El sumergible de investigaciones Johnson Sealink II del Instituto Oceanográfico de Harbor Branch, en la Florida, reposa en la cubierta del buque nodriza. Es una tarde sin sol, a 80 millas de Nassau, en las Bahamas, y nerviosamente subo por una escalera amarilla recostada contra la burbuja de plexiglás. Detrás hay una estrecha cámara con una ventanita minúscula que no tiene conexión física con la burbuja. Allí está sentada la experta en bioluminiscencia Eddie Widder, preparándose para nuestro viaje a -848 metros, con el objetivo de estudiar los estrambóticos bichos que producen su propia luz. Me ha cedido su lugar dentro de la burbuja y, a cambio, yo tendré que ayudarla a manejar las dos videocámaras montadas en el casco exterior. Para un sumergible capaz de descender a -1.000 metros, el aparato es sorprendentemente pequeño.

Estoy confinada en la burbuja. Mi hombro derecho toca los manómetros que miden los niveles de oxígeno y dióxido de carbono dentro del sumergible, mi lado izquierdo da contra un panel que contiene un sonar. Cierran la escotilla sobre nosotros y el piloto Dom Liberatore, un veterano de 1.600 inmersiones, me da un curso de seis minutos en sumergibles.

"Si por alguna razón no pudiese yo traer el submarino de regreso a la superficie, lo primero que debes hacer es quitarme los audífonos, ponértelos y presionar este botón. Ese es nuestro teléfono submarino, y esos interruptores controlan los tanques de lastre, que tendrías que vaciar para regresar arriba. Si nos quedamos varados en el fondo por un tiempo, tenemos suficiente oxígeno y agua, ropa abrigada y comida para mantenernos vivos durante cinco días". Lo que no menciona es que no hay un baño a bordo, pero afortunadamente me he estado deshidratando toda la mañana para evitar problemas durante la inmersión de seis horas.

Mientras Liberatore habla, una enorme grúa trapezoidal montada en la popa del buque nos recoge suavemente y nos columpia sobre el agua. Luego nos baja con un ronroneo. Tocamos el mar y después flotamos libres, meciéndonos con las olas. Comienza la inmersión.

Descendemos dentro de un azul monocromático. No hay nada que nos oriente, excepto nuestra propia estela de burbujas. A -75 metros los rayos amarillos y anaranjados han sido filtrados. El mar nos absorbe como otra gota de agua mientras continuamos cayendo lentamente. A-136 metros, el interior de la esfera, que se mantiene a una atmósfera de presión, resplandece con la suave luz roja de los instrumentos sobre nuestras cabezas.

A-237 metros, el azul marino se transforma en verde oscuro, gris claro, gris oscuro y un negro diluido. En estas cristalinas aguas de las Bahamas la luz se niega a morir. A-257 metros, Liberatore prende las luces externas. El sumergible se maneja como un videojuego: con un joystick y cuatro palancas para los motores, más el control de los tanques de lastre. No siento ninguna incomodidad. Solo el frío que irradia la burbuja me recuerda dónde estoy. Ahora, a -454 metros, está totalmente oscuro. Lo único que veo es una lluvia de partículas, como una cortina de copos de nieve marina. Pequeñas bolas de residuos fecales y trozos minúsculos de vida animal y vegetal descienden ante nosotros. Eventualmente irán a reposar en el fondo, para alimentar a otros seres y formar capas de rocas sedimentarias.

-727 metros: siento más frío y la burbuja de seis centímetros se ha contraído por culpa de la presión, aprisionando mis hombros. Liberatore enciende el sonar que señala a gritos la presencia del fondo. Dos horas después de iniciar el descenso, nuestra pequeña burbuja de aire se posa como una sonda marciana sobre la planicie, levantando finas nubes de cieno gris. A -848 metros bajo las Bahamas, la zona más inexplorada del globo se abre silenciosa y oscura. Sobre nuestra cabeza se apilan 82 atmósferas de agua o, dicho de otro modo, 600 kilogramos presionan cada pulgada cuadrada del sumergible. Sin su protección, no duraríamos vivos un minuto. Más astronautas han caminado sobre la Luna que los acuanautas que han llegado hasta las profundidades insondables del océano.

