Como uno de los fundadores del Nuevo Liberalismo en la región, siempre organicé las manifestaciones públicas que Luis Carlos Galán realizaba en Soacha, una tradición anual que empezó en febrero de 1982. Recuerdo que ese año asistieron cincuenta personas al parque principal… nada que ver con las veinte mil que estuvieron presentes el 18 de agosto de 1989.

Para ese año se había programado la visita del doctor Galán en julio, pero discrepancias entre los grupos políticos obligaron a posponerla para agosto. Varias personas querían organizar el desfile, cuando era yo quien año tras año me había encargado de eso.

A Galán le dijeron que yo no quería participar en el evento, por lo que Juan Lozano, que por ese entonces era su secretario privado, y José Corredor vinieron a hablar conmigo. Me dijeron que tenía que entender que el movimiento había crecido, que el doctor Galán era el candidato del Partido Liberal y que todos debíamos estar unidos. Cuado hablé con el doctor  por teléfono me pidió que no creara problemas con los otros grupos, que era mejor limar asperezas, a lo que le respondí que él era el jefe y tenía la última palabra.

El 18 de agosto nos reunimos desde muy temprano en la sede galanista a organizar la manifestación de por la noche. Para la ocasión había cuatro sedes diferentes, pero la más antigua y conocida era la mía. Ahí armamos las pancartas, los pasacalles, los afiches, miles de claveles para repartir entre la gente, alistamos la pólvora, la pintura, la banda papayera. Mientras tanto, varias personas montaban la tarima de madera en la plaza. Esa tarima es mía, aún la tengo, y originalmente pertenecía a un restaurante que tenía y que se llamaba Túpale al Vitute, uno de los restaurantes más célebres y grandes de Soacha. En ella se subían los músicos a tocar.

Durante el día alguien fue a la sede a decirme que Galán se había caído. Primero me asusté y después me dijeron que era que la tarima donde se iba a subir el doctor se había venido al suelo. Mandé a ponerle refuerzos a los andamios y a que la montaran de nuevo. La tarima de madera estaba hecha para que se subieran entre seis y ocho personas, el resto debía quedarse en la base de cemento, un poco más baja. Nunca nos imaginamos que los sicarios se iban a meter debajo para asesinarlo.

A las cinco de la tarde acordamos salir todos juntos a recibir a Galán en el barrio Camilo Torres, pero él llegó tarde, tipo ocho, porque estaba en una reunión con el doctor Alfonso López Caballero. Cuando se bajó del carro me sorprendió que estuviera solo, porque generalmente venía a Soacha con la esposa y los hijos. Y la verdad yo nunca lo había visto tan raro como lo vi esa noche. Tenía una mirada tétrica. Me preguntó a dónde íbamos. Caminamos una cuadra y nos subimos a la camioneta blanca, que era de mi propiedad.   

En el trayecto me desconcertó que hubiera tanta gente con camiseta de Galán y con ametralladoras. Recuerdo muy bien que en una tienda llamada Peralonso, en el barrio Camilo Torres, miembros de los supuestos grupos de seguridad —yo creo que eran sicarios— estaban tomando aguardiente esperando a que llegara el doctor.

Nos íbamos a subir cinco personas a la camioneta y terminamos siendo quince. Recorrimos la ruta de costumbre mientras toda la gente se asomaba por las ventanas de las casas a saludarlo. A mí me tocaba decirle: "Doctor Galán, allá arriba lo están saludando"; él devolvía el saludo, pero no de la misma forma que en veces anteriores, con esa sonrisa amplia. Estaba asustado. Me pareció que la muerte le estaba avisando lo que iba a suceder.

Yo creo que con la última persona con la que habló de política fue conmigo. En el platón de la camioneta hablábamos sobre qué iba a decir del municipio de Soacha, como era su costumbre. Él me preguntaba por la educación, la salud, el deporte y, por último, de cómo estaba la política.

Lo último que quiso saber fue cómo estaban los Ramírez, los del grupo turbayista. Yo le dije que eran galanistas, que incluso los tres grupos conservadores de Soacha eran "conservadores galanistas". "Tranquilo, que estas elecciones las ganamos", me contestó.

A la plaza no le cabía un alma, nunca había habido una manifestación como esa, y no creo que vuelva a haber. Nos bajamos de la camioneta y le alcancé la butaca de la señora de las almojábanas para que se subiera a la tarima, lo cogí de la cintura y me di cuenta de que tenía chaleco antibalas.

