Todavía recuerdo lo que sentí cuando me miré en el espejo ese domingo 3 de julio de 1994 al llegar a mi casa. Eran casi las 7 de la mañana y, pese a que hoy ya han pasado casi 12 años, no he olvidado cómo estaba vestida: tenía una falda de esas anchas que se usaban en esa época y unas botas largas, y me encontraba toda llena de sangre. La sensación fue horrible, todavía no me había bañado ni dormido cuando comenzó la avalancha de noticias sobre la muerte de Andrés Escobar por la radio y la televisión. Ese día no quise salir de mi casa, me quedé encerrada, repitiendo la película una y otra vez, sin aún creerlo. Era como si no me hubiera pasado a mí.
La noche anterior había decidido salir a rumbear, y aunque no solía ser la más fiestera, se me había metido en la cabeza que tenía que salir. Incluso, Nicolás -mi novio desde hacía siete años- se había ido a jugar a las cartas con unos amigos. Entonces, me fui con mi cuñada, quien se había peleado con mi hermano y quiso acompañarme.
Fuimos a la discoteca de la Vía de las Palmas. Cuando llegamos al lugar, me encontré entre la gente con Andrés Escobar, el futbolista, que acababa de llegar de participar en el Mundial de Estados Unidos. Yo no era amiga de él, lo conocía porque meses antes de la Copa del Mundo habíamos hecho una campaña publicitaria, y como habíamos trabajado juntos y él era una persona tan amorosa y decente, me saludó y luego se fue con sus acompañantes. Esa noche estaba radiante. Me contó que al otro día se iba de viaje con su novia, era un eterno enamorado de ella.
Cuando ya nos íbamos a ir de la discoteca, mi cuñada y yo salimos al parqueadero a buscar el carro, y justo nos lo encontramos ahí también. Él aún no se había montado al carro; entonces, le preguntamos que si le pasaba algo, porque lo vimos medio incómodo. Nos dijo que lo estaban molestando, y que le daba mucha tristeza que la gente le peleara por el autogol que hizo en el Mundial. Le dijimos que estuviera tranquilo, que ya era tarde y que la gente estaba con tragos en la cabeza, que mejor se montara al carro y que nosotras lo acompañábamos en el nuestro detrás hasta la glorieta donde termina la carretera de Las Palmas, para que cada cual cogiera para su lado.
Él no estaba peleando. Solo se bajó del carro y trató de calmar a la gente y de decirles que no lo molestaran. En ningún momento le vi intención de meterse en la pelea; de hecho, estaba como a cien metros del grupo de personas que intentaban provocarlo, pero Andrés ni siquiera quiso acercárseles. Se subió entonces al carro y no quiso tomar de una vez la carretera e irse, sino que entró al parqueadero de enfrente, donde estaban estas personas. En ese momento nosotras pensamos que no lo podíamos dejar solo. Fue como una corazonada, estando allí teníamos que acompañarlo hasta que cada cual se fuera para su casa.
Hay cosas en la vida que se vuelven absolutamente gratuitas. Nosotras habíamos salido antes que él de la discoteca, solo que nos habíamos quedado charlando con unas amigas en el parqueadero. Eso era porque nos tocaba. Y quizás es lo que más me impacta, lo que a uno sin planear le toca vivir y, a veces, enfrentar. Ciertas cosas llegan sin buscarlas.
Eran como las dos de la mañana. Como dije, Andrés entró al parqueadero de enfrente para explicarles algo a las personas que lo estaban molestando y nosotras, entonces, lo seguimos. Alrededor nuestro estaba lleno de gente y de carros, como esas parrandas en las que la gente termina hablando, tomando y oyendo música en los parqueaderos. En medio de todo esto, él no se movió; por el contrario, se quedó dentro del carro y nunca se salió.Yo recuerdo que cuando me bajé para ver qué estaba pasando, el carro de Andrés estaba rodeado de mujeres, que le decían "lindo, hermoso, papacito, eres el mejor". Y él lo único que respondía era que el autogol no había sido culpa suya. Yo entonces me acerqué y le dije: "Mire, no pasa nada, vámonos que nosotras lo acompañamos". Y aunque él seguía dando explicaciones, nunca se bajó.
Cuando un hombre está acelerado y es violento, en momentos como ese seguramente se baja del carro a pelear. Pero un hombre montado detrás del volante es totalmente indefenso. Y así estaba Andrés.
Mi cuñada fue y se montó en el carro de él, y yo me regresé al mío. Justo en ese momento, en cuestión de segundos, vi que un tipo salió corriendo entre la gente y después fue cuando oí la descarga de los tiros. Lo primero que pensé fue en mi cuñada, que estaba en el asiento de al lado, el del copiloto. Ahí mismo me volteé a mirar y vi que Andrés le había caído encima, sobre el hombro. Todo fue muy rápido y confuso. Recuerdo que en ese momento toda la gente salió corriendo, eran unas 20 ó 30 personas, y todas estaban cerquita. Y en un segundo todos desaparecieron, se fueron, nadie se quedó. Yo me bajé del carro a los gritos, y lo único que pedía era que alguien nos ayudara. A todas estas mi cuñada se había quedado en shock. No se cómo no la mataron.
