La revista SoHo, siempre indiscreta, me buscó para que escribiera un artículo que pudiera titular "Mi primera borrachera", título que rechacé airadamente. Aceptaría, por ejemplo, "Embriaguez pasajera en mi adolescencia", o algo así, pero lo de borrachera es de políticos de la nueva era, paramilitares, traquetos y nuevos ricos; la gente decente solo se embriaga: con el amor, con el alcohol o con una exótica fragancia, definición que debo estar plagiando de algún bolero de Agustín Lara.
Como los seres humanos, afortunadamente, están condicionados o traumatizados por los hechos de sus padres, pueden vivir tranquilos; en el caso del alcohol, Noé carga con los pecados de la humanidad y, entre ellos, la gula, uno de los capitales: apetito desordenado de comer o beber, o ambas cosas.
Mi padre no era un mal bebedor y a ello lo llevaron sus tendencias bohemias que mi abuelo trató inútilmente de controlar; las mujeres, la poesía, un buen vino o un vino tinto caliente mezclado con especias le resultaban irresistibles. Aún recuerdo las veladas que se iniciaban con la cena y terminaban al amanecer
en las cuales, con Pedro Gómez Valderrama, Jorge Gaitán Durán, Jorge Gaitán Cortés y uno o dos compañeros más, consumía botella tras botella mientras se paseaba, en español o francés, por el repertorio de los poetas malditos.
Pero la infidelidad se paga, al comenzar su periodo presidencial y el mismo 7 de agosto de 1966, declaró públicamente que durante el cuatrienio no bebería ni un trago, y lo cumplió. Reemplazó el licor que tanto le gustaba por un ácido jugo de guayaba que siempre ponía en jaque a los anfitriones que no conocían esa aberración, y a más de una población de tierra fría donde no se cultivaba la dichosa fruta.
La virtud, con cierta frecuencia, tiene un castigo: durante los cuatro años de Palacio hizo guardar finísimos licores que le enviaban jefes de Estado de distintos países, para paladearlos a partir del 7 de agosto de 1970 pero, ¡oh desgracia!, el hígado desacostumbrado se vengó sin medida y no pudo jamás consumir las bebidas alcohólicas, y tampoco jugo de guayaba, pues con él le ocurrió lo mismo que a López Michelsen con el vallenato: todo el mundo se acostumbró a que les gustaba, y en el fondo no era (ni es) así.
Mi padre no era copisolero, salvo si había sobrado algún buen vino de alguna cena, y ello para evitar que lo transformara Aleja, la cocinera, en salsa bordelaise. A mí me ocurre lo mismo.
Algunos de estos antecedentes resultan clave para entender mis experiencias, que se inician por allá en 1949 cuando comencé bachillerato en el Liceo Francés.
Hacíamos entonces los sábados, con cierta frecuencia, una especie de onces bailables que comenzaban a las tres de la tarde y terminaban hacia las siete. Eran de contribución y nos turnábamos el ponqué del Palace (que nunca faltó) y las coca-colas que después de dos o tres ensayos infructuosos con padres varios, logramos mezclar -bajo estricta supervisión- con algunas gotas de ron. Si mi memoria no me falla, ya se llamaba tal poción Cuba libre, y no sé de quién, pues Fidel Castro aún no figuraba.
El primero de enero de 1950, en el hotel Mayflower de Washington (¿no es una sospechosa precisión?), mi padre pidió al almuerzo vino y el sumiller atento les sirvió a él y a mi madre; pidió entonces el jefe del hogar que llenara las copas de Clemencia Lleras y la mía y el buen hombre, en tono de reproche, le contestó: "Sírvales usted, que es el padre; yo no puedo".
Creo que fuera de esas escasas oportunidades nunca consumí alcohol pues alguna vez, cuando vivía en México, Julio Ortiz Márquez me hizo brindar (el 13 de junio de 1953) con tequila, sal y limón, y no me gustó.