Ya sobre la tarima, él avanzó dos pasos y yo me puse a su derecha. A la izquierda se puso Santiago Cuervo, el guardaespaldas que falleció. No pasaron cinco segundos, levantamos los brazos en señal de victoria,  e inmediatamente salió de abajo de la tarima un tipo con metralleta. Yo lo vi y enseguida soltó la ráfaga.

El doctor Galán cayó sobre la tarima. Mucha gente pensó que era pólvora. Ráfagas de ametralladora salían por todo el parque, había varios francotiradores. Yo caí sobre la tarima de cemento porque el guardaespaldas me empujó, pero él ya estaba herido, porque me dejó una mancha de sangre en mi vestido gris y por un segundo pensé que era mía. Desde ahí vi que a Julio César Peñalosa, mi sobrino, quien se encontraba en la tarima como animador con Jaime Bravo, lo habían herido. Ahí comenzaron los gritos, el caos. Recogieron al doctor y se lo llevaron. A mí me recogió un agente de la Policía de apellido Garzón y me llevó a la sede.

Media hora después salí rumbo al Hospital de Kennedy, a ver qué había pasado con mi sobrino. Me dejaron entrar y pude ver en el pasillo a la doctora Gloria y a sus hijos frente al cuerpo de Galán, envuelto en una sábana. Al salir a la calle me preguntaron las personas que se encontraban allí, entre otras el ex diputado Francisco Gamboa, que cómo estaba el doctor Galán. Yo di la única respuesta posible: muerto.

Julio César había sido llevado a Cajanal. Al llegar me enteré de que estaba descerebrado y que de haber sobrevivido habría quedado como un vegetal.  Por esta razón y por la crisis por la que atravesaba mi familia, yo no pude ir al entierro de Luis Carlos Galán, no tuve fuerzas. Ocho o quince días después me fui a  Santa Marta porque me inculparon de su muerte por haber organizado la manifestación de noche. Durante varios días vinieron a investigarme, además de que me hicieron muchas llamadas por teléfono a insultarme y a amenazarme, diciendo que cuidado con ir a decir lo que yo vi.

El comandante de policía había dispuesto dos agentes para que vigilaran mis movimientos (Garzón y Galindo); no podía salir de noche ni podía asistir a espectáculos públicos. Eso que "yo vi" es un secreto que guardé durante siete años porque pensé que me iba a costar la vida. Recuerdo que dos meses antes del atentado conocí a un tipo Wilson (era lo único que se sabía de él), paisa, de 25 años, con una caja de embolar, que se me ubicó frente a la entrada de la sede galanista para lustrarme los zapatos. Yo le dije que subiera y de ahí en adelante le cogí confianza. Lo ponía a hacer vueltas, barría la sede, limpiaba, le conseguí una vivienda a 500 metros del lugar. Aparecía todos los días a las ocho de la mañana a ver qué había que hacer para la campaña.

En alguna oportunidad la secretaria de la sede me comentó que lo vio comunicándose a la base militar de Tunja, porque tenía un hermano que era militar. Me pareció extraño pero no le di importancia. Él estaba al tanto de todos los movimientos, de todos los datos: quiénes eran los del comité, quiénes iban a  recibir a Galán esa noche, a qué hora llegaba, quiénes iban a hablar (había unos 20 discursos en la agenda), dónde iba a ser el homenaje y a dónde iba la caravana al día siguiente. Yo estoy seguro de que si Galán no se moría en Soacha, se moría en Villeta, último destino de la gira por Cundinamarca.

Ese 18 de agosto le di a Wilson como cinco mil pesos ­—que hoy pueden ser veinticinco mil— para que me comprara un galón de pintura roja con el fin de terminar las pancartas y los afiches que faltaban. Nunca volvió. Esa misma noche él era uno de los que estaban con un revólver en la plaza. Antes del atentado nunca vi policía, ni ejército, a lo sumo diez policías para controlar veinte mil personas. Nunca se supo quiénes eran los agentes de seguridad. En la muerte de Galán estuvieron involucrados tres grupos. La mafia, los militares y los políticos.

El traje gris que usé esa noche lo tengo guardado. Lo usé cuando grabamos una representación del atentado para una serie de televisión y con José Luis Paniagua haciendo de Galán. Solía ponérmelo todos los 18 de agosto, pero hace cuatro años que no lo hago.

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