Llegó una muchacha joven que nos ayudó. Entre varias personas bajamos a Andrés y lo montamos en un taxi, el primero que pasó; no sé ni cómo lo hicimos, ese hombre era gigante y estaba totalmente desgonzado. Aunque estaba vivo no decía nada, pero tenía los ojos abiertos. Lo montamos en la parte de atrás del taxi. Yo le dije a mi cuñada que se fuera en mi carro para la clínica, y que la otra muchacha se llevara el de Andrés. Yo me monté en el taxi con él, y me fui adelante mientras él estaba acostado en todo el asiento de atrás. Iba sosteniéndole la cabeza y le tenía cogida una mano.
Ese momento fue muy especial, yo le decía: "Andrés todo va a estar bien, Dios está con nosotros, acuérdate que me contaste que te ibas con tu novia a pasear, todo va a estar bien, apriétame la mano", y él me la apretaba, aunque con muy poquita fuerza.
Yo nunca me imaginé que Andrés se iba a morir, pensaba que había recibido unos balazos y que lo íbamos a llevar a la clínica para que lo atendieran, pero nunca se me pasó por la cabeza la posibilidad de su muerte. Yo solo pensaba que tenía que hacerlo hablar y mantenerlo despierto y sentado derecho para que no se fuera a ahogar. Le repetía que todo iba a estar bien, que ya íbamos para la clínica. le hablaba del otro día y de los planes que él tenía con su novia. mientras le pedía de forma desesperada al taxista que fuera lo más rápido posible. Por momentos, Andrés abría lo ojos, y yo le decía: "Míreme, abra los ojos, todo va a estar bien". Él nunca habló, no se quejaba ni pronunciaba palabra, solo de vez en cuando intentaba mirarme.
En ese momento tan intenso fue como si me hubiera llegado una fortaleza y una serenidad inesperada. Siempre mantuve la calma y actué de forma equilibrada.
Cuando llegamos a la clínica, yo me tiré de ese taxi y comencé a gritar que era Andrés Escobar, que por favor lo ayudaran. Instantáneamente llegaron un montón de médicos y enfermeras con una camilla y lo sacaron del taxi, lo entraron y comenzaron inmediatamente a intentar revivirlo. Había como unas diez personas encima atendiéndolo, aunque para ese entonces ya era inútil. De pronto hubo un corto, pero eterno silencio, y entonces uno de los médicos dijo: "No se puede hacer nada, se murió, se murió".
Yo no era la mejor amiga de él, ni lo conocía de forma personal más allá de la relación laboral, pero así es la misteriosa forma como transcurre la vida, y fue a mí a quien me tocó en ese momento estar ahí.
Tan solo un minuto después, toda la sala de emergencias estaba llena de policías. Lo único que yo pedí fue un teléfono, necesitaba llamar a mi casa y a mi novio. no podía pensar en nada más y de ahí no me podía mover. Luego llegaron mi cuñada y la muchacha que nos había ayudado. Mi cuñada estaba totalmente bloqueada no sabía ni qué había pasado, borró todo, incluso me preguntaba que por qué estábamos ahí, en una clínica y en medio de tanta gente. Unos minutos después llegó mi familia, y también la Fiscalía. Comenzaron entonces las declaraciones y todo el proceso de indagatoria. Terminé de declarar como a las seis de la mañana, para ese entonces ya me había quedado sin palabras, ni siquiera había alcanzado a entender muy bien lo que había pasado.
Al principio hubo mucho silencio de parte mía, yo no quería hablar de lo ocurrido; incluso, duré como tres días sin salir, estaba impactada y asustada. Luego, con el paso del tiempo, lo fui hablando poco a poco, pero solo a mi familia. Finalmente, decidí alejarme del tema.
Fue tan impactante haber visto a Andrés Escobar esa noche, la manera como sonreía. estaba tan contento cuando nos saludó. que yo no podía creer que ya no existiera, que se hubiera apagado. su muerte no fue una muerte buscada. nada lo fue esa noche.
Siempre que uno puede ayudar a alguien es un regalo de la vida. aunque este en ocasiones deje un sabor amargo y un mundo de preguntas sin responder ¿Por qué a mí?
Si la muerte es un momento tan especial, si es verdad que Dios está esperando al otro lado, si hay una recompensa o un castigo, si existen otras vidas o si, simplemente, ahí termina el viaje. si ese momento es realmente definitivo, yo tuve la oportunidad de estar ahí con él.

*Nombre cambiado a petición de la fuente, según se lo relató a Carolina Jaramillo Seligmann.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.