Ya a los 18 años dejé de ser un abstemio en épocas felices y elegantes que no volverán; eran las de los bailes de presentación en sociedad (18 años), con vestido largo, frac, champaña y orquesta.
Algo similar había ofrecido yo en mi casa para celebrar mi grado de bachiller, pero con traje de calle y sin champaña, pues no estábamos para gracias. ¿Orquesta? La del maestro Bolívar, por supuesto.
Pues bien, aquellos bailes se iniciaban a las once de la noche y terminaba, o con potente desayuno en el Country (el mismo club que tanto gusta a Peñalosa), o en los Lagartos, que podría ser cualquiera de las sedes políticas de la actual dirigencia, pero cuyo nombre solo se justifica porque la civilización no había acabado en los años 50 con las lagartijas, que allí abundaban. Ahora bien, podría hoy en día ser un nombre para despistar al mismo Peñalosa, quien parece odiar a los golfistas (yo no lo soy ni soy socio de clubes campestres).
Podía ocurrir también, por supuesto, que a semejanza de Cyrano de Bergerac uno entrara al jardín de la casa de la novia y golpeara en la ventana arrodillada; yo lo hice, y dialogamos.
Solo puedo recordar de tan elegantes reuniones una ocasión en la cual, brumosamente, me veo consumiendo un par de botellas de Veuve Clicquot, lo cual me sacó de juego por dos o tres horas. Espantado de mí mismo, como Dorian Gray, me miré en el espejo, huí despavorido y, manejando, llegué en silencio profundo a casa, que no quedaba lejos, y después de despojarme de corbatín, cuello y chaleco y metido de cabeza en agua helada, pasé a mejor vida. Al despertar hacia las cuatro de la mañana, regresé al baile, que fue magnífico.
¿Ocasión subjetivamente memorable? Una larga sesión en el restaurante Juanillo con dos cercanos amigos, durante la cual consumimos varias botellas de manzanilla, que es licor traicionero. Y un tanto tambaleantes abandonamos el establecimiento y nos fuimos en automóvil por la Avenida Caracas, entonces en ampliación (1956), en uno de cuyos profundos huecos quedó la llanta delantera izquierda; por cierto que estábamos en busca de una sabrosa paella, en Don Quijote. La Policía de Tránsito (la vestida con paño azul y con botas) llegó indignada y le pidió al conductor su pase; este, que estaba tal vez peor que yo, tuvo sin embargo un momento de lucidez, y le dijo al agente: "Yo soy hijo del general E.V.I., íntimo del presidente Rojas Pinilla, y él y yo le agradeceríamos que nos sacara de este hueco", y así lo hicieron, pese a que el tufo de manzanilla se olía a kilómetros.
He de decir que durante los siguientes años y después de mi matrimonio, bebí con mesura y únicamente ginebra con agua tónica; nunca he tomado whisky ni vodka; ocasionalmente y con buena comida, un buen vino y, en momentos de debilidad, oporto o Drambuie.
Sin embargo, en un extraño arranque de ¿virtud?, ¿misticismo?, ¿gastritis?, resolví dejar el trago y lo dejé por treinta años, hasta mediados de la década pasada. No tengo ni explicación, ni disculpa y, por ello, un buen día hace quince años, llamé a un almacén de licores y pedí una caja de ginebra, que consumí religiosamente, siempre acompañado de buenos amigos a quienes el dry martini tampoco les es ajeno. En Washington me pasé de Gordons a Bombay Saphire.
Castigo a la virtud: durante los años de abstinencia mi salud se deterioró y me fueron prohibiendo todas las bebidas gaseosas; hasta el agua me empezó a caer mal y a su carencia le debe mi organismo dos operaciones de cálculos renales.
Pero ensaye usted, querido lector, a ir a tres o cuatro reuniones sociales por semana y amenícelas con gaseosa o agua, y verá el lastimoso estado en el cual regresa a su casa y el insomnio que le sobreviene.
Todo con mesura, es ahora mi lema, salvo en el almuerzo mensual con cuatro de mis condiscípulos del colegio. A los nietos hay que darles buen ejemplo.

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