo, sabe lo horrible que soy. Y me es imposible dormirme. No soy una ladrona: soy cleptómana. Pero me siento peor que el peor de los atracadores.Hace unos meses, cuando mi esposo descubrió todo, comencé una terapia que me ha servido muchísimo. Un compañera de mi oficina lo llamó, lo invitó a almorzar y le contó que ya habían descubierto quién les estaba sacando las cosas de las carteras. Mi jefe me llamó a su oficina, me mostró la grabación de las cámaras antirrobos de la Corporación y me dijo: ?lo mejor es que me entregues tu renuncia?. Poco a poco, la gente se fue enterando de mi situación. Padecí de muchos malos momentos. Nunca me había sentido tan colorada de la pena. Viví un martirio total, y me costaba trabajo creer que había sido capaz de haber hecho algo tan reprochable. Y entonces, porque todo el mundo sabía mi único secreto en la vida y mis hijas me miraban como si no me conocieran, acepté enfrentarme a la terapia.

Llevo unos cinco meses sin robarme nada. No he cantado victoria porque ya me ha pasado otras veces. Yo sé que alguien vive dentro de mí. Y que tarde o temprano vuelve y me obliga a llevarme cosas ajenas. Por más de que a veces se demore, sé que siempre puede pasar de nuevo.

Tengo 34 años. Soy administradora de empresas. Tengo un esposo y dos hijas divinas. Y, hasta hace muy poco, nadie podía imaginarse porque soy una gran actriz, disimulo perfectamente, me engaño a veces hasta a mí misma? que hago lo que hago.

Nadie, ni siquiera mi familia, sabía quién soy. Me veían deprimida, distante, encerrada en mí misma, pero tenía una lista de excusas a la mano: el trabajo, la gordura, el cumpleaños. Siempre había logrado convencerme de que mi cleptomanía era parte de mi vida privada, y ya, algo que solo yo sabía de mí misma. Sí, ahora lo estoy escribiendo. Pero de alguna manera sigue siendo mi secreto.

Quisiera quejarme de mi infancia, decir que me pegaban y me gritaban groserías, pero no tengo nada malo que decir. Tuve muchas amigas en el colegio. Fui a todas las fiestas y salí con los tipos más churros del mundo. Mis papás eran viejos y un poquito fríos, pero fueron muy buenos conmigo y me dieron todo lo que les pedí: fui al mejor colegio de Bogotá y a la mejor universidad del país y el Niño Dios siempre me trajo lo que quise. Sí, mi mamá descubrió quién soy cuando encontró, debajo de mi cama, un juguete de mi primo, pero me explicó que eso no se hacía y me tranquilizó diciéndome que sería nuestro secreto.

Y ahí terminó el cuento.Sé que es difícil explicarlo, pero voy a tratar de hacerlo para que me entiendan: cuando me pasa lo que me pasa, la cosa me toma por asalto. Es decir: yo no planeo mis robos. Es cuestión de que llego a una casa cualquiera, saludo a todo el mundo, y de pronto, como encerrados dentro de esos circulitos de las películas mudas, veo un objeto. Un cenicero, un libro, un esfero. Lo que sea, mejor dicho. Nunca sé por qué lo escojo. De hecho, la mayoría de cosas a las que les echo mano no sirven para nada. No son prácticas. No las agarro porque las necesite. Generalmente cuando las enfoco (es decir, cuando me llaman la atención, cuando las encierro en el circulito) siento que me sube por todo el cuerpo una oleada de calor y, aunque sonrío y hago chistes y participo de lleno en las conversaciones del momento, sé que tengo que llevármelas. Es una cosa vital. Así, de una vez, de golpe: ese tiene que ser mi próximo movimiento. ¿Por qué? Porque sí. Porque si no lo hago puede que no pueda hacer nada más el resto de la vida. Puede que no pueda seguir respirando. Ni siquiera pienso que podrían descubrirme.