Al apagar las luces externas descubrimos que en esta, la Zona Disfótica del abismo, la palabra negro cobra un nuevo significado: solo el espacio puede ser tan opaco como este lugar ominoso. Pero entonces, el vacío se llena de destellos. Iluminadas en su interior, un batallón de minúsculas criaturas se escurren frente a la burbuja, dejándonos ver sus cuerpos pulsantes de neones azules y verdes. Algunas se encienden como galaxias y sus tentáculos luminiscentes ondulan creando unas coreografías alucinadas. Otras exhiben órganos de luz que explotan intermitentemente en señal de desafío o en códigos secretos de comunicación, mientras que unas cuantas, entregadas a la batalla, regurgitan llamas líquidas sobre sus oponentes. Algunas desafortunadas se estrellan contra el plexiglás y sus cuerpos etéreos se desintegran, arrojando destellos en todas las direcciones.

"Es el lenguaje de la luz", dice Widder. Su voz llega alta y clara por los auriculares. "Todos estos destellos son generados por reacciones químicas dentro de los animales, que están literalmente gritándose unos a otros". Widder habla rápida y apasionadamente. "Puesto que en medio del mar no hay árboles o rocas tras las cuales esconderse", explica, "todos los camuflajes, las transparencias, los trajes de luces, la señalización y los comportamientos obedecen al perpetuo juego de no dejarse ver, o de dejar entrever solo lo conveniente. Mientras mejor sea la artimaña, más altas serán las probabilidades de supervivencia de su dueño".

"Prepara la cámara de babor porque veo el primer visitante", me indica la bióloga y me explica que la bioluminiscencia cumple varios propósitos. Es una táctica de distracción para confundir a un depredador o a una presa, pero también, una señal para atraer a un compañero con un simple "aquí estoy", o asustar a un enemigo en potencia. Una alarma contra robos que advierte: "¿No ve que soy peligroso?".

Una cadena de luces sostenida por tentáculos evanescentes pasa ondulando frente a nosotros. Parece hecha de cristal hilado. Parte de su cuerpo es un etéreo bordado de sacos transparentes. Me apresuro a accionar el botón de grabación."Es un sifonóforo", dice ella anticipando la pregunta. "Esos cientos de tentáculos a lo largo del cuerpo sondean el agua en busca de alimento. En realidad esa es una colonia de animales unidos. Cada vez que hago una inmersión abisal descubro una nueva especie o un nuevo comportamiento. Pero lo que sucede es que aún no hemos explorado el océano. Solo hemos estudiado un cinco por ciento: apenas 'la piel' del mar. De las profundidades marinas, que componen casi las tres cuartas partes de este planeta, ni siquiera hemos podido estudiar un uno por ciento". Widder lanza una exclamación de sorpresa mientras una gran sombra pasa furtivamente sin dar tiempo a seguirla con la cámara. Una oportunidad perdida.

La forma primitiva en que normalmente estudian el océano profundo es arrastrando redes detrás de los buques y pescando así una masa de delicados cadáveres deformados por el cambio de presión y enceguecidos instantáneamente por el resplandor de la superficie: incluso la luz de la luna quema en un instante las sensibles retinas de algunos de estos seres. No es mucho lo que pueden concluir sobre un organismo, si todo lo que tienen es una pulpa sin vida.

Con cientos de inmersiones profundas, Widder es una de las pocas mujeres certificadas como piloto de sumergible de investigaciones en Estados Unidos. Cuenta que para estudiar el océano profundo hay que ir hasta él, pero que incluso entonces tienen problemas, ya que los sumergibles no solo tienen potentes luces, sino que son ruidosos y cualquier animal con un sistema sensorial medianamente desarrollado va a salir huyendo. Es como tratar de observar las aves con un avión. Por eso se les ocurrió usar nuevas tecnologías para estudiar el abismo con otros ojos que nos permitan descifrar el idioma de la luz entre las criaturas sin tener que irrumpir en sus vidas cotidianas. Lo que Widder inventó fue tan sencillo como logísticamente complicado: una muy sensible cámara de video permanentemente anclada al lecho marino, equipada con una luz infrarroja que los animales no ven, para grabar su comportamiento a intervalos de tiempo.

