¡Nunca más! Nunca más voy a permitirle ponerme una mano encima. Esta vez no me echaré para atrás. No más temor, no más pánico, no más gritos y no más insultos, pues me parece que no los merezco.

Mi vida es muy normal. Esto me pasó a mí como pudo haberle pasado a cualquier otra o, la verdad sea dicha, como les pasa a muchas.

Estudié toda mi vida en el colegio Marymount de Barranquilla y, como todo niño y niña, tenía mi heroína. La mía era la Mujer Maravilla, simplemente me encantaba estar disfrazada de ella, era lo máximo, y a raíz de eso mi madre siempre me ha dicho que soy su Mujer Maravilla.

Tuve una niñez muy normal, una adolescencia como todas, con muchas amistades y con metas bien claras: convertirme en una profesional, pero ante todo en una madre ejemplar y una feliz esposa.

Conocí a Rafael Dangond y nos casamos un año después. Yo tenía 20 años y él 29. Tuve a mi primer hijo a los 21 años y me gradué de Administración de Empresas de la Universidad del Norte a esa misma edad. Mi segundo hijo lo tuve a los 23 años.

Mi matrimonio era muy normal, pensaba yo. De vez en cuando un grito, "bueno, el pobre tiene un carácter". Que se molestó por aquello, "tal vez él tenga razón". Si no hice lo acordado y se ofuscó, yo pensaba en ser más puntual para la próxima. Que él tiene poca paciencia, "no importa, a mí me sobra". Y la peor excusa que yo me daba era: nos amamos y el amor es en las buenas y en las malas, si no, no es verdadero amor.

Eso era lo que yo me decía diariamente. Siempre maquillaba o mejoraba las señales que me daban a entender que no era ni normal ni sano el matrimonio del que yo hacía tanto alarde. Pero yo pensaba que a mí nada malo me iba a pasar; a mí no, ¡imposible! Después de todo, yo era la Mujer Maravilla, como me decía mi mamá.

¿Cómo puedo ser tan llorona? ¿Por un empujoncito, por una insultada, por una patadita o sencillamente porque reventó una puerta o un adorno? ¡Por Dios!, el pobre estaba molesto, eso no quiere decir que mi matrimonio no sirve, que no es sano. "No, fresca", me repetía, yo lo ayudo a que no se moleste la próxima vez, después de todo, a mí me sobra paciencia.

¡Qué equivocada estaba! Ahora comprendo que esa palabrota, que ese empujoncito y que esa puerta con cicatrices eran avisos gigantes que me decían que ¡YA!, suficiente, que era el fin de mi matrimonio, que ser la fuerte Mujer Maravilla que creía ser no me servía y que la verdad es que no era sino una mujer tan cobarde que prefería callar y seguir siendo humillada antes de ser valiente y enfrentar mi realidad. Que yo era, lamentablemente, una maltratada más.

Divorciarme no era una opción. ¿Por qué? ¿Qué iba a decir la gente? ¿Quería decir entonces que me había equivocado? ¿Cómo iba a independizarme económicamente? No era fácil, más fácil era aguantarme. Como dice el dicho: "Más vale bueno conocido que malo por conocer". ¡Qué tonta fui!

Una noche, en un matrimonio de una amiga, comenzó el fin de mi vida como mujer de apariencias. Por unos celos sin fundamentos, ni razón alguna, comenzó la noche más larga de mi vida. Aguanté dos horas y media de continuos puños en la cabeza, insultos y jalones de pelo. Dos horas y media largas, tortuosas, humillantes, llenas de pánico, de llanto, de súplicas y dolor, pero que para él no fueron suficientes. Me llevó al apartamento y ahí quiso ponerle fin a mi vida disparándome.

Para sorpresa mía, y creo que de él también, sobreviví. Él, mi esposo de nueve años, a quien yo amaba con todo mi corazón, el padre de mis dos hijos, aquel al que le había entregado mi vida, ahora él me quería privar de ella. Parecía mentira. Es más, parece mentira.

Hoy todavía le sigo y le seguiré dando gracias a Papá Dios, que me protegió y que no dejó rendirme, que me socorrió a través de mi papá, que llegó por mí, me llevó a tiempo a la clínica y le dio valentía a él y a mi madre de afrontar ese dolor tan profundo que solo unos padres sienten cuando es un hijo el que está agonizando.

Tan agradecida estoy con mi Dios, que me dio una segunda oportunidad para vivir y poder vivirla con mis hijos, que me he llenado de coraje, me quité mi máscara y desnudé mis apariencias para gritar a los cuatro vientos que sí soy una mujer maltratada por mi esposo, que en mi hogar existía la violencia intrafamiliar y que sí entro en las estadísticas de mujeres maltratadas por su cónyuge.

¡No aguanto más! ¡No puedo taparlo más! Después de todo, yo era la más equivocada en esta historia, no soy yo la que tiene que avergonzarse, es él. No soy yo la que tiene que tapar el problema, es él quien tiene que evitarlo. No es mi culpa, toda la culpa de la agresión la lleva él.

Por eso me lleno de fuerzas y publico mi historia, no para distraerlos con ella, sino para concientizar y mostrarles a las mujeres que no es normal que su esposo sea un agresor. Las anormales somos quienes lo permitimos. Por querer proteger la imagen de él, ponemos en peligro nuestras propias vidas. ¿Vale la pena realmente? No, no lo creo. La vida es amor y solo eso es lo que tenemos que recibir. Que no es fácil hacerle frente a este problema, yo lo sé, pero más difícil sería decirles a tus familiares que tu vida llegó a su fin porque tu esposo lo quiso así.

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