Siempre hay un momento en el que nadie está mirando. Un rato de silencio en el que todos están en el cuarto de al lado y yo me quedo sola. Porque robar es facilísimo. Al menos en términos prácticos. Por eso, mi enfermedad nunca antes había sido detectada. Es decir: aparte de la angustia que sentí cuando me pasó lo de la oficina, durante el colegio y la universidad nadie pensó que yo fuera la que desaparecía las cosas. a lo mejor lo sospechaban, quién sabe; pero nadie, en ningún momento, pudo agarrarme con las manos en la masa, o algo por el estilo, para culparme delante de todos.

Siento vergüenza de confesarlo, pero le he robado a mis amigas, a sus mamás, a sus hermanos, a sus novios. Me he llevado celulares chiquitos, muñecas, cuadernos, almanaques, billeteras, discos, relojes, portarretratos. De todo. Y es inevitable que eso me haya causado problemas entre la gente que alguna vez se me ha acercado.

Aunque muy pocas veces los he usado, y terminan estando en mi clóset, entre mis sacos, durante meses y meses, devolverlos nunca me ha parecido una opción. Por eso, casi todas las cosas que me he llevado acaban en la basura.

Muchas veces me he preguntado qué es lo que me mueve a hacer lo que hago. Creo que hay una angustia, una tristeza de fondo, en mi soledad, que solo se termina, solo se alivia, cuando robo. Y que vuelve a comenzar, más tarde, cuando descubro que he robado. No lo disfruto, no. Todo lo contrario. Nadie sabe lo que es no poder trancar un instinto que te trae todo tipo de reproches sociales. Que te trae una vida llena de soledad, en la que es muy difícil lograr la confianza de los demás. No lo dirfuto. Para nada. Como dije, después no puedo dormirme. Como y como. Y después tengo que vomitar. Creo, ahora que lo pienso, que lo que me mueve es el riesgo, el riesgo de que por fin se den cuenta de quién soy. Y la esperanza de que jamás se den cuenta. Es un momento, un paréntesis, en el que me olvido de quién soy. Nunca me he gustado mucho.

Si mi esposo no se hubiera dado cuenta de todo, hace ya más de un año, creo que nunca hubiera pensado en estas cosas. Pero era inevitable, eso era claro. No habría entrado a la terapia y no me habría atrevido a pensar sobre mí misma. Y, ahora que me piden que escriba este artículo, se me ocurre que alguien más me está ayudando.

Ser albino
Por Julián Celis

Soy albino, soy blanco de todas las miradas. Diez veces paso por un lugar y diez veces se queda la gente mirándome. Son curiosos. Y son ignorantes. Les parezco un ser interesante, pero muy pocos saben realmente qué soy: el producto de una condición hereditaria en la cual los ojos, la piel y el pelo tienen menor cantidad de pigmento de lo normal. Soy, además, una enciclopedia ambulante de respuestas sobre mí: no tengo que usar champú especial, el trago me afecta tanto como a una persona de piel oscura, no tengo ni más ni menos erecciones que cualquier sujeto de mi edad, para nada me molestaría ser padre de un niño albino, no soy una especie de vampiro que duerme de día y trabaja de noche? Incluso le diré que de noche, cuando usted cree que soy más hábil, tengo problemas con las luces de los carros. Pregunte todo lo que quiera que yo tengo el día entero para contestarle.

Y tengo también un arsenal de curiosidades listas para satisfacer el explicable morbo de quienes insisten en que soy un fenómeno. A ellos puedo decirles que jamás me pican los zancudos, quizás porque no les resulta atractiva mi piel. O que los albinos no prestamos el servicio militar, ni nos piden papeles nunca en la calle. No está claro el porqué, pero me cambia frecuentemente el color de los ojos: azules, violetas, grises; en la noche los tengo rojos. Jamás he ido al médico por asunto relacionado con el albinismo y la única molestia verdadera que se deriva de mi situación es que tengo astigmatismo. Pero leo de corrido y sin mayores dificultades. Entiendo que la gente tenga una cierta prevención frente a los albinos. Yo mismo la experimenté: cuando tenía cinco años conocí a una niña albina y salí corriendo a esconderme. No tenía conciencia de lo que era un albino. De lo que yo era. Un poco más crecido, decidí sacarle provecho a mis colores naturales: me gustaba hablar enredado y convencía a la gente de que era extranjero. Las personas, sobre todo en los pueblos, creen que los albinos somos polacos. Gringos, o alemanes, o suecos, pero sobre todo polacos.