"La primera vez que la pusimos, frente a las costas de Monterrey, en California, fue un desastre", dice y explica luego que la cámara estaba asentada sobre un trípode dentro de una estructura metálica para anclarse en el barro, pero que se inundó con la presión. Después lo volvieron a intentar en el Golfo de México, y ahí sí funcionó. Básicamente la cámara tiene un detector de luz que ve la bioluminiscencia de un animal que se acerca, y eso activa un mecanismo que enciende la cámara automáticamente para filmar a ese animal bajo la luz infrarroja.

Widder sueña con tener un ejército de esas cámaras permanentemente escaneando el fondo de todos los mares del planeta, sin apagarse nunca, para poder ver las imágenes en tiempo real desde cualquier computador.

Un cruce semitransparente entre una pulga y el monstruo de Alien, se acerca desafiante a las cámaras. La especialidad de esta encantadora criatura es comerse su presa de adentro hacia afuera, para poner sus propios huevos en el cascarón gelatinoso de su víctima. Para alivio del resto del planeta, apenas tiene dos centímetros. Un dirigible transparente con costuras iridiscentes pasa empujando a un farol chino rojo. Ninguno de los dos se percata de que está siendo observado muy de cerca por un pez pescador, otra criatura de pesadilla con vidrios desgarrados a manera de dientes que simplemente no le caben entre la boca, y un bombillo en lo alto de una percha clavada en la cabeza. No hay por qué culpar a sus víctimas: lo único que ellas ven es el farol azul, agitándose hermosamente en medio de la noche.

"La bioluminiscencia es en su mayor parte azul" dice la voz de Widder mientras Liberatore recolecta las tres criaturas con un tubo aspirador. Tras décadas de estudiar el fenómeno, Widder aún no puede contener su asombro ante los trucos de la evolución. Muchos de los seres que se ven aquí abajo son rojos: es el color que se vuelve invisible ante la luz azul. Esta es la zona del océano donde las criaturas tienen los ojos grandes, para detectar al máximo, no la luz del sol, sino la luz emitida por los demás animales. Más abajo, en las zonas hadales, no hay casi bioluminiscencia, y entonces las criaturas ni siquiera tienen ojos.

En una de sus recientes inmersiones Widder descubrió un pulpo anaranjado con chupas bioluminiscentes. "Ese pulpo es importante porque es como si hubiésemos sorprendido a la evolución en medio de su trabajo: las chupas de sus tentáculos ya no le sirven porque no tienen a qué agarrarse, y entonces se están convirtiendo en órganos de luz: Este pulpo aprendió a alimentarse atrayendo a su presa con las luces de sus brazos". Pequeños cometas y soles miniaturizados pasan de lado y un ejército de ctenóforos forma una nebulosa con su propio sistema planetario. Tras dos horas de vuelo profundo, el tiempo de fondo llega a su fin. El ascenso comienza con una cadena de preparativos que concluyen con la evacuación de los tanques de lastre. Las capas de colores van ahora en reverso: negro, gris oscuro, gris claro, verde oscuro y los azules imposibles, hasta que la burbuja se mece sobre las olas de la superficie, teñidas del atardecer.

Llegar al fondo de las fosas marinas es fácil: solo hay que ponerse unas pesas en los pies y bajar. El truco consiste en regresar vivo. Y el problema de la exploración del océano abisal es que la tecnología es complicadísima: mucho más difícil que enviar un transbordador al espacio, o visitar otros planetas.

Tras mordisquear apenas el borde de las hendiduras insondables, investigadores como Widder han hallado que las profundidades del océano no son lugares vacíos. Aquí abajo late un mundo diminutivo que obedece sus propias reglas, donde hay vida, luz y una rara belleza.

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