Por eso asistí a un entrenamiento de los juveniles de Gremio que se preparaban para disputar la copa Ciudad de São Paulo, un torneo para jóvenes muy prestigioso en Brasil.

Ahí observé por primera vez a Ronaldinho. Tenía 17 años y se destacaba del resto por su habilidad, técnica y alegría. Me encontré con un jugador que mostraba un potencial muy grande, con enormes deseos de transformarse en profesional. En ese momento jugaba como mediocampista por la derecha con obligaciones defensivas, pero enseguida advertí que tenía una falencia muy marcada: el físico. Claro está, su cuerpo era el de un adolescente y todavía no estaba fortalecido para afrontar la alta competencia. Después averigüé que Ronaldinho nunca había hecho el proceso natural de las categorías júniors y eso influyó para que su desarrollo no fuera el adecuado.

Lo que más me impresionó en ese primer contacto visual fue la manera como dominaba la bola; no importaba de qué forma le llegaba. Me hizo acordar de los gatos, que cuando se caen de las alturas siempre lo hacen armados encima de las cuatro patas. Cuando uno le lanza un balón a Ronaldinho lo único seguro es que él lo va a dominar, no importa con qué parte del cuerpo.

Cuando terminó la práctica lo llamé a un costado y le comuniqué que estaba incorporado al plantel profesional. Aún recuerdo la enorme sonrisa con la que recibió esa noticia.

Estuvo tres meses entrenando y preparándose para el día del estreno profesional. Él era consciente de que tenía que quemar etapas sin acelerar su proceso de evolución.
Con el correr de las semanas fui descubriendo algunos aspectos técnicos sorprendentes, como su capacidad de dribbling sobre el adversario y la potencia para rematar al arco a pesar de que todavía era un garoto. Los periodistas gauchos comenzaron a presionar a través de preguntas y comentarios sobre Ronaldinho para que lo ubicara como titular en algún juego.

Y ese juego fue el 4 de marzo de 1998, en la primera fase de la Libertadores contra Vasco da Gama, una noche calurosa en el estadio Olímpico de Porto Alegre. Confié en su potencial y me pareció que era un partido ideal para que hiciera su presentación oficial.

En el vestuario le hablé mucho de su talento, de sus condiciones y casi no le di indicaciones tácticas. Yo buscaba proporcionarle seguridad y sus compañeros ayudaron mucho porque lo alentaron en todo momento. Ronaldinho no parecía nervioso antes del debut, al menos eso es lo que nosotros sentimos desde afuera. Siempre fue un jugador con una gran autoestima, sabedor de sus condiciones naturales. Lo único que quería ese día era jugar, no le importaba nada más. Había esperado dos meses y quería rendir el examen final. Los torcedores lo recibieron con ansiedad y con la expectativa lógica de ver lo que ese garoto flacucho de 17 años podía dar.




Lo ubiqué como atacante por el lado derecho para aprovechar su velocidad, la habilidad para el desborde y la visión de gol que ya mostraba en los entrenamientos. Preferí quitarle la responsabilidad de recuperar la bola en el medio campo y lo dejé libre en la misma posición que lo utilizó Scolari en el Mundial del 2002, acompañando a Ronaldo.

Esa noche su marcador fue Felipe, un lateral con mucha técnica y gran capacidad para pasar al ataque, tanto que con el tiempo se transformó en un mediocampista ofensivo. Fue un duelo de dos conocedores del fútbol. Ronaldinho reclamaba siempre el balón para buscar el desborde por afuera y lo consiguió tres o cuatro veces, habilitando a Guilherme, que era el centrodelantero.

Durante los 90 minutos evitó el roce físico, el cuerpo a cuerpo con los rivales teniendo en cuenta su evidente inferioridad en ese aspecto. Además, enfrente había defensores duros como Mauro Galvao y Odvam, que eran severos a la hora de marcar. No recuerdo que haya tenido una oportunidad de marcar gol, pero ya en su debut mostró una característica que hoy es un sello distintivo: ejecutó todos los córners y tiros de falta del equipo. Siempre tuvo un remate fantástico.

Recuerdo que en un entrenamiento previo, nuestro arquero Darnlei, que era una de las figuras del Gremio, lo desafió a que le convirtiera un gol de tiro libre. "Yo no sé si realmente tú eres bueno en cobros de falta, vamos a probar", le dijo. Ronaldinho, con algo de vergüenza, aceptó el reto.

Armaron una barrera de cuatro jugadores, pateó y la colocó en el ángulo derecho. Darnlei dobló la apuesta. Otra vez la barrera y otra vez la bola adentro. Así cuatro veces seguidas, hasta que el arquero, resignado, lo felicitó: "Está bien, ya basta, este garoto es bueno de verdad".

El partido lo ganamos 1 a 0 con gol de Guilherme y cuando Ronaldinho regresó al vestuario todos los compañeros lo felicitaron. Yo lo llamé aparte y le dije que su camino en el fútbol recién comenzaba y que no iba a ser fácil. Le anticipé que no iba a jugar muchos partidos ese año porque quería llevarlo con calma, con tranquilidad. Quería para él un proceso lento, pero seguro.

Para mí es un motivo de orgullo y satisfacción verlo como el mejor jugador del mundo con solo 24 años. Está viviendo un momento mágico en su carrera y todos esperamos que sea un verdadero protagonista en Alemania. Ya lo hizo muy bien en Japón 2002, pero como actor de reparto, porque Rivaldo y Ronaldo eran las estrellas. Ahora, cuatro años después, está en condiciones de tomar para sí la responsabilidad de comandar a la selección brasileña.

No soy un hombre que alardea con sus méritos, por eso casi nadie sabe que yo hice debutar a Ronaldinho. Me conformo con recibir los saludos y el afecto que Dinho me envía siempre a través de Jairo López Leao, asistente de Carlos Parreira en la selección, que fue mi colaborador en Gremio de Porto Alegre.

Mi único mérito fue el de haberle dado la primera oportunidad a un joven desconocido. Ronaldinho hizo el trabajo más difícil y llegó a la cima del fútbol.

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