Pasé la infancia en Neiva y en el colegio me trataron con respeto, excepto una profesora que insistía en que yo era mongólico. Años después ella dio a luz un hijo mongólico. Aparte de eso y de que a veces me gritan en la calle ?frascoeleche? o ?bebeco?, hay cierto respeto por los albinos.

No puedo demostrarlo científicamente, y tampoco me interesa, pero he desarrollado mucho el tacto y el oído, quizás para compensar mis problemas de visión. Supongo que les sucede a otros albinos pero no podría asegurarlo porque no tengo amigos albinos. El albinismo es para mí algo tan normal que cuando me cruzo en la calle con otro albino no siento ningún tipo de atracción especial hacia él. Pasa y yo paso. Él con su gorro, sus gafas y sus guantes. Yo con los míos. ¿Qué hay de raro en él? ¿Qué hay de raro en mí?

Sufrir de pánico
Por Gabriel Pabón Villamizar

Usted está relajado como el que más. Digamos que es un sábado en la tarde. Digamos que está en la cama o en el sofá. Digamos que está leyendo esta revista. De pronto y sin que venga a cuento, zas. El mundo se transforma. La cama o el sofá se ha movido. ¿Un temblor de tierra? Pero la lámpara no se mece, y los peces metálicos del móvil están más muertos que un pescado. En todo caso usted tiene la certeza de que en pocos segundos le va a ocurrir algo terrible. Se levanta a tomar dos vasos de agua helada mientras practica la respiración profunda y piensa que algo le ha caído mal. Cuando vuelve a sentarse, el corazón le echa a correr a una velocidad inverosímil. El asunto es serio. Usted no puede morir en casa. Sale del apartamento a la calle. Tal vez caminando un par de cuadras las cosas vuelvan a la normalidad. Pero cuatro cuadras más adelante el corazón ha doblado la velocidad y la saliva se ha retirado de la boca, que parece de cartón. Usted entra a una cafetería, pide cualquier cosa y se sienta a esperar que el corazón se le reviente. Las manos están tan húmedas que parece que las hubiera sacado de un balde de agua. Usted está un poco más que asustado. Ese es el pánico.

Cincuenta y nueve minutos de espera, y un minuto de pánico?; así definió un veterano de Vietnam lo que era una batalla en la otra jungla. En esta jungla de cemento la diferencia está en que no sabemos en qué momento nos puede asaltar el pánico, ni por qué.

Pero no nos pongamos tan dramáticos, que lo peor ya pasó. Dos horas después (¡vaya susto!) de mi primer ataque de pánico, regresé cautelosamente al apartamento. Tan pronto entré, supe que tenía que vérmelas, de ahí en adelante, con un inquilino invisible que me saltaría a la yugular si le daba la oportunidad. El pánico es como un tigre imperceptible que siempre ha permanecido a nuestro lado haciendo el papel de invisible mascota, hasta que haces, sin saberlo, un movimiento en falso, y cuando te das cuenta, tienes a la bestia encima.

El problema es que ya no sabes cuáles movimientos son en falso y cuáles son los acertados. Tigre es tigre.
Esto lo digo así, de manera figurada, porque cuando intento contar los detalles de lo que es un ataque de pánico (me ha pasado un par de veces) quien me escucha empieza a pasar saliva, a abrir los ojos más de lo acostumbrado, a secarse con disimulo el sudor de las manos, a sentirse repentinamente incómodo en su asiento; comprendo entonces que está a punto de tener un ataque de pánico, y entonces cambio de tema.

Y es que, como dice el tópico, el pánico cunde; y de tal manera, que a veces el que resulta afectado es uno mismo. Para nosotros, escribir sobre este tema puede resultar algo equivalente a jalarle los bigotes al tigre, a quien, en verdad, preferiríamos no tocar. O hacerlo lo más rápido posible. Los minutos dedicados a la escritura de este artículo son suficientes por hoy, pues empiezo a sentir que el tigre, que estaba durmiendo como un bebé, justo ahora comienza a bostezar. De modo que de todo corazón les agradezco el interés, pero mejor cambiemos de tema.

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