Tengo treinta y ocho añitos. Nací el 17 de junio de 1967 -la mayoría de los de este modelo vimos la luz en la Clínica del Country- y a mi edad gozo del privilegio de vivir con mis papás. Gracias a esta condición no tengo ni la menor idea de cómo se cotiza el kilovatio-hora, el centímetro cúbico de agua, el impulso de llamada local, nacional e internacional, y aún menos cómo se calcula eso de la recolección de basura. No conozco ni por encima una factura de TV Cable y a pesar de eso tengo el servicio Premium con acceso directo a la clave de control padres (clave 000). Soy tarjetahabiente de Diners Club desde 1960, siete años antes de haber nacido, con un cupo por antigüedad que es la envidia de todos los de la generación "Clínica del Country". Para mí el día de pico y placa no es problema: simplemente bajo y escojo. Una camisa usada el lunes aparece el martes al medio día lavada y perfectamente planchada, y los calzoncillos resucitan limpiecitos al tercer día de entre la ropa sucia. Todo gracias a que la nómina de la casa de mamá es proporcional a la del palacio de Buckingham: enfermero, encargado de servicios generales llamado Alejandro, instructor canino, chofer y dos muchachas, para tan solo ciento cuarenta y cinco metros cuadrados de palacio, mi palacio.
No existe nada más agradable después de un día de trabajo que llegar por la noche a echar chisme con mamá. En cambio a los casados los reciben con "Mateo perdió un logro", "Simón le pegó a Lucas" y "a Sofía se le cayó un diente".
En el asiento de atrás del carro de los casados hay una silla para niños que daña por completo la estética interna del carro y quita visibilidad. En el carro de mamá tengo una chaqueta y unas botas de montar. En la guantera del casado hay réplicas de los homosexuales Bob Esponja y Barny mordisqueadas y babeadas. En la guantera del carro de mamá, que por cierto cambio cada año, reposa una estampa del Divino Niño con su eslogan, que es el mismo mío: "Yo reinaré". El problema no es ni mucho menos con los que están ligados por el sagrado vínculo del matrimonio, ni más faltaba. Ahora, qué tal esos que a los veintiún años recién cumplidos resuelven que ya es hora de tener su propio espacio. Y su espacio no es otra cosa que una pocilga de cuarenta metros cuadrados a la que llaman loft, con dos fogones a los que llaman cocina integral -integral porque está integrada por un cajón y una butaca, sin patio de ropas, con una sala que hace las veces de comedor, y un comedor que hace las veces de sala, invadida por cajas de pizza, y como único alimento medio tomate en la nevera. Son de los que le roban el papel higiénico de la casa de los papás el domingo y tienen escamas de tanto darle al Van Camps. Estoy por creer que el medio tomate lo venden con la nevera. No es por nada pero yo a las siete y media gozo de un nutritivo desayuno primorosamente servido, a la una en punto papas, arroz y carne, y a eso de las ocho de la noche algo muy liviano. Los que buscan su espacio repiten camisa, sus calzoncillos reposan en el piso de la ducha por docenas y hay días que se tienen que lavar el pelo con jabón y los dientes con agua. Eso no es vida. Vida es haber heredado en vida una colección de corbatas Hermès que todavía reposan impávidas en el clóset de su dueño anterior, mi papá, y a donde vuelven al otro día como si nada. Supongo yo que al doctor Alberto Casas y a José Gabriel Ortiz les toca asumir de su salario mensual la compra de la Roger Gallet. A mí me aparece totalmente gratis por litros en el baño como un elemento más de aseo.
La gente en su imprudencia me pregunta que si no me da pena vivir con mis papás a mi edad, comentario que considero fruto de la envidia y carencia total de afecto paterno. Cuando me preguntan: ¿y qué pasa si tiene una viejita lista?, pues pa' la casa de la viejita, que por lo general viven solas desde los veinte. Sería el colmo que todavía vivieran con los papás.
Cuando me excedo en licor en vez de recibir cantaleta soy persuadido cariñosamente por mi papá para que me vaya a dormir, ya que mamá anda rondando por ahí. Hay que decir que el bar de palacio está nutrido por una gran variedad de licores nacionales he importados con hielo y soda las 24 horas.
Tal vez lo que más amaña es lo amañados que están mis papás conmigo y yo con ellos, a pesar de que a uno no le puede dar gripa, no se le puede entrar un mugre a un ojo, quedarse dormido media hora por la mañana, tener temblor o sed, porque mamá, como mamá que se respete, se lo atribuye todo al licor, y ahí arranca: claro, pero es que con ese perrón bla, bla, bla. Son idénticos (la vaciada es para mí pero la echa en plural) al papá. Claro, cuando estén jodidos a los ochenta a quejarse al mono de la pila porque una vieja alcahueta como yo ya no consiguieron ni van a conseguir, así uno no haya olido una cerveza a millas. En cambio mi papá con sus ochenta y dos años y por haberse casado a los cuarenta y dos añitos con una niña de veintidós (mamá), es solo comprensión. "Abrígate", "no andes descalzo", "qué guayabo tan sensacional tienes", "te has adelgazado", entre otras frases de entendimiento, cariño y solidaridad de género.
Mis hermanos, menores que yo por cierto, cada uno vive en su loft. El de mi hermana, divino, por el poco uso que le da, pero al fin y al cabo es su espacio, pero pa' dormir, o en su defecto por si tiene un mancito listo, y ahí si pa' la casa de la viejita, por que aquí, en palacio, tiene cepillo de dientes, calzones, a Tambor, su perro bóxer (al que tutea). Además pasa los domingos enteros arrunchada con mamá. Mi hermano a sus treinta y siete sigue en busca de espacio. Lo ha buscado hasta en Ecuador y nada. Y en su loft hay mucho atún.
Esta es una familia normal de niños egresados del José Joaco, con las tendencias y comportamiento que esto implica, más una niña egresada de La Enseñanza. No somos los Reyes de Inglaterra ni los Reyes de Beto Reyes. Somos más bien como los Vargas, de Dejémonos de vainas, eso sí sin hermanito lobo como Ramoncito. Mucho veraneo en la infancia y cero Disney World.
Y si acaso se presenta algún problemita de salud estoy cubierto por una póliza familiar: papá, mamá y yo, por supuesto.
A pesar de mi condición, trabajo, sufro, me enamoro, lloro y me emborracho, como los demás mortales. Y más Bon Brill será su madre.

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